miércoles, 5 de mayo de 2010

Cultura & Sociedad - ( 1 )

...Herbert Marcuse

Acerca del carácter afirmativo de la cultura...

La doctrina de que todo conocimiento humano, por su propio sentido, está referido a la praxis fue uno de los elementos fundamentales de la filosofía antigua. aristóteles pensaba que las verdades conocidas debían conducir a la praxis tanto en la experiencia cotidiana, como en las artes y las ciencias. los hombres necesitan en su lucha por la existencia del esfuerzo del conocimiento, de la búsqueda de la verdad, porque a ellos no les está revelado de manera inmediata lo que es bueno, conveniente y justo. el artesano y el comerciante, el capitán y el médico, el jefe militar y el hombre de estado -todos deben poseer el conocimiento adecuado para sus especialidades, a fin de poder actuar de acuerdo con las exigencias de la respectiva situación.

Aristóteles sostiene el carácter práctico de todo conocimiento, pero establece una diferencia importante entre los conocimientos. Los ordena según una escala de valores que se extiende desde el saber funcional de las cosas necesarias de la vida cotidiana hasta el conocimiento filosófico que no tiene ningún fin fuera de sí mismo, sino que se lo cultiva por sí mismo y es el que ha de proporcionar la mayor felicidad a los hombres. Dentro de esta escala hay una separación fundamental: entre lo necesario y útil por una parte y lo “bello” por otra. “Pero toda la vida está dividida en ocio y trabajo, en guerra y paz, y las actividades se dividen en necesarias, en útiles y bellas.”(1) Al no ponerse en tela de juicio esta división, y al consolidarse de esta manera la “teoría pura”, conjuntamente con los otros ámbitos de lo bello, como actividad independiente al lado y por encima de las demás actividades, se quiebra la pretensión originaria de la filosofía, es decir, la organización de la praxis según las verdades conocidas. La división entre lo funcional y necesario, y lo bello y placentero, es el comienzo de un proceso que deja libre el campo para el materialismo de la praxis burguesa por una parte, y por la otra, para la satisfacción de la felicidad y del espíritu en el ámbito exclusivo de la “cultura”.

Entre las razones que suelen darse para referir el conocimiento supremo y el placer supremo a la teoría pura y desinteresada, reaparece siempre este argumento. El mundo de lo necesario, del orden de la vida cotidiana es inestable, inseguro, no libre -no sólo fáctica, sino esencialmente. El manejo de los bienes materiales no es nunca obra exclusiva de la laboriosidad y del saber humanos. La casualidad domina en este campo. El individuo que haga depender su objetivo supremo, su felicidad, de estos bienes, se transforma en esclavo de los hombres y de las cosas, que escapan a su poder, entrega su libertad. La riqueza y el bienestar no se logran y conservan por su decisión autónoma, sino por el favor cambiante de situaciones imprevisibles. Por consiguiente, el hombre somete su existencia a un fin situado fuera de sí mismo. El que un fin exterior sea el único que preocupa y esclaviza al hombre, presupone ya una mala ordenación de las relaciones materiales de la vida, cuya reproducción está reglada por la anarquía de los intereses sociales opuestos, un orden en el que la conservación de la existencia general no coincide con la felicidad y la libertad de los individuos. En la medida en que la filosofía se preocupa por la felicidad de los hombres -y la teoría clásica antigua considera que la eudemonia es el bien supremo- no puede buscarla en las formas materiales de vida existentes: tiene que trascender su facticidad.

Esta trascendencia es asunto de la metafísica, de la teoría del conocimiento, de la ética y también de la psicología. Al igual que el mundo exterior, el alma humana se divide en una esfera superior y otra inferior; entre los dos polos de la sensibilidad y de la razón se desenvuelve la historia del alma. La valoración negativa de la sensibilidad obedece a los mismos motivos que los del mundo material, por ser un campo de anarquía, de inestabilidad y de falta de libertad. El placer sensible no es malo en sí mismo; es malo porque -al igual que las actividades inferiores del hombre- se sitúa en un orden malo. Las “partes inferiores del alma” atan al hombre al afán de ganancias y posesión, de compra y venta; lo conducen “a no preocuparse por nada que no sea la posesión del dinero y de lo que está relacionado con él”.(2) Por esto Platón llama a la parte apetitiva del alma, aquella que se dirige al placer sensible, también la amante del dinero, porque los apetitos de este tipo son satisfechos principalmente mediante el dinero.”(3)

En todas las clasificaciones ontológicas del idealismo antiguo, está presente la inferioridad de una realidad social en la cual la praxis no incluye el conocimiento de la verdad acerca de la existencia humana. El mundo de lo verdadero, de lo bueno y de lo bello es un mundo “ideal”, en la medida en que se encuentra más allá de las relaciones de vida existentes, más allá de una forma de existencia en la cual la mayoría de los hombres trabajan como esclavos o pasan su vida dedicados al comercio y sólo una pequeña parte tiene la posibilidad de ocuparse de aquello que va más allá de la mera preocupación por la obtención y la conservación de lo necesario. Cuando la reproducción de la vida material se realiza bajo el imperio de la mercancía, creando continuamente la miseria de la sociedad de clases, lo bueno, lo bello y lo verdadero trascienden a esta vida. Y si de esta manera se produce todo aquello que es necesario para la conservación y garantía de la vida material, naturalmente todo lo que está por encima de ella es “superfluo”. Aquello que verdaderamente interesa a los hombres: las verdades supremas, los bienes y las alegrías supremas están separados por un abismo de sentido, de lo que es necesario, y por consiguiente son un “lujo”. Aristóteles no ocultó esta situación. La ciencia primera” cuyo objeto es el bien supremo y el placer supremo, es obra del ocio de algunos pocos para quienes las necesidades vitales están aseguradas suficientemente. La “teoría pura” como profesión es patrimonio de una élite, está vedada a la mayor parte de la humanidad, por férreas barreras sociales. Aristóteles no sostenía que lo bueno, lo bello y lo verdadero fueran valores universalmente válidos y universalmente obligatorios, que “desde arriba” debieran penetrar e iluminar el ámbito de lo necesario, del orden material de la vida. Sólo cuando se pretende esto, se crea el concepto de cultura, que constituye un elemento fundamental de la praxis y de la concepción del mundo burguesas. La teoría antigua cuando habla de la superioridad de las verdades situadas por encima de lo necesario se refiere también a lo socialmente “superior”: las clases superiores son las depositarias de estas verdades. Esta teoría contribuye por otra parte a afianzar el poder social de estas clases, cuya “profesión” consiste en hacerse cargo de las verdades supremas.

