viernes, 23 de abril de 2010

La mirada inteligente

...abordando otro capítulo del libro ya citado de José Antonio María...










Chapter II:
1

Comenzaré contando la transfiguración de la mirada. Parece un mal comienzo, porque tenemos la convicción de que la mirada, la percepción en general, está excluida de los circuitos de la libertad. Es evidente que no podemos ver lo que queremos, sino que en cada momento estamos sometidos al determinismo del estímulo, y si era de él de quien la libertad nos permitía liberarnos, no podemos hablar aquí de transfiguración alguna.
Tan clara afirmación no resiste un análisis minucioso. Mediante la mirada —a la que tomamos como representante eximia de todo el conocimiento sensitivo— extraemos datos de la realidad. Eso es lo que significa «percibir»: coger. Pues bien, cogemos de nuestro alrededor lo que nos interesa, porque nuestro ojo no es un ojo inocente sino que está dirigido en su mirar por nuestros deseos y proyectos. El ser humano se ha rebelado contra la limitación de sus sentidos y esto debería darnos que pensar. Hemos inventado instrumentos para ver lo invisible, lo minúsculo y lo lejano, lo oculto y lo fugaz. El microscopio, los rayos X, la ecografía, la resonancia magnética, el telescopio nos permiten contemplar lo nunca visto. El deseo de ver ha dirigido la invención de los medios. Primero hemos anticipado lo que podíamos ver, y este deseo incitó la ampliación de nuestras facultades.
No hace falta, sin embargo, acudir a estos casos para comprender que la percepción del hombre es un asunto complicado. Siempre es difícil saber lo que vemos. En el admirable comienzo de La Chartreuse de Parme, Stendhal cuenta un suceso muy instructivo para un psicólogo. El joven Fabrizio del Dongo. apasionado
bonapartista, se incorpora al ejército del emperador, en circunstancias que ahora sabemos poco propicias: cerca de lugar llamado Waterloo. Hay mucho trajín y escándalo. Las tropas corren, se oyen voces y un gran estrépito en la lejanía. Desde el carro de una cantinera, Fabrizio contempla la escenografía guerrera. Caballos al galope, hombres enardecidos, que con voces airadas tratan de acallar sus miedos, la aparición, divinamente efímera, sobre un montecillo, del emperador y su séquito, explosiones cada vez más cercanas, ruido, ruido, ruido y, por fin, la presencia de la muerte, entre los restos de unos jinetes destrozados por la metralla. No son sucesos completos los que ve sino espaldas fugitivas, fragmentos de acciones, gestos sin continuación. Imágenes que brillan un momento en sus ojos y pasan a su memoria o a su olvido sin detenerse. Todo el espectáculo desaparece porque un proyectil hiere al muchacho, que pierde el sentido. Cuando lo recupera se encuentra en un tranquilo albergue. Pasan los días, Fabrizio reflexiona y madura, cuenta Stendhal, pero unas preguntas infantiles le acosaron siempre: ¿Aquello que había visto había sido una batalla?; y si lo fue, ¿había sido la batalla de Waterloo? La nuestra no es una pregunta infantil, como no lo fue la del personaje de Stendhal. ¿Es posible ver una batalla? ¿O tan sólo vemos un encabalgamiento de imágenes? La minuciosa acumulación de anécdotas, ¿forma parte de la batalla? ¿O la batalla es sólo ese ordenado juego de batallones, que el pintor de batallas pinta en suaves paisajes, contemplándolo desde una altura irreal y olímpica? Lo que vemos, ¿es pasividad o construcción?


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Han sido los neurólogos, que con enorme talento han estudiado la complejidad de los acontecimientos nerviosos, los culpables de que hayamos perdido la ingenuidad. La mirada no sale hasta el objeto visto, como creían los antiguos, y como también cree el lenguaje. «Escudriñar» y «escrutar» significaban originariamente visitar un lugar, recorrerlo. El ojo vagabundearía por las cosas, experimentándolas. «Experiencia» significaba lo mismo: lo sucedido en un viaje. Tampoco podemos decir que el ojo sea una cámara fotográfica que recoja una imagen ya perfilada. Nuestro sistema visual se limita a reaccionar ante ondas electromagnéticas -la luz visible-, de las que extrae, por procedimientos que no conocemos bien, información sobre la realidad. No hay percepción sin estímulo, pero el estímulo no determina por completo la percepción. Hay una holgura entre ambos, que permite un juego. Justamente el juego de la facultad de ver. La mirada se hace inteligente. Pero no vayamos demasiado aprisa.
Nunca podemos estar seguros de lo que otra persona ve. Y en un acto que nos parecía sencillo, uniforme y pasivo, esta repentina indeterminación nos sorprende. Aunque sigamos la mirada de nuestro acompañante durante un paseo, no podemos adivinar el paisaje que está viendo. Coincidimos en el nivel básico, por supuesto. Ambos vemos la Sierra de La Cabrera, con su superficie gris y desmenuzada. Pero ignoro si es en ese nivel donde está instalada la percepción del otro. El mismo campo no es el mismo para un pintor y un alimañero. Cada uno percibe en él un rostro distinto y lee un alfabeto diferente. Transfigurada por la inteligencia, la pura percepción sensible parece un terreno resbaladizo, donde nos mantenemos con dificultad. Completamos lo visto con lo sabido, damos estabilidad a lo que no lo tiene, interpretamos los datos dándoles significado. No se trata de que veamos las cosas y luego las interpretemos, sino que la inteligencia parece funcionar al revés: vemos desde el significado. Intente el lector mirar una palabra sin leerla. Las letras son líneas, pero la mirada inteligente no quiere descansar en ellas, y va más allá. No ve: lee. Y esta percepción elaborada es inevitable. J. Bruner, uno de los psicólogos más influyentes de los últimos decenios, tituló un estudio sobre la percepción con una frase sugerente: Beyond the information given. Más allá de la información dada. Así funciona la mirada inteligente: anticipa, previene, utiliza información sabida, reconoce, interpreta.
Los especialistas en psicología animal han subrayado que los animales son esclavos de su campo perceptivo. Kóhler, que estudió la inteligencia de los monos en unos famosos tratados, describió esta incapacidad de modificar el campo sensorial. Por el contrario, el niño adquiere pronto una cierta independencia respecto de su entorno concreto. Deja de actuar en el espacio inmediato y evidente. Aprende a planificar, y sus metas e intereses determinan lo que va a ver. Como veremos después, la aparición del lenguaje le ayudará en esta tarea de controlar sus sistemas perceptivos. He dicho que vemos desde la memoria; pues bien también percibimos desde el lenguaje.
La penetración de la iniciativa individual en los sistemas perceptivos permite la aparición de la mirada creadora. Puedo buscar un significado visual nuevo. El estímulo es un pre-texto donde puedo leer mi propio texto. Ni siquiera el paisaje, con su estabilidad geológica, permanece imperturbable ante la mirada. Para el ojo de Monet esa presunta estabilidad era un espejismo. «Un paisaje -escribió- no tiene la menor existencia como tal paisaje, ya que su aspecto cambia en cada momento. El sol va tan deprisa que no puedo seguirle. También es culpa mía: quiero asir lo inasible: esta luz que se escapa llevándose el color es algo espantoso. El color, un color, no dura ni un segundo; a veces, tres o cuatro minutos como mucho. ¿Qué se puede pintar en tres o cuatro minutos?»
Tenía razón Monet: la luz cambia constantemente, y los estímulos que llegan a nuestra retina, también. A través de imágenes inestables percibimos un mundo estable. Aunque me mueva alrededor del árbol y se alteren las perspectivas, las luces y los colores, aunque cada fragmento sea distinto y el entramado de hojas y de tallos se construya y deshaga como el juego de un lento caleidoscopio, el árbol permanece idéntico. Esa es la razón de que no podamos explicar lo que percibimos como si fuera un agregado de sensaciones. Vamos más allá: estabilizamos el flujo, adivinamos lo que no vemos, completamos con la memoria lo que se hurta a nuestros ojos. El estímulo cambia, pero el significado permanece. Percibir es asimilar los estímulos dándoles un significado.
Y como el significado es parcialmente obra nuestra, pertenece a nuestra estirpe, cada hombre puede interpretar un mismo patrón estimular a su manera. Unos ven como fondo lo que otros ven como figura, la botella estará medio llena o medio vacía, la novedad será percibida como amenaza o como placer. Somos creadores de significados libres, aunque esta libertad esté siempre limitada. En este caso, lo está por el estímulo. Lo que hace la mirada es inventar posibilidades perceptivas en las propiedades reales del estímulo. Sartre nos dio en La náusea la descripción de la raíz de un árbol, vista por Roquentin, el protagonista de la novela. Aquella redondeada carnosidad, que muestra a las claras su energía ciega, le parece una exageración injustificada, una obscenidad superflua. Pode mos decir que esto es literatura y que Roquentin veía lo que vemos todos. Ciertamente, las líneas y el color de la raíz son datos que se imponen a todo mirar. Ocurre, como ya he dicho, que la inteligencia traspasa con soltura este umbral mínimo. Me atrevería a decir que le incomodan las líneas, los ademanes, los movimientos sin significado, y se apresura a concederles alguno. Construye sin parar. Y la primera construcción que hace Roquentin y cualquier sujeto es percibir una raíz. Al hacerlo añade algo a la simple sensación. Ya veremos que esta facultad de reconocimiento es esencial a la mirada. Pues bien, lo que hace Sartre en ese texto es construir sobre lo construido y reconocer en la raíz algo más: una nueva interpretación de la naturaleza. Recuerdo el aterrador espectáculo de un ficus gigante que había invadido una cárcel abandonada, al borde de la selva, en la Guayana. Raíces o ramas gruesas, tentaculares, cilindricas como boas, habían penetrado por puertas y ventanas, deglutiendo los barrotes, y corrían furiosas por los pasillos, trepaban las escaleras sin pisadas, ocupaban los rincones de aquel edificio que se asfixiaba, como un desconchado laoconte, bajo el peso de tanta energía coagulada. El árbol, ubicuo y desaforado, mostraba un poder viscoso: era una criatura sartriana. Por lo menos, puedo interpretar esa imagen con un estilo sartriano, de la misma manera que Proust visitaba las catedrales góticas para verlas al estilo de Ruskin.