La teoría clásica llega con la filosofía aristotélica precisamente al punto en donde el idealismo capitula ante las contradicciones sociales, expresando estas contradicciones como situaciones ontológicas. La filosofía platónica combatía aun el orden de la vida en la sociedad comercial de Atenas. El idealismo de Platón está imbuido de motivos de crítica social. Aquello que visto desde las ideas se presenta como facticidad es el mundo material, en el que los hombres y las cosas se enfrentan como mercancías. El orden justo del alma es destruido por “la codicia de riqueza que reclama tanto del hombre que ya no le queda tiempo más que para preocuparse por sus bienes. Es ahí donde se halla su alma, de modo que no tiene más tiempo que para pensar en la ganancia cotidiana”.(4) Y el postulado fundamental del idealismo es que este mundo material ha de ser modificado y mejorado de acuerdo con las verdades obtenidas en el conocimiento de las ideas. La respuesta de Platón a este postulado es su programa de una nueva organización de la sociedad. En él se expresa cuáles son las raíces del mal. Platón exige, con respecto a las clases dirigentes, la supresión de la propiedad privada (también de las mujeres y niños) y la prohibición de ejercer el comercio. Pero este mismo programa pretende fundamentar y eternizar las contradicciones de la sociedad de clases en lo más profundo del ser humano: mientras que la mayor parte de los miembros de un estado está destinada, desde el comienzo hasta el fin de su existencia, a la triste tarea de procurar lo necesario para la vida, el placer de lo verdadero, de lo bueno y de lo bello queda reservado para una pequeña élite. Es verdad que Aristóteles todavía hace desembocar la ética en la política, pero la nueva organización de la sociedad ya no ocupa el lugar central en su filosofía. En la medida en que es más “realista” que Platón, su idealismo se vuelve más pasivo frente a las tareas históricas de la humanidad. Según Aristóteles, el verdadero filósofo ya no es, fundamentalmente, el verdadero político. La distancia entre facticidad e idea se vuelve más grande precisamente porque facticidad e idea son pensadas en una relación más estrecha. El aguijón del idealismo: la realización de la idea, se vuelve romo. La historia del idealismo es también la historia de su aceptación de lo existente.

Detrás de la separación ontológica y gnoseológica entre el mundo de los sentidos y el mundo de las ideas, entre sensibilidad y razón, entre lo necesario y lo bello se oculta no sólo el rechazo, sino también, en alguna medida, la defensa de una reprobable forma histórica de la existencia. El mundo material (es decir, las diversas formas que adoptan los distintos miembros “inferiores” de aquella relación) es, en sí mismo, mera materia, mera posibilidad, que está vinculada más al no-ser que al ser y que se vuelve realidad sólo en la medida en que participa del mundo “superior”. En todas sus formas, el mundo material es precisamente materia, elemento de algo diferente que le otorga valor. Toda la verdad, todo el bien y toda la belleza puede venirle sólo “desde arriba”: por obra y gracia de la idea. Y toda actividad del orden material de la vida es, por su propia esencia, falsa, mala, fea. Pero, a pesar de estas características, es tan necesaria como necesaria es la materia para la idea. La miseria de la esclavitud, la degradación de los hombres y de las cosas a mercancías, la tristeza y sordidez en las que se reproduce siempre el todo de las relaciones materiales de la existencia, están más allá del interés de la filosofía idealista porque no constituyen la realidad genuina, que es el objeto de esta filosofía. Debido a su inevitable materialidad, la praxis material queda liberada de la responsabilidad por lo verdadero, lo bello y lo bueno, que queda reservada para el quehacer teórico. La separación ontológica entre los valores ideales y los materiales trae como consecuencia la despreocupación idealista por todo aquello que está relacionado con los procesos materiales de la vida. Partiendo de una determinada forma histórica de la división social del trabajo y de la división de clases, se crea una forma eterna, metafísica de las relaciones entre lo necesario y lo bello, entre la materia y la vida.

En la época burguesa, la teoría de las relaciones entre lo necesario y lo bello, entre trabajo y placer, experimentó modificaciones fundamentales. Por lo pronto, desapareció la concepción según la cual la ocupación profesional con los valores supremos es patrimonio de una determinada clase social. Aquella concepción fue reemplazada por la tesis de la universalidad de la “cultura”. La teoría antigua había expresado con buena conciencia, que la mayoría de los hombres han de pasar su existencia preocupándose de aquello que es necesario para la vida, mientras que sólo una pequeña parte podría dedicarse al placer y la verdad. Pero a pesar de que la situación no se ha modificado, esta buena conciencia ya no existe. La libre competencia enfrenta a los individuos como compradores y vendedores del trabajo. El carácter puramente abstracto al que han sido reducidos los hombres en sus relaciones sociales, se extiende también al manejo de los bienes ideales. Ya no puede ser verdad que unos hayan nacido para el trabajo y otros para el ocio, unos para lo necesario y otros para lo bello. Si la relación del individuo con el mercado es inmediata (dado que las características y necesidades personales sólo tienen importancia como mercancías), también lo es su relación con Dios, con la belleza, con lo bueno y con la verdad. En tanto seres abstractos, todos los hombres deben tener igual participación en estos valores. Así como en la praxis material se separa el producto del productor y se lo independiza bajo la forma general del “bien”, así también en la praxis cultural se consolida la obra, su contenido, en un “valor” de validez universal. La verdad de un juicio filosófico, la bondad de una acción moral, la belleza de una obra de arte deben, por su propia esencia, afectar, obligar y agradar a todos. Sin distinción de sexo y de nacimiento, sin que interese su posición en el proceso de producción, todos los individuos tienen que someterse a los valores culturales. Tienen que incorporarlos a su vida, y dejar que ellos penetren e iluminen su existencia. “La civilización” recibe su alma de la “cultura”.



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No se considerarán aquí los distintos intentos de definir el concepto de cultura. Hay un concepto de cultura que para la investigación social puede ser un instrumento importante porque a través de él se expresa la vinculación del espíritu con el proceso histórico de la sociedad. Este concepto se refiere al todo de la vida social en la medida en que en él tanto el ámbito de la reproducción ideal (cultura en sentido restringido, el “mundo espiritual”), como el de la reproducción material (la “civilización”) constituyen una unidad histórica, diferenciable y aprehensible.(5) Hay, sin embargo, otra aplicación muy difundida del concepto de cultura según el cual el mundo espiritual es abstraído de una totalidad social y de esta manera se eleva la cultura a la categoría de un (falso) patrimonio colectivo y de una (falsa) universalidad. Este segundo concepto de cultura (acuñado en expresiones tales como “cultura nacional”, “cultura germana”, o “cultura latina”) contrapone el mundo espiritual al mundo material, en la medida en que contrapone la cultura en tanto reino de los valores propiamente dichos y de los fines últimos, al mundo de la utilidad social y de los fines mediatos. De esta manera, se distingue entre cultura y civilización y aquélla queda sociológica y valorativamente alejada del proceso social.(6) Esta concepción ha surgido en el terreno de una determinada forma histórica de la cultura que en adelante será denominada cultura afirmativa. Bajo cultura afirmativa se entiende aquella cultura que pertenece a la época burguesa y que a lo largo de su propio desarrollo ha conducido a la separación del mundo anímico-espiritual, en tanto reino independiente de los valores, de la civilización, colocando a aquél por encima de ésta. Su característica fundamental es la afirmación de un mundo valioso, obligatorio para todos, que ha de ser afirmado incondicionalmente y que es eternamente superior, esencialmente diferente del mundo real de la lucha cotidiana por la existencia, pero que todo individuo “desde su interioridad”, sin modificar aquella situación fáctica, puede realizar por sí mismo. Sólo en esta cultura las actividades y objetos culturales obtienen aquella dignidad que los eleva por encima de lo cotidiano: su recepción se convierte en un acto de sublime solemnidad. Aunque sólo recientemente la distinción entre civilización y cultura se ha convertido en herramienta terminológica de las ciencias del espíritu, la situación que ella expresa es, desde hace tiempo, característica de la praxis vital y de la concepción del mundo de la época burguesa. “Civilización y cultura” no es simplemente una traducción de la antigua relación entre lo útil y lo gratuito, entre lo necesario y lo bello. Al internalizar lo gratuito y lo bello y al transformarlos, mediante la cualidad de la obligatoriedad general y de la belleza sublime, en valores culturales de la burguesía, se crea en el campo de la cultura un reino de unidad y de libertad aparentes en el que han de quedar dominadas y apaciguadas la relaciones antagónicas de la existencia. La cultura afirma y oculta las nuevas condiciones sociales de vida.

Para la antigüedad el mundo de lo bello, situado más allá de lo necesario, era esencialmente un mundo de la felicidad, del placer. La teoría antigua no había aún comenzado a dudar que a los hombres lo que les interesa en este mundo es, en última instancia, su satisfacción terrenal, su felicidad. En última instancia, no en primer lugar. Lo primero es la lucha por la conservación y seguridad de la mera existencia. Debido al desarrollo precario de las fuerzas de producción dentro de la economía de la antigüedad, la filosofía no pensó jamás que la praxis material podía ser organizada de tal manera que en ella se creara tiempo y espacio para la felicidad. En el comienzo de todas las teorías idealistas se encuentra el temor de buscar la felicidad suprema en la praxis ideal: temor ante la inseguridad de todas las relaciones vitales, ante el “azar” del fracaso, de la dependencia, de la miseria, pero también temor ante la sociedad, ante el hastío, ante la envidia de lo hombres y de los dioses. El temor por la felicidad, que impulsó a la filosofía a separar lo bello de lo necesario, mantiene la exigencia de la felicidad en una esfera separada. La felicidad queda reservada a un ámbito exclusivo, para que al menos pueda existir. La felicidad es el placer supremo que el hombre ha de encontrar en el conocimiento filosófico de lo verdadero, lo bueno y lo bello. Sus características son las opuestas a las de la facticidad material: es lo permanente en el cambio, lo puro en lo impuro, lo libre en el reino de la necesidad.

El individuo abstracto, que con el comienzo de la época burguesa se presenta como el sujeto de la praxis, se transforma, en virtud de la nueva organización social, en portador de una nueva exigencia de felicidad. Ya no es el representante o delegado de generalidades superiores, sino que en tanto individuo particular debe él mismo hacerse cargo del cuidado de su existencia, de la satisfacción de sus necesidades, y situarse inmediatamente frente a su “determinación”, frente a sus fines y objetivos, sin la mediación social, eclesiástica y política del feudalismo. En la medida en que en este postulado se otorgaba al individuo un ámbito mayor de aspiraciones y satisfacciones individuales -un ámbito que la creciente producción capitalista comenzó a llenar con cada vez mayor cantidad de objetos de satisfacción posible bajo la forma de mercancías- la liberación burguesa del individuo significa la posibilitación de una nueva felicidad. Pero con esto desaparece inmediatamente su validez universal ya que la igualdad abstracta de los individuos se realiza en la producción capitalista como la desigualdad concreta: sólo una pequeña parte de los hombres posee el poder de adquisición necesario como para adquirir la cantidad de mercancía indispensable para asegurar su felicidad. La igualdad desaparece cuando se trata de las condiciones para la obtención de los medios. Para el proletariado campesino y urbano al que tuvo que recurrir la burguesía en su lucha contra el poder feudal, la igualdad abstracta sólo podía tener sentido como igualdad real. A la burguesía que había llegado al poder, le bastaba la igualdad abstracta para gozar de la libertad individual real y de la felicidad individual real: disponía ya de las condiciones materiales capaces de proporcionar estas satisfacciones. Precisamente, el atenerse a la igualdad abstracta era una de las condiciones del dominio de la burguesía que sería puesto en peligro en la medida en que se pasara de lo abstracto a lo concreto general. Por otra parte, la burguesía podía eliminar el carácter general de la exigencia: la necesidad de extender la igualdad a todos los hombres, sin denunciarse a sí misma y sin decir abiertamente a las clases dirigidas que no habría modificación alguna con respecto a la mejora de las condiciones de vida de la mayor parte de los hombres. Y a medida que la creciente riqueza social transformó en posibilidad real la realización efectiva de la exigencia general, esto se hizo cada vez más difícil, poniendo de manifiesto el contraste entre aquella riqueza y la creciente miseria de los pobres en la ciudad y en el campo. De esta manera, la exigencia se transforma en postulado, y su objeto, en una idea. El destino del hombre a quien le está negada la satisfacción general en el mundo material queda hipostasiado como ideal.