2


El apartado anterior es una muestra de lo que va á ser este libro En las actividades mentales más simples está presente la creatividad más sorprendente, aunque en embrión. Entre el acto perceptivo y el acto creador no hay un abismo. Una de las posibilidades de la mirada es ser creadora. Valéry se quejaba de que la psicología del arte comenzaba su obra por el tejado. «Es maravilloso oír hablar de creación, de inspiración, etc. y que nadie piense en investigar la formación de la melodía o de la frase más simple.» El reproche de Valéry era justo, y no quiero merecerlo. La actividad creadora hay que analizarla en sus manifestaciones más elementales; en los actos que realizamos tan comúnmente que nos parecen comunes, cuando son sin duda extraordinarios. Lo que la psicología de la inteligencia nos enseña, debe aclararnos aún más el proceso transfigurador de la mirada. A ello estarán dedicados los capitulos siguientes.
Es curioso que podamos hablar de estilos de ver sin que suene a disparate. En realidad, del estilo, antes que un problema estético, es un problema de teoría de la inteligencia. Es curioso que podamos hablar de estilos de ver sin que suene disparate. En realidad, el estilo, antes que un problema estético, un problema de teoría de la inteligencia. De los estudios sobre e'sti los perceptivos sólo mencionaré los de Witkins, por razones que más tarde averiguará el lector atento. Este autor distingue dos estilos perceptivos, según los sujetos sean «dependientes» o «independientes» del campo perceptivo. Les diferencia la capacidad para independizar la mirada, libertad que en casos extremos, claramente patológicos, puede estar incluso anulada. Los enfermos con graves lesiones cerebrales pueden sufrir una «dependencia del estímulo» (Bridgeman, 1991), sufren una rutinización del mirar, un encarrilamiento férreo de su vida mental.
Lo que caracteriza a la mirada inteligente es que aprovecha con suprema eficacia los conocimientos que posee. Pero, sobre todo, que dirige su actividad mediante proyectos. Cada vez que elegimos dónde mirar y la información que queremos extraer, dejamos que el futuro anticipado por nuestras metas nos guíe. Esta es la estructura básica de todo comportamiento inteligente, incluido el artístico. Lo que caracteriza la creación poética es estar dirigida por un proyecto poético.
Analicemos una operación artística: el dibujo. Por ejemplo, ¿cómo se inventa una caricatura? El dibujante tiene que buscar las líneas que definen un rostro. Se trata de una mirada nueva, que ya no está dirigida por automatismos, ni por conceptos perceptivos inconscientemente poseídos, sino por un proyecto. Frente a él tiene una cara, pero lo que quiere ver en ella es algo que no existe: la línea irreal que la define de forma inconfundible y resumida. Hochberg, un gran experto en el estudio de la percepción, se ha ocupado del tema. Considera la caricatura como la captación de una esencia perceptiva, una selección de rasgos que prescinde de aspectos accidentales. Comprobó que los sujetos percibían con mayor rapidez los dibujos esquemáticos, como las caricaturas, que los dibujos más detallados. El dibujante ha limpiado la copiosa maleza de los detalles. Y lo ha hecho forzando su mirada, para conseguir que realizara ese entresaque clarificador.
En efecto, la línea del rostro ha que lo «aclarada», como un bosque roturador. Así pues, la mirada se hace inteligente -y porlo tanto creadora- cuando se convierte en una búsqueda dirigida por un proyecto. Ver, oír, escuchar, oler, no son operaciones pasivas, sino explorares activas para extraer la información que nos interesa. El lenguaje ha reconocido este dinamismo dirigido, y ha creado, junto a los términos anteriores, eminentemente pasivos, otros en los que raya la acción: vemos, pero a través del mirar, observar, escrutar, escudriñar. Olemos y olfateamos. Oímos y escuchamos. Gustamos y paladeamos. Tocamos y palpamos.
Vemos con tanta facilidad y rapidez que sucunibimos ante el espejismo de la pasividad, como si ver simplemente fuera dejarse impresionar por el objeto. El tacto, que es un sentido lento, nos permitirá asistir como espectadores a nuestra propia actividad perceptiva. Para reconocer un objeto mediante el tacto, el lector comenzará explorándolo con las manos, intentando formarse una imágen en él, buscando alguna línea que enlace en su memoria con un objeto que lo prolongue. «Tantea» las soluciones. Popper escribió que «percibir es resolver problemas mediante hipótesis. No hay órgano de los sentidos que no incorpore genéticamente teorías perceptivas». Una hipótesis es una suposición cuya justeza deseamos comprobar. Mientras exploramos el objeto a ciegas formulamos hipótesis que dirigen nuestra búsqueda. ¿Será una llave inglesa? El tacto comprueba la hipótesis. Sabe lo que tiene que buscar. Si lo encuentra, la hipótesis queda confirmada, el significado perceptivo aparece en nuestra conciencia y todos los rasgos sentidos se organizan en una figura.
Es fácil percatarse de que el proceso de búsqueda perceptiva ha sido dinámico. El tacto necesita explorar. Los demás sentidos, también. Aprovecho para decir que el acto de reconocer con el tacto una cosa vista, o al revés, con la vista un objeto anteriormente conocido por el tacto, es operación de tal complejidad que casi, ningún animal es capaz de realizarla. Incluida buena parte de los simios. El niño pequeño sabe hacerlo.
La mirada inteligente sabe mirar. Sus métodos para explorar el objeto visual diferirán de acuerdo con la tarea que el sujeto disponga. Yarbus ideò unos brillantes experimentos para demostrarlo.
El sujeto se coloca unas gafas que permiten registrar sus movimientos oculares. Ante una estampa, los individuos sanos cambian el patrón de movimientos según la pregunta formulada por el experimentador. Saben dónde han de buscar la información más interesante. «Nada parecido se observa cuando un paciente con una lesión frontal masiva examina el cuadro -escribe Luria, otro gran psicólogo soviético-. Para comenzar, se fija en un punto cualquiera e inmediatamente contesta a la pregunta con la primera suposición que se le viene a la cabeza, sin intentar deducir la respuesta de un análisis de los detalles del cuadro.»
Jerome Bruner, a quien ya he mencionado, cuenta en su autobiografía el júbilo con que estudió las diapositivas realizadas por Yarbus en Moscú, y que Luria había conseguido llevar a Cambridge, en 1961, cuando los intercambios científicos con la Unión Soviética eran muy escasos. «Yarbus había descubierto que donde el ojo miraba (y lo que veía) era función de la pregunta que se hubiese planteado al sujeto, y que estuviera tratando de responder. La pista de los movimientos del ojo era como la pista de un detective que busca viejas claves relacionadas con una hipótesis particular.» No es de extrañar que muchos años antes ya lo hubiera descubierto un detective: «Sólo se puede ver lo invisible si se lo está buscando», decía Sherlock Holmes. Y como la ciencia tiene una lógica divertida, tampoco es de extrañar que Hintikka, un especialista en lógica, sostenga que toda percepción o conocimiento es una respuesta a una pregunta expresa o tácita, y exponga esta teoría en un estudio sobre Sherlock Holmes. (Hintikka, J.: «Sherlock Holmes formalizado», en El signo de los tres, Lumen, Barcelona, 1989). Desde luego, tiene razón. Estamos sometiendo la realidad a una interviú permanente, y de la sagacidad de nuestras preguntas dependerá interés de sus respuestas.
Volvamos a los dibujantes y pintores. No hacen más que prolongar esta capacidad de buscar posibilidades perceptivas que tenemos todos. «El dibujo -decía Degas- no es la forma, sino la maner. de ver la forma.» Y Leonardo da Vinci no decía nada diferente: «El secreto del arte de dibujar es descubrir en cada objeto la manera particular como una línea fluctuante se dirige, como una ola central que se despliega en olas superficiales, a través de toda su extensión.»
Saber mirar, ése es el secreto. La inteligencia prolonga todos los ademanes que percibe en las cosas. Y lo hace saltando con deliciosa frescura de un nivel a otro: de la memoria al futuro, de lo concreto a lo abstracto, de la percepción al concepto, o al revés. Es el libre juego de las facultades. El creador lo hace con deslumbrante soltura. Sólo así se puede comprender que un pintor —Van Gogh- escribiera a su hermano un texto como éste: «Encuentra bello todo lo que puedas; la mayoría no encuentra nada lo suficientemente bello.»
No sé qué admirar más, si el entusiasmo o la ingenuidad de este hombre, que habla de la belleza con aire tan voluntarista. ¿Es que depende de nosotros encontrar la belleza? ¿No es su consejo una inconsecuencia, como lo sería que dijera: encuentra todo el oro que puedas; la mayoría no encuentra suficiente oro? ¿O es que todos tenemos un filón, con una veta preciosa al alcance de la mano? La solución de Van Gogh no debe extrañarnos. La belleza es una posibilidad libre de las cosas. Verla es inventarla. «Es una cosa admirable mirar un objeto y encontrarlo bello, reflexionar sobre él, retenerlo y decir enseguida: me voy a poner a dibujarlo y a trabajar entonces hasta que esté reproducido.» Se trata, pues, de ver poéticamente. «En la casita más pobre, en el rinconcito más sórdido veo cuadros o dibujos. Y mi espíritu va en esa dirección, por un impulso irresistible.»
¿Dónde está esa belleza inventada? En el intervalo que la libertad de Van Gogh abre entre el rincón sórdido y ese mismo rincón definido en su fealdad por unas líneas limpias y precisas que él ve y dibujará. Ve para pintar. Vemos para hacer. Y lo que deseamos hacer dirige nuestra mirada, fecunda la realidad y la hace estar en permanente estado de parto. (Hasta que no vea la criatura no me atrevo a decir que en estado de buena esperanza.) ¿Y cómo llega Van Gogh a esa invención? Aprendiendo a ver. «En mis nuevos dibujos comienzo las figuras por el torso y me parece que así adquieren más amplitud y grandor: en el caso de que cincuenta no bastaran, dibujaré cien, y si esto no fuera suficiente todavía, haré más aún, hasta que obtenga plenamente lo que deseo, es decir, que todo sea redondo y no haya de ningún modo ni principio ni fin en la forma, sino que haya un conjunto armonioso de vida.»
Es una bella forma de decir que lo que deseo -el proyecto- dirige mi mirada.