Los grupos sociales burgueses en ascenso habían fundamentado en la razón humana universal su exigencia de una nueva libertad social. A la fe en la eternidad de un orden restrictivo impuesto por Dios opusieron su fe en el progreso, en un futuro mejor. Pero la razón y la libertad no fueron más allá de los intereses de aquellos grupos cuya oposición a los intereses de la mayor parte de los hombres fue cada vez mayor. A las demandas acusadoras la burguesía dio una respuesta decisiva: la cultura afirmativa. Esta es, en sus rasgos fundamentales, idealista. A la penuria del individuo aislado responde con la humanidad universal, a la miseria corporal, con la belleza del alma, a la servidumbre extrema, con la libertad interna, al egoísmo brutal, con el reino de la virtud del deber. Si en la época de la lucha ascendente de la nueva sociedad, todas estas ideas habían tenido un carácter progresista destinado a superar la organización actual de la existencia, al estabilizarse el dominio de la burguesía, se colocan, con creciente intensidad, al servicio de la represión de las masas insatisfechas y de la mera justificación de la propia superioridad: encubren la atrofia corporal y psíquica del individuo.

Pero el idealismo burgués no es sólo una ideología: expresa también una situación correcta. Contiene no sólo la justificación de la forma actual de la existencia, sino también el dolor que provoca su presencia; no sólo tranquiliza ante lo que es, sino que también recuerda aquello que podría ser. El gran arte burgués, al crear el dolor y la tristeza como fuerzas eternas del mundo, quebró en el corazón de los hombres la resignación irreflexiva ante lo cotidiano. Al pintar con los brillantes colores de este mundo la belleza de los hombres, de las cosas y una felicidad supraterrenal, infundió en la base de la vida burguesa, conjuntamente con el mal consuelo y una bendición falsa, también una nostalgia real. Este arte, al elevar el dolor y la tristeza, la penuria y la soledad, a la categoría de fuerzas metafísicas, al oponer a los individuos entre sí y enfrentarlos con los Dioses, sin mediación social, en una pura inmediatez espiritual, contiene, en su exageración, una verdad superior: un mundo de este tipo sólo puede ser cambiado haciéndolo desaparecer. El arte burgués clásico alejó tanto sus formas ideales del acontecer cotidiano que los hombres que sufrían y esperaban en esta cotidianidad, sólo podían reencontrarse mediante un salto en un mundo totalmente diferente. De esta manera, el arte alimentó la esperanza de que la historia sólo hubiera sido hasta entonces la prehistoria de una existencia venidera. Y la filosofía tomó esta idea lo suficientemente en serio como para encargarse de su realización. El sistema de Hegel es la última protesta contra la humillación de la idea: contra el juego comercial con el espíritu como si fuera objeto que no tuviera nada que ver con la historia del hombre. Con todo, el idealismo sostuvo siempre que el materialismo de la praxis burguesa no representa la última etapa y que la humanidad debe ser conducida más allá de él. El idealismo pertenece a un estadio más avanzado del desarrollo que el positivismo tardío, que en su lucha contra las ideas metafísicas no sólo niega el carácter metafísico de estas últimas, sino también su contenido y se vincula inseparablemente al orden existente.

La cultura debe hacerse cargo de la pretensión de felicidad de los individuos. Pero los antagonismos sociales, que se encuentran en su base, sólo permiten que esta pretensión ingrese en la cultura, internalizada y racionalizada. En una sociedad que se reproduce mediante la competencia económica, la exigencia de que el todo social alcance una existencia más feliz es ya una rebelión: reducir al hombre al goce de la felicidad terrenal no significa reducirlo al trabajo material, a la ganancia, y someterlo a la autoridad de aquellas fuerzas económicas que mantienen la vida del todo. La aspiración de felicidad tiene una resonancia peligrosa en un orden que proporciona a la mayoría penuria, escasez y trabajo. Las contradicciones de este orden conducen a la idealización de esta aspiración. Pero la satisfacción verdadera de los individuos no se logra en una dinámica idealista que posterga siempre su realización o la convierte en el afán por lo no alcanzable. Sólo oponiéndose a la cultura idealista puede lograrse esta satisfacción; sólo oponiéndose a esta cultura resonará como exigencia universal. La satisfacción de los individuos se presenta como la exigencia de una modificación real de las relaciones materiales de la existencia, de una vida nueva, de una nueva organización del trabajo y del placer. De esta manera, influye en los grupos revolucionarios que desde el final de la Edad Media combaten las nuevas injusticias. Y mientras que el idealismo entrega la tierra a la sociedad burguesa y vuelve irrealizables sus propias ideas al conformarse con el cielo y con el alma, la filosofía materialista se preocupa seriamente por la felicidad y lucha por su realización en la historia. Esta conexión se ve claramente en la filosofía de la ilustración. “La falsa filosofía puede, al igual que la teología, prometernos una felicidad eterna y acunarnos en hermosas quimeras conduciéndonos a ellas, a costa de nuestra vida real o de nuestro placer. La verdadera filosofía, diferente y más sabia que aquélla, admite sólo una felicidad temporal; siembra las rosas y las flores en nuestra senda y nos enseña a recogerlas.”(7) La filosofía idealista admite también que de lo que se trata es de la felicidad del hombre. Sin embargo, la ilustración, en su polémica con el estoicismo, recoge precisamente aquella forma de la exigencia de felicidad que no cabe en el idealismo y que la cultura afirmativa no puede satisfacer: “¡y cómo no ser antiestoicos! Estos filósofos son severos, tristes, duros; nosotros seremos tiernos, alegres y amables. Ellos abstraen toda el alma de sus cuerpos; nosotros abstraeremos todo el cuerpo de nuestras almas. Ellos se muestran inaccesibles al placer y al dolor; nosotros estaremos orgullosos de sentir tanto el uno como el otro. Dirigidos a lo sublime, ellos se elevan por encima de lo acontecimientos y creen ser verdaderos hombres cuando precisamente dejan de serlo. Nosotros no dispondremos de aquello que nos domina; ello no regulará nuestras sensaciones: en la medida en que admitamos su dominio y nuestra servidumbre, intentaremos hacerlo agradable, convencidos de que precisamente aquí reside la felicidad de la vida; y por último, nos creeremos tanto más felices cuanto más hombres seamos, o tanto más dignos de la existencia cuanto más sintamos la naturaleza, la humanidad y todas las virtudes sociales; no reconoceremos ninguna otra vida más que la de este mundo.”(8)

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La cultura afirmativa recogió, con su idea de la humanidad pura, la exigencia histórica de la satisfacción general del individuo. “Si consideramos la naturaleza tal como la conocemos, según las leyes que en ella se encuentran, vemos que no hay nada superior a la humanidad en el hombre”,(9) en este concepto se resume todo aquello que está dirigido a la “noble educación del hombre para la razón y la libertad, para los sentidos e instintos más finos, para la salud más delicada y fuerte, para la realización y dominio de la tierra”.(10) Todas las leyes humanas y todas las formas de gobierno han de tener sólo un fin: “que cada uno, sin ser molestado por el prójimo, puedan ejercitar sus fuerzas y (…) un goce más hermoso y más libre de la vida.”(11) La realización suprema del hombre está vinculada a una comunidad de personas libres y razonables en la que cada una tiene las mismas posibilidades de desarrollo y satisfacción de todas sus fuerzas. El concepto de persona, que a través de la lucha contra las colectividades opresivas se ha mantenido vivo hasta hoy, abarca por encima de todas las contradicciones y convenciones sociales, a todos los individuos. Nadie libera al individuo de la carga de su existencia, pero nadie le prescribe lo que puede y debe hacer -nadie fuera de la “ley que se encuentra en su propio pecho”. “La naturaleza ha querido que el hombre produzca por sí mismo todo aquello que está más allá de la regulación mecánica de su existencia animal y que no pueda participar de ninguna felicidad o perfección que él mismo no haya creado, liberado del instinto, por su propia razón.”(12) Toda la riqueza y toda la pobreza proceden de él mismo y repercuten sobre él. Todo individuo se encuentra en relación inmediata consigo mismo: sin mediación terrenal o celestial. Y por esto, está también en relación inmediata con todos los demás. Esta idea de persona encontró su expresión más clara en la poesía clásica a partir de Shakespeare. En sus dramas, los personajes están tan cerca el uno del otro, que entre ellos no existe nada que no pueda ser expresado o que sea inefable. El verso hace posible lo que en la prosa de la realidad se ha vuelto imposible. En los versos de los personajes, liberados de todo aislamiento y distancia social, hablan de las primeras y de las últimas cuestiones del hombre. Superan la soledad fáctica en el ardor de las bellas y grandes frases, o presentan la soledad bajo el aspecto de belleza metafísica. El criminal y el santo, el príncipe y el siervo, el sabio y el loco, el rico y el pobre, se unen en una discusión cuyo resultado ha de ser el esplendor de la verdad. La unidad que el arte representa, la pura humanidad de sus personajes, es irreal; es lo opuesto a aquello que sucede en la realidad social. La fuerza crítico-revolucionaria del ideal, que precisamente con su irrealidad mantiene vivos los mejores anhelos del hombre en medio de una realidad penosa, se vuelve evidente en aquellos períodos en que las clases satisfechas traicionan expresamente sus propios ideales. Naturalmente, el ideal estaba concebido de tal manera que en él dominaban menos los rasgos progresistas que los conservadores, menos los rasgos críticos que los justificantes. Su realización es alcanzada mediante los individuos, a través de la formación cultural. La cultura significa, más que un mundo mejor, un mundo más noble: un mundo al que no se ha de llegar mediante la transformación del orden material de la vida, sino mediante algo que acontece en el alma del individuo. La humanidad se transforma en un estado interno del hombre; la libertad, la bondad, la belleza, se convierten en cualidades del alma: comprensión de todo lo humano, conocimiento de la grandeza de todos los tiempos, valoración de todo lo difícil y de todo lo sublime, respeto ante la historia en la que todo esto ha sucedido. De una situación de este tipo ha de fluir un actuar que no está dirigido contra el orden impuesto. No tiene cultura quien interpreta las verdades de la humanidad como llamado a la lucha, sino como actitud. Esta actitud conduce a un poder-conducirse, a un poder-mostrar la armonía y medida en las instituciones cotidianas. La cultura ha de dignificar lo ya dado, y no sustituirlo por algo nuevo. De esta manera, la cultura eleva al individuo sin liberarlo de su sometimiento real. Habla de la dignidad del hombres sin preocuparse de una efectiva situación digna del hombre. La belleza de la cultura es, sobre todo, una belleza interna y la externa sólo puede provenir de ella. Su reino es esencialmente un reino del alma.
El interés de la cultura por los valores del espíritu es, por lo menos desde Herder, un elemento constitutivo del concepto afirmativo de la cultura. Los valores espirituales forman parte de la definición de cultura, como oposición a la mera civilización. Alfred Weber se limita tan sólo a extraer la consecuencia de un concepto de cultura vigente desde hacía ya tiempo cuando define: “‘cultura’... es simplemente aquello que es expresión espiritual (anímica), querer espiritual (anímico) y, por lo tanto, expresión y querer de un ‘ser’, de un ‘alma’ situada por detrás de todo dominio intelectual de existencia y que en su afán de expresión y en su querer no se preocupa por la finalidad y la utilidad...”. “De aquí surge el concepto de cultura como forma de expresión y liberación de lo anímico en la substancia existencial espiritual y material.”(13) El alma, que sirve de base a esta concepción, es algo más que la totalidad de las fuerzas y mecanismos psíquicos (que son objeto, por ejemplo, de la psicología empírica): alude al ser no corporal del hombre en tanto substancia propiamente dicha del individuo.