3


La dificultad de mantenerse en lo dado, que es una misteriosa constante de la humanidad, ha de tener alguna explicación. Por muy atrás que retrocedamos en la historia, y por muy lejos que viajemos, descubrimos que el hombre se ha empeñado siempre en ver las cosas de manera distinta de como las veía. Para los mayas, los raíces de los árboles eran serpientes que mordían las entrañas de la tierra. Pensaban que las montañas eran enormes vasijas, contó fray Bernardino de Sahagún, «como si fueran casas llenas de agua», en las que vivían las serpientes durante la estación seca, hasta que el trueno las despertaba y entonces comenzaban a subir hacendosamente el agua hasta las nubes, que son unas enormes ollas. En el «Canto que entonaban cada ocho años cuando comían tamales», recogido también por Sahagún, aparece la palabra «navalachco», que significa «la plaza mágica del juego de pelota», donde tenía lugar el singular combate entre el sol y el mundo inferior. ¿A que viene, esta incansable prolongación, interpretación y glosa, esta interminable alquimia mental? ¿De qué manera troquelaba sus experiencias? Es fácil decir que se trataba sólo de símbolos convencionales, pero es difícil explicar por qué necesitaban simbolizar. ¿Por qué aquellos mayas de perfil de ave y los demás seres humanos no nos limitamos a ver?
En primer lugar, porque esa mirada pura, que se limitaría a reflejar lo que hay, no existe. Ni siquiera la observación científica, que aspira a la máxima objetividad, es contemplación inocente. En 1959, Heisenberg escribió: «No deberíamos olvidar que lo que observamos no es la naturaleza misma, sino la naturaleza determinada por la índole de nuestras preguntas.» No es posible una observación sin teoría, porque la cantidad de información es demasiado grande, demasiado confusa, demasiado incompleta. Además, liberado de la tiranía del estímulo, el hombre bebe los vientos por la posibilidad.
Sentimos la imperiosa necesidad de conocer las cosas, y también las posibilidades de las cosas y nuestras posibilidades. Ante la mirada inteligente, las realidades físicas se muestran inagotable e inseguras. La sola percepción no nos sosiega. Necesitamos comprender. Hemos de conseguir que lo ajeno se convierta en propio. En esto consiste el conocimiento: conocer es comprender, es decir, aprehender lo nuevo con lo ya conocido.
«Comprender» y «explicar» parecen conceptos opuestos, como indican sus prefijos. «Con» unifica; «ex» despliega. Sin embargo, significan un solo proceso, descrito desde dos puntos de vista. Comprendo algo cuando acierto a introducirlo en un conjunto de información más amplio. Explico algo cuando expongo el conjunto de información en que debe incluirse para ser comprendido. Comprendo una acción cuando conozco sus motivos, y explico una acción cuando los describo.
En su tenaz esfuerzo por poseer mentalmente la realidad, los hombres han explicado los fenómenos incomprensibles del mundo perceptivo sirviéndose de los fenómenos comprensibles del mundo perceptivo. La mitología, por ejemplo, es un intento de comprender realidades misteriosas a partir de realidades cotidianas. Para los griegos, la Vía Láctea nació porque del pecho de la diosa Juno se escaparon unas gotas de leche, cuando su bebé dejó de mamar. Las estrellas eran las salpicaduras de esa leche divina en el manto celeste: una anécdota doméstica.
Así, lo extraño se hacía familiar, lo descomunal se reducía a tamaño casero, pero el apaciguamiento era precario, porque tan brillantes explicaciones dejaban demasiadas preguntas sin contestar. Al hombre le sucede lo mismo que al niño, que cada vez es más exigente a la hora de aceptar una respuesta. Repite una y otra vez las mismas preguntas -¿qué es esto?, ¿por qué es como es?, ¿qué hace?, ¿por qué hace lo que hace?—, pero no siempre le valen las mismas respuestas. Según Branderburg y Boyd, los niños, entre los cuatro y los ocho años, formulan un promedio de treinta y tres preguntas por hora, con lo que la inteligencia familiar queda debidamente estimulada y torturada. Lo que resulta más interesante es que una misma pregunta no significa lo mismo en los diversos momentos de su vida. Hay una etapa en que la pregunta ¿qué es esto? queda contestada con el nombre de la cosa. Más adelante, habrá que dar más explicaciones, porque el niño espera más, necesita más, y cuando el niño sea un científico, volverá a hacer las mismas preguntas y sólo habrá cambiado el hueco que ha de ser llenado por la respuesta, que se habrá hecho un hueco cada vez más grande. En llamar la atención sobre el preguntar y su eficacia, el fantástico don Nepomuceno de Cárdenas fue un adelantado. Ésta es una de las razones de mi interés por él. Escribió un Tratado general de las preguntas, en cuyo proemio sostiene con gran énfasis que la más alta actividad de la inteligencia es preguntar: «Cuando mi maestro, el ilustre Inmanuel Kant, escribió en el prólogo de su primera Crítica que los experimentos son preguntas que el científico dirige a la Naturaleza, aun acertando en lo principal, redujo la importancia del asunto, pues no es el juicio la actividad fundamental del entendimiento, sino la interrogación. Ésta es la fundamental forma a priori de la humana inteligencia, que nos permite ordenar el caos de las sensaciones, porque la Naturaleza, que es recóndita y esquiva pero atenta, se muestra respondiendo no sólo a nuestros experimentos sino además a todas nuestras preguntas, en las que tienen su origen las categorías. Por ello tengo por cierto que enseñar a preguntar es el más perfecto empeño educativo, y que si fuera posible enseñar este arte a una estatua, le habríamos conferido al punto la más completa sabiduría.»