El carácter de substancia del alma ha estado, desde Descartes, basado en la peculiaridad del yo como res cogitans. Mientras que el mundo situado más allá del yo es, en principio, mensurable y es materia cuyo movimiento es calculable, el yo escapa, como única dimensión de la realidad, al racionalismo materialista de la burguesía en ascenso. Al (…) el yo, en tanto substancia esencialmente diferente, al mundo corporal, se produce una extraordinaria división del yo en dos campos. El yo en tanto sujeto del pensamiento (mens, espíritu), está, en su peculiaridad autoconsciente, aquende el ser de la materia, como su a priori, mientras que Descartes trata de interpretar materialísticamente al yo, en tanto alma (anima) en tanto sujeto de las “pasiones” (amor y odio, alegría y tristeza, celos, vergüenza, remordimiento, agradecimiento, etc.). Las pasiones del alma quedan reducidas a la circulación de la sangre y a su modificación en el cerebro. La reducción no es perfecta. Se hace depender de los nervios a todos los movimientos musculares y sensaciones, que “provienen del cerebro como finos hilos o tubitos”, pero los nervios mismos deben “contener un aire muy fino, un aliento, al que se denomina espíritu vital”.(14) A pesar de este residuo inmaterial, la tendencia de la interpretación es clara: el yo es o bien espíritu (pensar, cogito me cogitare) o bien, en la medida en que no es mero pensar, cogitatio, es un ente corporal y ya no es más el ojo genuino: las cualidades y afinidades que se le adscriben pertenecen entonces a la res extensa.(15) Y, sin embargo, no pueden disolverse totalmente en la materia. El alma es un reino intermedio, no dominado, entre la inconmovible autoconciencia del puro pensar y la certeza físico-matemática del ser material. Aquello que después constituirá el alma: los sentimientos, los deseos, los instintos y anhelos del individuo, quedan, desde el comienzo, fuera del sistema de la filosofía de la razón. La situación de la psicología empírica, -es decir, de la disciplina que realmente trata del alma humana- dentro de la filosofía de la razón es característica: existe sin poder ser justificada por la razón misma. Kant polemizó en contra de la inclusión de la psicología empírica dentro de la metafísica racional (Baumgarten): la psicología empírica tiene que ser desterrada totalmente de la metafísica y es absolutamente incompatible con la idea de esta última”. Y agrega: “Pero además habrá que otorgarle, sin embargo, un lugar pequeño en los planes de estudio (es decir, como mero episodio), por razones económicas, porque no es lo suficientemente rica como para constituir por sí sola una disciplina, pero es demasiado importante como para expulsarla totalmente o ubicarla en alguna otra parte... Es simplemente un huésped extraño a quien se le concede asilo por un tiempo hasta que encuentre su propia morada en una antropología más amplia.”(16) Y en sus lecciones sobre metafísica de 1792/93, Kant se expresa aun más escépticamente acerca de este “huésped extraño”: “¿es posible una psicología empírica como ciencia? No; nuestros conocimientos acerca del alma son demasiado limitados.”(17)

NOTAS

(2) Platón, República, 525 y 553 (trad. alemana de Schleiermacher)
(3) Platón, op. cit. 581.
(4) Platón, Leyes, 831. Cfr. J. Brake, Wirlschaften und Charakter in der antiken Bildung, Frankfurt a. M., 1935, p. 124 y ss.
(5) Cfr. Studien über die Autorität und Familie, Scriften des Instituts für Sozialforschung, t. V, París, 1936, p. 7 y ss.
(6) O. Spengler concibe la relación entre civilización y cultura no como simultánea, sino como una “sucesión orgánica necesaria”: la civilización es el destino inevitable y el final de toda cultura (Des Untergang des Abendlandes, t. I, 23a edic., München, 1920, p. 48 y sg.). Con esa reformulación no se altera nada en la valoración tradicional de la cultura y la civilización, indicada más arriba.
(7) La Mettrie, Discours sur le bonheur. Ocuvres philosophiques, Berlín, 1775, t. II, p. 102.
(8) Op. cit., p. 86 y ss.
(9) Herder, Ideen zur l’hilosophie der Geschichte der Menschheit, libro 15, sección 1 (Werke, ed. por Bernhe Suphan, Berlín, 1877-1913, t. XIV, p. 208).
(10) Op. cit., libro 4, sección 6 (Werke, t. XIII, p. 154).
(11) Op. cit, libro 15, sección 1 (Werke, t. XIV, p. 209).
(12) Kant, Ideen zur einer allgemeinen Geschichte in weltbürgerlicher Absicht, parágrafo 3 (Werke, ed. Cassirer, Berlín 1912, t. IV, p. 153).
(13) Alfred Weber, Prinzipielles zur Kultursoziologie, en: Archiv für Sozialwissenschaft, t. 47, 1920/24, p. 29 y s.Cfr. G. Simmel, Der Begriff und die Tragedie der Kultur, en donde “el camino del alma hacia sí misma” es descripto como el hecho en que se basa la cultura (Philosophische Kultur, Leipzig, 1919, p. 222). O. Spengler define a la cultura como “la realización de las posibilidades animales” (Der Untergang des Abendlandes, t. I, p. 418).
(14) Descartes, Uber die Leidenschaften der Secle, art. VII.
(15) Cfr. la respuesta de Descartes a las objeciones de Gassendi a la segunda meditación (Meditatione?? uber die Grundlagen der Philosophie, trad. alemana de A. Buchenau, Leipzig., 1915, p. 327 y s.).
(16) Kant, Kritik des reinen Vernunft, Werke, t. III, p. 567.
(17) Die philosophischen. Haupteoriesunpen Immanuel Kants, ed. A. Kowalewski, Munchen, - Leipzig, 1924, p. 602.
(18) Marx, Das Kapital, ed. Meissner, Hamburg, t. I., p. 326.
(19) Hegel, Encyklopädie der philosophischen Wisserdechaften, t. II, #388.
(20) Ibídem, # 387.
(21) O. Spengler, op. cit. p. 406.
(22) Es característica la introducción del concepto del alma en la psicología de Herbart: el alma no está “en ninguna parte ni en ningún lugar”, “no tiene ni disposición ni capacidad para recibir o para producir algo”. “La esencia simple del alma es totalmente desconocida y lo será siempre; no es un objeto ni de la psicología especulativa, ni de la empírica” (Herbart, Lehrbuch zur Psychologie, § 150-1553; Sämtliche Werke, publicadas por Hartenstein, t. V, Leipzig, 1850, p. 108 y ss.
(23) W. Dilthey, al hablar de Petrarca. En: Weltanschanung und Analyse des Menschen seit Renaissance und Reformation, Gesammelte Schriften, t. II, Leipzig, 1914. p. 20. Cfr. el análisis de Dilthey, del paso de la psicología metafísica a la psicología “descriptiva y analítica” en L. Vives, op. cit. p. 423 y ss.
(24) Loc. cit. p. 18.
(25) O. Spengler, loc. cit. p. 407.
(26) Herder, Abhandlug über den Ursprung der Sprache 2a parte, 4a ley natural (Werke, t. V, p. 135).
(27) Herder, Auch eine Philosophie der Geschichte zur Bildung der Menschheit, Werke, t. V., p. 503.
(28) Ranke, Uber die Epochen der neueren Geschichte, 1a conferencia (Das politische Gespräch und andere Schriften zur Wissenschaftslehre, ed. Erich Rothacker, Halle, 1925, p. 61 y ss.).
(29) Con respecto al carácter quietista de los postulados anímicos en Dostoievski, cfr. L. Löwenthal, Die Auffassung Dostoiewskis im Vorkriegdeutschland, año III (1934) de la Zeitschrift für Sozialforschung, p. 363.

sábado, 1 de mayo de 2010

La guerra de la ciencia

Una nueva batalla por la autoridad epistémica  

Por: Andoni Ibarra

Unidad Asociada de Estudios sobre la Ciencia y la Tecnología 
(CSIC-UPV/EHU

MOTIVACIÓN
El 21 de marzo de 2001 se organizó una mesa redonda en el Goldsmiths College de Londres con el objetivo de reflexionar sobre la relación entre el arte y la ciencia y el papel desempeñado por ambos en la sociedad actual. El fundador de Proboscis, Giles Lañe, mostraba la común cartografía de la ciencia y el arte a partir de su finalidad cognoscitiva. A su juicio, "es muy interesante mirar a la ciencia como búsqueda de conocimiento. El arte no parece ser parte de la búsqueda de conocimiento, pero de hecho lo es. El arte tiene que ver con entender las cosas de muchas maneras. Puede que alguno de vosotros no esté de acuerdo con el modo en que lo describo, pero una de las cosas fundamentales en relación con el arte es su forma de describir la experiencia humana de vivir en eí mundo e intentar representar eso de modos diferentes y a diversos niveles. [...] el conocimiento acerca de cómo vivimos, nuestra experiencia humana del mundo, es tan parte de la ciencia como la ciencia industrial de la que hemos estado hablando. Tiene mucho que ver con conceptos de ciencia construidos dentro del mundo industrial posterior a la Ilustración, de modo que nuestro concepto de la ciencia está basado hasta límites increíbles en métodos industriales. Creo que necesitamos pensar acerca de cómo llegamos a esas ideas muy fijas acerca de lo que es la ciencia y lo que es el arte, y también acerca de lo que podrían ser esas cosas" (Lañe et al. 2001, p.8).
En esta contribución me propongo tratar de responder parcialmente al reto de Lañe, abordando cómo "llegamos a esas ideas fijas acerca de lo que es la ciencia", es decir, siguiendo la traza de cómo se construye retóricamente la ciencia en tanto que espacio cultural, en un contexto de búsqueda de credibilidad y de disputa sobre su autoridad representativa. Pondré el foco de atención en una reciente contienda acerca de la naturaleza de la práctica y el conocimiento científico. Tal contienda puede interpretarse como una revisión de la tradicional división entre la cultura humanística y la científico-técnica. La pervivencia actual de esta división es nociva para el conjunto de las expresiones culturales.


1.
Un incidente guerrero en el mapa científico  
Cuando en 1996, tras el fallecimiento de quien había sido su fundador y director,
Miguel Sánchez-Mazas, se procedió desde el Consejo Editor de la revista Theoría a reorganizar el Consejo Asesor de la misma, invitando a formar parte del mismo a investigadores de los campos de interés de la revista. Las respuestas fueron en todos los casos positivas, con una excepción. Un reputado filósofo de la ciencia [le llamaremos Prof. Razón], miembro del anterior Consejo Asesor, presentaba a los nuevos editores su renuncia el 15 de febrero de 1996, alegando sus saturadas ocupaciones profesionales, y señalando además que no se "sentiría cómodo en compañía del supercharlatán Bruno Latour [propuesto como nuevo miembro del Consejo]". El Prof. Razón entendía representar en el seno de una subtitulada Revista de teoría, historia y fundamentos de la ciencia las virtudes epistémicas de la razón y la verdad científica frente al relativismo constructivista del postmoderno Latour.
Este pequeño episodio se producía en medio de un hecho, de poca resonancia en nuestro entorno intelectual, pero de gran relevancia sintomática para la configuración de la cultura de nuestros días y del papel que en ella deben desempeñar las ciencias: el suceso conocido como las "
guerras de la ciencia".
En efecto, cuando se trata de ofrecer presentaciones sobre la situación actual de las expresiones del saber, casi siempre se difunden visiones vinculadas con la ciencia natural y la tecnología. La revolución de las ciencias y técnicas de la vida y la de las nuevas tecnologías de la información contribuirían en este sentido paradigmáticamente a la realización de una profunda transformación
-no importa por el momento tratar de establecer su valoración - del medio cultural. Esta cartografía del cambio termina por encubrir otros hechos que están influyendo también en el delineamiento del momento actual, singularmente aquellos hechos vinculados a la vertiente reflexiva del desarrollo de los saberes, es decir, aquella orientada hacia la reflexión acerca de la naturaleza y la función del conocimiento producido.
La última década ha estado dramáticamente atravesada por uno de tales hechos reflexivos sobre la actividad científica: el articulado en torno a la defensa de la ciencia y sus supuestos valores genuinos frente a aquellos que la examinan como un fenómeno histórico, sociológico y cultural.



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Este episodio, conocido como "guerras de la ciencia", puede periodizarse en su periodo álgido (1994-1997) en las trazas siguientes (Qieryn 1999, 337ss):
* En 1994, el biólogo Paul Gross y el matemático Norman Levitt publican en EE.UU. el libro Higher Superstition, en el que defienden la ciencia del ataque de las actitudes anticientíficas promovidas por la izquierda académica conformada por los constructivistas sociales, feministas, multiculturalistas, medioambientalistas y otros relativistas (Gross y Levitt 1994), aunque la polémica había estallado previamente en Europa con la publicación The Unnatural Nature of Science de Lewis Wolpert (Wolpert 1992) y la subsiguiente discusión con el sociólogo de ¡a ciencia Harry Collins.
* La Sociedad Americana de Química desautoriza, a pesar de ser una de sus instituciones financiadoras, la exposición permanente "La ciencia en la vida americana" del Museo Nacional de Historia Americana, poco después de su inauguración en 1994, a causa de la orientación de la exposición más sesgada, según la Sociedad, a mostrar los aspectos negativos de la ciencia (destrucción, polución, etc.) que a privilegiar los beneficios derivados de su aplicación. En esa orientación se habría mostrado, a juicio de la Sociedad, la huella de algunos relativistas postmodernos, miembros del Consejo Asesor de la exposición.
* En 1995 la Academia de las Ciencias de Nueva York organiza el congreso "Flight from Science and Reason" que reúne a científicos naturales con científicos sociales y de las ciencias humanas, muchos de ellos constructivistas, relativistas o de diversas orientaciones postmodernistas que "polemizan obsesivamente contra la ciencia".
* En un número especial titulado "Science Wars" de la revista de estudios culturales Social Text, el físico Alan Sokal publica el artículo "Traspasando las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica" (Sokal 1996a). Sokal pretendía alcanzar conclusiones de relevancia en términos culturales, filosóficos, morales y políticos, partiendo de conocimientos bien establecidos de la física y la matemática, al modo como algunos reputados pensadores (Derrída, Lacan, Lyotard, Irigaray, etc.) construyen sus argumentaciones. Sokal admitió posteriormente que el artículo se planteó como una broma para mostrar el sinsentido de ciertas aproximaciones dominantes en los estudios culturales sobre la ciencia (Sokal 1996b).
* Podrían multiplicarse las referencias "guerreras" que han procurado, desde entonces, profundizar en las divisiones entre ambos lados de la trinchera. Simultáneamente tampoco han faltado intentos de reconciliación desde los dos bandos, tanto en publicaciones como en encuentros y congresos, así como en grupos de trabajo en los que se pretende contribuir a una comprensión más objetiva de la ciencia (cfr. Gieryn 1999, p. 339).