Otro de los atractivos que para mí tiene este increíble personaje, que leía a Leibniz, Rousseau y Kant en la manigua, mientras escuchaba las músicas de Mozart, tocadas por una orquesta de criados negros, agobiados bajo los ropones de etiqueta y las pelucas empolvadas, es que escribió ese tratado pensando en los esclavos de su propiedad, a los que pretendía educar de sopetón, como a la estatua, y con los que intentó reproducir las más animadas situaciones de los diálogos platónicos. Hay otra razón de mi interés por Cárdenas, que sólo revelaré más adelante, por razones que el lector en su momento comprenderá.


4


Deslumbrado por la capacidad creadora de la inteligencia y sabedores de que siempre vivimos en un mundo interpretado y que nuestra casa propia es el significado, algunos pensadores se han pasado de rosca y han mantenido que la realidad entera deriva del sujeto. Hay muchos Mundos posibles, ya lo hemos visto, y no encuentran razón para decir que uno es más real que otro. Es prematuro enfrentarse aquí a estas alambicadas teorías, que son destilación de veinticinco siglos de filosofía y un rato de precipitación, porque estamos todavía aprendiendo a ver y aprendiendo a ver qué es lo que vemos cuando vemos.
La percepción nos proporciona información sobre las cosas. Gracias a ella aislamos un contenido, le dotamos de señas de identidad destacándolo sobre el telón de fondo de las otras cosas. Pero estas elementales operaciones de ver, tocar o paladear poseen otro carácter enigmático: gracias a ellas enlazamos con la realidad y con la existencia de las cosas. No quiero internarme en cuestiones metafísicas, por lo que debemos mantenemos en un plano descriptivo, sin duda ingenuo. Pretendo decir tan sólo que todas nuestras afirmaciones sobre la existencia de algo -se trate de elefantes, centauros, partículas elementales, sentimientos, fantasmas, ángeles o dioses—, absolutamente todas, tienen que fundarse directa o indirectamente en la percepción. La más sofisticada, solemne, grandiosa teoría científica, a pesar de sus elaboradas ecuaciones, y del vigoroso entramado conceptual, acaba dependiendo de la ojeada que el científico echa a la aguja de un contador, o a un rastro luminoso en la pantalla.
Esta es la trayectoria del vuelo de la ciencia. Despega de la percepción, sube a las nubes del concepto y, o bien vuelve a la tierra de la que partió, para comprobar en ella sus ideas, o se queda para siempre en las nubes. Así describió don Antonio Machado la tarea del pensar:


De la mar al percepto, del percepto al concepto,
del concepto a la idea
-¡Oh, la linda tarea!-,
de la idea a la mar.
¡Y otra vez a empezar!


Toda ciencia admite implícita o explícitamente esta propiedad de la percepción. Gibson, un notable psicólogo, decía que los sentidos corporales cumplen una doble función: nos proveen de sensaciones y nos proporcionan la irresistible convicción de la existencia del objeto.
Así es. Los inventos modernos, como la televisión, y los modernísimos, como la realidad virtual simulada por ordenadores nos permiten discernir con claridad ambas líneas de información. El «experimentador» de una realidad virtual recibirá la información sensible necesaria para creer en el espejismo. Encerrado en el flujo de una información interactiva, que le hará creerse dentro del mundo simulado, tendrá que acudir a medios indirectos para darse cuenta de que está bajo el influjo de una alucinación tecnificada. Para percatarse de que se encuentra conectado a un ordenador productor de imágenes que engañan a sus sistemas perceptivos, tendrá que basarse, sin duda, en la propia percepción. No tenemos otro camino de acceso a la realidad. Toda afirmación sobre la existencia de algo depende de ese breve anclaje de nuestra conciencia en la percepción actual. Cuando el físico detecta la existencia de una partícula atómica, lo que ha hecho es ver una alteración en el comportamiento de un aparato, fabricado expresamente para reducir el abstracto entramado conceptual de una teoría a la puntual oscilación de un aguja. Y es esa percepción, minúscula, la que va a mantener, como un gigante, el mundo entero sobre su hombro. Cuando los teólogos medievales pretendían demostrar la existencia de Dios, no se les olvidaba que lo único que nos une a la existencia es la percepción, y comenzaban sus pruebas apelando a fenómenos sensibles.
A través de la percepción, la realidad se nos presenta con las propiedades de una pista de despegue: resiste a nuestro impulso y soporta nuestro vuelo. Las posibilidades que inventamos pueden mantener o no el enlace con la realidad. En un caso serán posibilidades reales, y en otro posibilidades fantásticas. De la realidad podemos decir lo que queramos, pero ella se desembarazará de algunas de nuestras propuestas. A lo rechazado por la realidad lo llamamos falso. A los inventos conceptuales, imaginativos, o de cualquier tipo que la realidad aún no ha rechazado, los llamamos provisionalmente verdaderos.


Capitulo: I


Fuentes: "Teoría de la inteligencia creadora"


José Antonio Marina (1993)
Ed: Anagrama

martes, 20 de abril de 2010

Incongruencia-s


Una suerte, (`no,corrections´), una bocanada de humo y la absorción crujiente de un espumoso mate...

...saltando en las líneas de una rayuela...al azar fuí a dar al capítulo 9 Por la rue de Varennes entraron en la rue Vaneau. Lloviznaba, y la Maga se colgó todavía más del brazo de Oliveira, se apretó contra su impermeable que olía a sopa fría. Etienne y Perico discutían una posible explicación del mundo por la pintura y la palabra. Aburrido, Oliveira pasó el brazo por la cintura de la Maga. También eso podía ser una explicación, un brazo apretando una cintura fina y caliente, al caminar se sentía el juego leve de los músculos como un lenguaje monótono y persistente, una Berlitz obstinada, te quie-ro te quie-ro te quie-ro. No una explicación: verbo puro, que-rer, que-rer.


 salto al 13: Envuelto en humo Ronald largaba disco tras disco casi sin molestarse en averiguar las preferencias ajenas, y de cuando en cuando Babs se levantaba del suelo y se ponía también a hurgar en las pilas de viejos discos de 78, elegía cinco o seis y los dejaba sobre la mesa al alcance de Ronald que se echaba hacia adelante y acariciaba a Babs que se retorcía riendo y se sentaba en sus rodillas, apenas un momento porque Ronald quería estar tranquilo para escuchar Don`t play me cheap.


una piedra indica 34: En setiembre del 80, pocos meses después del 
Y las cosas que lee, una novela, mal escrita,  para colmo de mi padre, resolví apartarme de los negocios , concediéndolos una edición infecta, uno se pregunta  cómo puede interesarle a otra casa extractora de Jerez  tan acreditada como  la mía;  algo así. Pensar que se ha pasado horas enteras  devorando realicé los créditos que pude, arrendé  los predios, traspasé esta sopa fría y desabrida, tantas otras lecturas increíbles, las bodegas y sus existencias,  y me fui a vivir a Madrid.  Elle y France-Soir, los tristes magazines que le prestaba Mi tío (primo carnal de mi padre), don Rafael Bueno de Babs.  Y me fui a vivir a Madrid, me imagino que después Guzmán y Ataide, quiso albergarme en su casa; mas yo me de tragarse cinco o seis páginas uno acaba por enrgranar y ya resistí  a ello por no perder mi independencia. Por fin supe no puede dejar de leer, un poco como no se puede dejar  de leer, un poco como no se puede dejar hallar un término de conciliación, combinando mi cómoda de dormir o de mear, servidumbres o látigos  o babas. 

..2: Aquí había sido primero como una sangría, un vapuleo de uso interno, una necesidad de sentir el estúpido pasaporte de tapas azules en el bolsillo del saco, la llave del hotel bien segura en el clavo del tablero. El miedo, la ignorancia, el deslumbramiento: Esto se llama así eso se pide así, ahora esa mujer va a sonreír, más allá de esa calle empieza el Jardín des Plantes. París, una tarjeta postal con un dibujo de Klee al lado de un espejo sucio. La Maga había aparecido una tarde en la rue du Cherche-Midi, cuando subía a mi pieza de la rue de la Tombe Issoire traía siempre una flor, una tarjeta Klee o Miró, y si no tenía dinero elegía una hoja de plátano en el parque. Por ese entonces yo juntaba alambres y cajones vacíos en las calles de la madrugada y fabricaba móviles, perfiles que giraban sobre las chimeneas, máquinas inútiles que la Maga me ayudaba a pintar. No estábamos enamorados, hacíamos el amor con un virtuosismo desapegado y crítico, pero después caíamos en silencios terribles y la espuma de los vasos de cerveza se iba poniendo como estopa, se entibiaba y contraía mientras nos mirábamos y sentíamos que eso era el tiempo. La Maga acababa por levantarse y daba inútiles vueltas por la pieza. Más de una vez la vi admirar su cuerpo en el espejo, tomarse los senos con las manos como las estatuillas sirias y pasarse los ojos por la piel en una lenta caricia. Nunca pude resistir el deseo de llamarla a mi lado, sentirla caer poco a poco sobre mí, desdoblarse otra vez después de haber estado por un momento tan sola y tan enamorada frente a la eternidad de su cuerpo.



el comienzo - 1: ¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.



un cuerdo me anima 22 Las opiniones eran que el viejo se había resbalado, que el auto había “quemado” la luz roja, que el viejo había querido suicidarse, que todo estaba cada vez peor en París, que el tráfico era monstruoso, que el viejo no tenía la culpa, que el viejo tenía la culpa, que los frenos del auto no andaban bien, que el viejo era de una imprudencia temeraria, que la vida estaba cada vez más cara, que en París había demasiados extranjeros que no entendían las leyes del tráfico y les quitaban el trabajo a los franceses.

    El viejo no parecía demasiado contuso. Sonreía vagamente, pasándose la mano por el bigote. Llegó una ambulancia, lo izaron a la camilla, el conductor del auto siguió agitando las manos y explicando el accidente al policía y a los curiosos.




Un efímero final 126: Por qué con tus encantamientos infernales, me has arrancado a la tranquilidad de mi primera vida... El sol y la luna brillaban para mí sin artificio; me despertaba entre apacibles pensamientos, y al amanecer plegaba mis hojas para hacer mis oraciones. No veía nada de malo, pues mo tenía ojos; no escuchaba nada de malo, pues no tenía oídos; ¡pero me vengaré!
Discurso de la mandrágora en Isabel de Egipto,
de ACHIM VON ARNIM
...cierro nuevamente el libro, que repose...




1- Instrucciones para subir una escalera al revés.
2- El perseguidor.
3- Continuidad de los parques.
4- El aplastamiento de las gotas.
5- Cuento sin moraleja.

domingo, 18 de abril de 2010

Impacto social de las imágenes científicas

por: Javier Echeverría

Instituto de Filosofía, CSICmm

1.- Imágenes científicas y tecnocientíficas.
 
Las ciencias han generado diyersos tipos de imágenes a lo largo de su historia: las figuras geométricas de Euclides, las Cónicas de Apolonio, el árbol de Porfirio, la curva logarítmica, la espiral de Bernouilli, el sistema solar de Newton, la tabla periódica de Mendeleiev, el hexágono de Kekulé, la curva normal de Gauss, la esfera de Riemann, el modelo atómico de Bohr, la doble hélice de Watson y Crick, etc. Muchas de esas imágenes han sido admiradas por su belleza y elegancia, mas lo importante no han sido sus valores estéticos, sino los epistémicos. Esas figuras pretendían representar el mundo geográfico, físico, biológico, social y económico de verdad, es decir, tal y como el mundo es, independientemente de cómo lo veamos los seres humanos. Las órbitas elípticas que traza la Tierra al girar en torno al Sol, o la Luna alrededor de la Tierra, no eran simples hipótesis interpretativas o representaciones figuradas: a partir de Newton, representaron leyes universales de la naturaleza, que quedaban sintetizadas en dichas figuras. Habiendo sido imaginadas por personas concretas, trascendían lo imaginario y expresaban un orden conceptual que quedaba identificado con el orden del cosmos. Además, muchas de esas figuras servían para representar el orden subyacente a ámbitos fenoménicos muy distintos: de ahí su universalidad y la afirmación de Galileo de que el mundo está escrito en lenguaje matemático, cuyo alfabeto está formado por figuras y números.






...sucesor E.: Edward Witten





 
Las imágenes de la ciencia moderna han sido instrumentos intelectuales para comprender, explicar y en su caso predecir la diversidad de fenómenos del mundo real: el planeta Tierra, el sistema solar, la materia física, los organismos, el cuerpo humano e incluso algunos aspectos estructurales de los sistemas sociales y económicos. Los científicos han propuesto muchas imágenes para explicar el mundo, algunas de ellas extremadamente imaginativas. Sin embargo, muy pocas han sido aceptadas como imágenes científicas. Las que han triunfado, primero en algunos países europeos y luego en el resto del mundo, han sido aquellas que mejor han cumplido una función epistémica: explicar aquellas regularidades empíricas que, como el amanecer y el atardecer, se presentan ante nosotros una y otra vez. Las imágenes científicas no se limitan a imaginar, describir o interpretar el mundo. Además de eso, pretenden explicarlo, e incluso predecir lo que ocurrirá. Por ejemplo, la imagen newtoniana del sistema solar sigue prediciendo la aparición del cometa Halley cada 75 años, y no sólo su aparición, sino también el lugar exacto por donde entrará y saldrá en la atmósfera, su trayectoria, etc. No es lo mismo decir: "un carro de fuego vendrá del cielo", que indicar cuándo, por dónde, siguiendo qué ruta, y todo ello con una precisión considerable. Desde el punto de vista epistémico, las imágenes científicas no tienen rival a la hora de explicar el origen, la evolución y los cambios y mutaciones del mundo físico y biológico. Todas las culturas han poseído este tipo de imágenes explicativas. Sin embargo, las científicas se han impuesto sobre las demás, no por ser las más bellas, sino por explicar con mayor precisión, coherencia, exactitud y generalidad cómo son la physis y la biophysis. Conviene resaltar que muchos modelos de imágenes científicas han sido contrarias a nuestra percepción directa de los fenómenos. Vemos que el Sol se mueve por el firmamento día tras día y percibimos que la Tierra es inmóvil. Epur si muove!, como afirmó Galileo. Las imágenes científicas han contradicho muchas tradiciones culturales y religiosas, empezando por las afirmaciones bíblicas sobre el origen y la antigüedad del mundo. Dicho de otra manera: han mostrado que hay imágenes falsas del mundo e imágenes verdaderas, o más próximas a la verdad. El éxito de la ciencia proviene, entre otros factores, de su capacidad de generar mejores imágenes del mundo, entendiendo este amejoramiento desde la perspectiva de los valores epistémicos: precisión, rigor, adecuación empírica, coherencia, generalidad, verosimilitud, etc. Los científicos han sido devotos de esos valores, aun estando también atentos a otros valores: utilidad, aplicabilidad, simplicidad, belleza, elegancia, poder, etc. El éxito de la ciencia ha estado ligado al de los valores epistémicos que encarna y a su capacidad para rechazar falsos ¡conos cósmicos e imponer los suyos propios, que son muy variados.
 
A lo largo del siglo XX se ha producido una gran transformación en la actividad científica, a la que cabe denominar revolución tecnocientífica. Además de cultivar los valores epistémicos, los tecnocientíficos están atentos a otros sistemas de valores (tecnológicos, económicos, políticos, militares, jurídicos, etc.) que guían sus investigaciones. Genéricamente hablando, la tecnociencia se distingue de la ciencia porque no se limita a explicar el mundo, sino que, además, pretende transformarlo. La tecnociencia transforma la materia (plásticos, materiales sintéticos, elementos químicos no existentes en la naturaleza), la energía (física nuclear, fusión, fisión, placas solares ...), la vida (ingeniería genética, reproducción in vítro, clonación), la información y la comunicación (televisión, telefonía móvil, Internet), la escritura (escritura digital, libro electrónico), el juego (videojuegos), la guerra (¡nfoguerra), los negocios (e-business) y otros muchos aspectos de la vida social. También transforma las culturas, como luego veremos. Frente al programa del canciller Bacon, conocer la naturaleza para dominarla, las tecnociencias tienen en su punto de mira la transformación, control y dominio de las sociedades. Así como la ciencia clásica estuvo basada en los lenguajes matemáticos, las tecnociencias dependen estrictamente de los lenguajes informáticos, que son lenguajes para la acción, más que para decir lo que sucede y cómo es el mundo. En el ámbito iconográfico, la informática ha demostrado una enorme capacidad representativa, al posibilitar la digitalización de todo tipo de imágenes y sonidos, incluidas las imágenes científicas tradicionales. Hoy en día, el conocimiento está escrito en lenguaje informático, incluyendo el conocimiento que tenemos sobre la naturaleza y las sociedades.
 
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Esta transformación tiene múltiples consecuencias. Aquí nos limitaremos a comentar brevemente las que atañen a las imágenes y las artes. Las tecnociencias, en efecto, generan sus propias imágenes, cuya función es muy distinta a la de las imágenes científicas clásicas. Evoquemos algunos ejemplos: el hongo nuclear, el invierno nuclear, los agujeros negros en galaxias remotas, los planetas fotografiados desde sondas espaciales, las catástrofes naturales y sociales emitidas por las cadenas de televisión, las simulaciones informáticas, los fractales, las páginas WEB y los avatares de Internet, la fotografía digital, los escenarios virtuales del cine i-max, las consolas de videojuegos, los efectos especiales del tecnocine, las bases de datos económicos y contables, etc. Aunque los programas informáticos que permiten verlas hayan sido diseñados por seres humanos, estas representaciones no son accesibles a nuestros sentidos sin la mediación de artefactos tecnológicos complejos y sofisticados, en particular hardware y software. La emergencia de la tecnociencia está vinculada a la aparición de una nueva modalidad de sociedad, que suele ser denominada sociedad de la información. Así como la ciencia y la tecnología tuvieron un gran impacto en la producción industrial, y por ende en las sociedades industrializadas, las tecnociencias inciden poderosamente en las infosociedades actualmente emergentes. La función principal de las imágenes tecnocientíficas consiste en conformar las mentes de los infociudadanos y configurar los sistemas de organización de las sociedades contemporáneas (e-administración, bolsas interconectadas, e-economía, televisión de información y entretenimiento, tecnomúsica, tecnojuegos, teledeporte, etc.). El mayor o menor éxito de unas u otras Imágenes tecnocientíficas no depende de su capacidad para explicar el mundo, sino de su incidencia social, o si se quiere de sus impactos en los tecno-mercados. Las imágenes tecnocientíficas están Insertas en un tejido empresarial, político y militar, como veremos en el apartado siguiente. La propia ciencia depende de estos nuevos sistemas de representación del conocimiento: cientometría, telelaboratorios, simulaciones informáticas del cosmos físico, químico, biológico, geológico, económico y social, etc. La vida social en las ¡nfosociedades depende estrictamente de las tecnoclencias y de sus imágenes, que dan forma a lo que luego percibimos sensorialmente. El conocimiento está mediatizado tecnológicamente, y por ello las Imágenes tecnocientíficas son indispensables para conformar el mundo actual. Un tecnocientíflco social, por ejemplo, estudia una diversidad de escenarios posibles y planifica sus acciones en función de aquellos que son más favorables para sus Intereses y valores. Aunque tenga sus raíces en la racionalidad científica, la racionalidad tecnocientífica está basada en objetivos y valores mucho más complejos, que no se reducen a los valores epistémicos.


2.- La cultura tecnocientífica.


Todo ello Implica un profundo cambio cultural, que tiende a expandirse por todo el planeta, afectando a la mayoría de las culturas. Las tecnociencias cultivan la información y el conocimiento, en lugar de trabajar el campo y los objetos materiales. Habiendo surgido en los EEUU de América en la época de la Segunda Guerra Mundial, concretamente en el ámbito de la física (Proyecto Manhattan, Radiation Laboratories, etc.) y de las Matemáticas (Proyecto ENIAC, cibernética, computing sciences...), el nuevo modo de producir conocimiento se ha ido expandiendo a las diversas disciplinas, incluidas las ciencias sociales, las humanidades y las artes. Asimismo se ha difundido por varios países: cabe afirmar que el Primer Mundo está tecnocientíficamente desarrollado, que el Segundo inició la transición de la industrialización a la tecnociencia, pero fracasó en ese tránsito, y que el Tercer Mundo está subdesarrollado desde el punto de vista tecnocientífico. Siendo la información y el conocimiento la nueva fuente del poder y la riqueza y estando orientadas las tecnociencias a la producción, elaboración y transformación del conocimiento y la información, la cultura tecnocientífica ha pasado a ser la cultura dominante a comienzos del siglo XXI. Sus imágenes, en concreto, están presentes por doquier, gracias a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Analizado en profundidad, el proceso de globalización es una consecuencia de un cambio económico y cultural mucho más hondo: la revolución tecnocientífica.


Si analizamos sumariamente la estructura básica de la cultura tecnocientífica (tecno-cultura), hay tres características relevantes, que son las que comentaremos en este artículo:


a): La cultura tecnocientífica procede de un mestizaje o hibridación entre varias culturas previas.
b): La tecnocultura se expande por los más diversos sectores culturales (arquitectura, plástica, música, cine, literatura, historia, lenguas, juegos) y genera nuevas formas culturales, en particular las industrias multimedia.
c): La cultura tecnocientífica supera las fronteras geográficas y políticas y produce impactos por doquier, con los consiguientes choques culturales.


Por lo que respecta al punto a), cabe distinguir al menos cuatro grandes tradiciones culturales que se funden en las tecnociencias: la cultura científica, la tecnológica, la empresarial y el poder político. En muchas ocasiones, la cultura militar también desempeña un papel muy relevante a la hora de impulsar la actividad tecnocientífica, por lo que debe ser considerada como la quinta subcultura que confluye en la actividad tecnocientífica. Cada una de esas tradiciones culturales tiene su propia historia, sus especificidades y, en particular, sus valores propíos. Desde una perspectiva axiológica, que es la que nosotros adoptamos a la hora de analizar la revolución tecnocientífica , hay que distinguir entre los valores epistémicos antes mencionados (coherencia, precisión, rigor, generalidad, fecundidad, adecuación empírica ...), los valores tecnológicos (utilidad, aplicabilidad, eficiencia, eficacia, innovación, funcionalidad, "usabilidad", etc.), los valores empresariales (rentabilidad, competitividad, crecimiento, demanda, capitalización, etc.), los valores políticos (poder, libertad, igualdad de oportunidades, justicia, solidaridad, prudencia, democracia ...) y, en su caso, los valores militares (victoria, capacidad ofensiva y defensiva, seguridad, jerarquía, disciplina, obediencia, valentía, combatividad, etc.). Los valores epistémicos de la ciencia moderna siguen teniendo un papel en la actividad tecnocientífica y han de ser satisfechos, pero en la mayoría de los casos no son los valores preponderantes, sino que están subordinados al logro de objetivos tecnológicos, políticos, empresariales o militares y a la satisfacción de otros sistemas de valores. Las agencias tecnocientíficas son estructuralmente plurales, puesto que Incluyen científicos, ingenieros, técnicos, inversores, empresarios, gestores, juristas, apoyos políticos y, en su caso, expertos militares que promuevan unas u otras líneas de Investigación. Frente al individualismo metodológico de la ciencia moderna, basado en la ¡dea de que una persona puede generar conocimiento por sí misma siempre que haya recibido una adecuada formación para ello, las innovaciones tecnocientíficas resultan del trabajo en equipo. La autonomía tradicional de las comunidades científicas se ve seriamente afectada por la inserción de los científicos en empresas tecnocientíficas, públicas o privadas, que son las que marcan las prioridades y los objetivos a conseguir. El sujeto de la tecnociencia es plural y sus diversas componentes proceden de tradiciones culturales distintas. A diferencia de la ciencia clásica, en la que había valores epistémicos compartidos, la agencia tecnocientífica se caracteriza por conflictos permanentes de valores entre los agentes que la Integran. Un científico teórico puede participar en un proyecto de Investigación tecnocientífica con la única meta de lograr avances en el conocimiento, pero junto a él habrá ingenieros cuyo objetivo es generar nuevos desarrollos tecnológicos, empresarios que pretenden obtener beneficios económicos gracias a esos proyectos, políticos que priorlzan unos u otros proyectos en función del prestigio o del progreso que de ellos se derivan para el país y militares que sólo tienen en cuenta el posible valor estratégico de dichas investigaciones y su utilidad para el ataque o la defensa. Por tanto, la tecnociencia se caracteriza por un pluralismo axiológlco en el que no hay valores compartidos entre los diversos agentes, sino acuerdos y alianzas que permitan la satisfacción parcial de unos y otros sistemas de valores. Todo ello se refleja en la pluralidad de objetivos de las investigaciones tecnocientíficas, a diferencia de la ciencia clásica, exclusivamente orientada a la búsqueda de nuevo conocimiento sobre el mundo. Consecuentemente, las imágenes tecnocientíficas no sólo son representaciones del mundo, sino instrumentos para transformarlo, que ha sido generados por empresas y agencias tecnocientíficas tras un diseño previo conforme a sus objetivos, estrategias y valores respectivos. La televisión es un ejemplo canónico, pero otro tanto cabe decir de la mayor parte de las Industrias culturales y, obviamente, de los artefactos tecnocientíficos militares, que suelen estar en la vanguardia de la investigación.


En lo que atañe al punto b), las tecnociencias van mostrando una influencia cada vez mayor en los diversos sectores culturales. La arquitectura, la música, la pintura, la escultura, la danza, el teatro y la literatura, por mencionar únicamente las Bellas Artes, siempre han tenido una fuerte impronta técnica. Pero el artista podía dominar por sí mismo esas técnicas y producir obras de arte. En el caso de las tecnoartes, en cambio, el músico, el director de cine, el artista plástico, el arquitecto y el escritor de libros electrónicos han de formar parte de un equipo que sea capaz de coproducir la obra de arte correspondiente. Ello genera empresas tecnoculturales, públicas o privadas, que resultan indispensables para el diseño, producción y distribución de las obras tecnoartísticas. Un experto en arte o música electrónica, al igual que un arquitecto, sólo puede operar con los borradores y bocetos de sus propias obras si es altamente competente en el uso de las herramientas informáticas o, caso de no serlo, si cuenta con colaboradores para ello. Otro tanto cabe decir de los escritores, en la medida en que la escritura digital y el libro electrónico son productos multimedia. Ello da lugar a una profunda imbricación de artistas y tecnocientíficos como condición de posibilidad de que las imágenes, textos o composiciones musicales resultantes puedan alcanzar un grado mínimo de calidad. Si, además, se pretende que lleguen al público, entonces es preciso contar con expertos en gestión y mercadotecnia, así como con juristas que puedan garantizar la propiedad intelectual y los derechos de autor. Al igual que las ciencias, las artes y las demás industrias culturales están inmersas en la revolución tecnocientífica suscitada por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Los escenarios para la publicación, exposición, construcción o representación de las obras de arte son escenarios tecnológicos. Para subsistir y desarrollarse en el nuevo entorno tecnológico , la alta cultura ha de establecer alianzas estratégicas con las agencias tecnocientíficas y cambiar su modo de producción, difusión y distribución. En resumen, las imágenes que tradicionalmente han encarnado el arte y la cultura devienen tecno-imágenes, con todas las consecuencias que se derivan de esta mediación tecnocientífica.


El punto c) es el más comentado en relación con las TIC, y por ello insistiremos menos en él. Las TIC generan nuevas vías de comunicación y de acceso a la información, a distancia y en red, superando las fronteras geográficas y políticas. La televisión, la telefonía móvil y, sobre todo, Internet, son buenos ejemplos de esta profunda transformación del espacio social, hasta el punto de que cabe afirmar que las TIC generan un nuevo espacio social, el espacio electrónico o tercer entorno, que desborda los territorios de los países y regiones y, por tanto, es transcultural por su misma estructura. Las culturas nacionales no desaparecen, pero por encima de ellas se desarrolla un nuevo espacio e-cultural, que se expresa y funciona gracias a un conjunto de artefactos tecnocientíficos. El espacio electrónico constituye un nuevo ámbito para la creación y la innovación cultural, que ha dado origen a la cibereultura, hoy en día en pleno auge. El riesgo de homogeneización y colonialismo cultural es real, sobre todo en el caso de la televisión. En cambio, Internet permite el funcionamiento de redes locales que, siendo de acceso universal, permiten desarrollar nuevas formas culturales estrechamente vinculadas a sus raíces locales y regionales. Esto se manifiesta en particular en el caso de las lenguas, las cuales, para sobrevivir y desarrollarse en el tercer entorno, han de convertirse en tecnolenguas, es decir, en sistemas de expresión oral y escrita que estén implementadas tecnológicamente a través de herramientas de reconocimiento de voz, transcripción y traducción automática, procesamiento de textos, diseño gráfico y de sonido, etc. Las diversas culturas tienen planteado el reto de desarrollarse en el espacio telemático. Para ello es Indispensable que se conviertan en tecnoculturas, dirigidas a un público multicultural. Ello tiene riesgos evidentes (americanización de las culturas), pero también ofrece oportunidades indudables: en particular la de transferir conocimiento de unas culturas a otras, así como la de generar productos culturales híbridos, generados mediante un trabajo creativo a distancia y en red.


En el caso de las imágenes, la transferencia de iconos, melodías, obras de arte y representaciones a través de las redes es una práctica habitual en Internet. El caso Napster, que aglutinó a 60 millones de usuarios de todo el mundo, es un ejemplo canónico de las potencialidades del espacio electrónico para la transferencia de productos culturales. Otro tanto cabe decir de la comunidad Linux, constituida por millones de personas que, viviendo en países muy diferentes, cooperan a la hora de desarrollar productos tecnocientíficos de todo tipo, incluyendo artefactos para la innovación y la creación cultural. Internet no sólo supera las fronteras territoriales, sino también los muros de los recintos artísticos y culturales (museos, bibliotecas, salas de concierto...). Siendo una red abierta y descentralizada, posibilita una tecnocultura abierta y descentralizada, sin perjuicio de que haya fuertes tendencias a la homogeneización y la centralización de la cultura del espacio electrónico. Como ya vimos, las tecnociencias se caracterizan por los conflictos de valores y por la hibridación de culturas históricamente heterogéneas. En la medida en que a las cinco subculturas antes mencionadas se les vayan Incorporando otras tradiciones culturales será posible desarrollar una tecnocultura socialmente abierta y plural. Para ello es Imprescindible intervenir activamente en el tercer entorno. En todo caso, es claro que estamos ante un nuevo espacio para la intervención cultural y artística.


3.- A modo de conclusión.


Las tecnociencias están en pleno desarrollo, por lo que no es posible predecir su evolución ulterior, ni tampoco el tipo de imágenes que irán produciendo, así como su grado de incidencia social. Hoy por hoy, esta nueva modalidad de imágenes tienen enormes impactos sobre las diversas sociedades. Baste pensar en las grandes producciones cinematográficas basadas en las tecnologías informáticas (La Guerra de las Galaxias, Blade Runner, Matrix, El Señor de los Anillos, Harry Potter, etc., por mencionar sólo las más recientes y en su posterior expansión social transnacional a través de logotipos, videojuegos, objetos de diseño, juguetes, adornos, camisetas, posters, etc.). La imaginería tecnocientífica está casa vez más presente en nuestras casas, oficinas y ciudades. Sobre todo, está cada vez más inserta en nuestras mentes. Cuando afirmábamos que las tecnociencias transforman, ante todo, el conocimiento y las sociedades, estábamos diciendo también que su objetivo es la transformación de nuestras mentes. Las TIC ¡nterconectan las mentes humanas y las marcan con la impronta de las nuevas imágenes tecnocientíficas. Al hacerlo, transforman el imaginario individual y, siendo tecnologías de difusión masiva, también el imaginario social. Las imágenes tecnocientíficas son instrumentos de transformación social porque impactan poderosamente en nuestras mentes, en nuestros hábitos y en nuestros deseos imaginarios. Dichas imágenes no son construibles ni representables sin complejos artefactos tecnocientíficos.


Lo importante es que las tecnociencias no sólo las hacen los científicos y los ingenieros, a diferencia de las ciencias y tecnologías clásicas. Las imágenes tecnocientíficas están cargadas de valores empresariales, políticos y militares. En la medida en que vayan impregnándose de valores culturales y sociales, con toda la pluralidad axiológica que ello implica, las representaciones tecnocientíficas contribuirán a impulsar un desarrollo cultural pluralista. No está excluido que el espacio electrónico sea culturalmente homogéneo, aunque hoy por hoy hay tendencias contrarias al monismo cultural en el tercer entorno. Si los usuarios de las TIC son capaces de hacer suyas las herramientas tecnocientíficas y expresarse por medio de ellas en el nuevo espacio social, las diversas culturas y sociedades impregnarán a las Imágenes tecnocientíficas con sus propios valores. Por ello es importante aprender a generar imágenes tecnocientíficas. Es una de las condiciones para ser una persona tecnocientíficamente culta, o si se quiere tecnoculta. Aunque esté posibilitada por las tecnociencias, la tecnocultura depende de las personas, siempre que sepan organizarse en equipos de intervención cultural en el tercer entorno.