Utilizaré una terminología "guerrera" para designar a ambos bandos: los defensores para aquellos comprometidos en la defensa de la.primacía epistémica de la ciencia, y los atacantes, para aquellos que la analizan como un fenómeno histórico, sociológico y culturaimas. ¿Qué opone a defensores y atacantes? En primer lugar aparente, algunas trifulcas vinculadas a contingencias como la obtención de recursos materiales, el prestigio académico o el poder social. ¿Cuál era la situación de la academia científica norteamericana? El informe de Vannevar Bush, presidente de la Oficina para la Investigación Científica y el Desarrollo de los EE.UU., "Ciencia: la frontera sin fin", sentaba las líneas maestras para la futura política científico-tecnológica norteamericana (Bush 1945). El mensaje era claro: la ciencia estaba cooperando decisivamente a la victoria de la II guerra mundial, y contribuiría también a trazar la hegemonía de EE.UU en el mundo. La condición para ello era preservar la autonomía de la ciencia, coadyuvando con los presupuestos nacionales a que la ciencia pudiera desarrollarse sin interferencias, regida por las virtudes y normas de su comunidad científica. En este modelo, dominante a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XX en los países industrializados, los científicos preservan su autonomía con respecto a los poderes económicos, políticos o militares que costean sus investigaciones. Según algunos atacantes, la situación actual de los científicos naturales y tecnólogos es muy diferente a la de esa "Edad de Oro" anterior. La creciente Importancia de la industria en la gestión de la investigación está teniendo efectos directos entre los científicos: la proietarización del trabajo científico en la producción comercial, la dependencia de la industria en la obtención de financiación, la disminución de los recursos provenientes de agencias públicas, etc. También se ha apuntado como razón de la sobre-representación de físicos en el episodio guerrero al hecho de la "marginaiización de los físicos en la post-guerra fría tanto en la academia como en la Industria" (Schweber 1997, 73).
Podrían aducirse más razones para explicar la entrada de los científicos naturales en el campo de batalla. Los defensores, por su parte, restan valor a las mismas y argumentan enfáticamente la finalidad altruista de su misión en el mundo. Ciertamente, este tipo de argumentaciones no son desdeñables para mostrar algunos aspectos de la guerra, pero no son suficientes para descubrir una oposición más profunda que la meramente contingente que parece detectarse. Deberíamos requerir una caracterización del campo de batalla algo más precisa que una concepción vaga de algunos aspectos sociales de la ciencia y de su misión.
Podemos describir ese campo de manera más sustancial retinando la comprensión que los oponentes tienen de la ciencia. Ello nos permitiría adscribirlos a alguno de los dos campos. ¿Qué es la ciencia? ¿algo esencialmente cultural o esencialmente natural? Según los defensores de la ciencia es algo esencialmente natural: tiene que ver con manipulación de fenómenos, con predicciones empíricas, con aplicaciones tecnológicas. En suma, con el mundo. Y, por tanto, como señala enfáticamente el defensor y premio Nobel de física Steven Weinberg: "si los científicos hablan sobre algo real, lo que dicen es o bien verdadero o bien falso. Sí es verdadero, ¿cómo puede depender eso del medio social del científico?" (S. Weinberg, New York fiéview of Books, 8 de agosto de 1996, 14). Los factores culturales no son relevantes para los aspectos epistémicos, genuinos de la ciencia. Sólo pueden hacer una contribución trivial. De nuevo Weinberg, matizando sus afirmaciones anteriores, cualesquiera que hayan sido las influencias culturales que hayan estado presentes en el descubrimiento de las ecuaciones de Maxwell se han eliminado, como la escoria del metal. Las ecuaciones de Maxwell las entiende ahora del mismo modo cualquiera que tenga una comprensión válida de la electricidad y del magnetismo. Así, los trasfondos culturales de los científicos que descubrieron tales teorías han pasado a ser ¡rrelevantes para las lecciones que podemos extraer de tales teorías (S. Weinberg, New York Review of Books, 3 de octubre de 1996, 56).


Los atacantes, por el contrario, sostienen que la manipulación de los fenómenos, la realización de predicciones empíricas o la construcción de sistemas tecnológicos se dan siempre en complejas estructuras comunitarias de científicos, con sus recursos materiales y teóricos, y más allá de ellas, en contextos sociales más amplios en los que se integran aquellas comunidades. El estudio de éstas y de sus interacciones con otras agencias no-científicas- permite obtener una comprensión más cabal de la actividad científica y de sus logros y descubrimientos. Los defensores han hecho una interpretación inadecuada de este carácter cultural de la ciencia, reduciéndolo a la caricatura de algunas actitudes radicales, como la del constructivismo social del Programa Fuerte (Barnes, Bloor y Henry 1996), que niegan toda intervención de la agencia natural en la explicación de las prácticas y hechos científicos. Simétricamente, también desde el bando atacante se ha delineado la trinchera defensiva parodiando y caricaturizando su posición como cientificista, una ideología de la ciencia que la constriñe al dominio de la naturaleza y "separa radicalmente la ciencia de la cultura" (Norton Wise, New York Review of Books, 3 de octubre 3 de 1996, 55).
La contraposición naturaleza/cultura dicotomiza dos conjuntos estereotipados de posiciones que encubren una variedad mucho más diversa de actitudes en ambos movimientos, ignorando aquellos aspectos irreductibles a esa contraposición. De hecho, pocos serían los guerreros de un bando u otro que pudieran sentirse identificados con las posturas más radicales identificadas en tales estereotipos. Pocos serían, por ejemplo, los atacantes que se vieran identificados por la caracterización que Weinberg hace de ellos como "negadores de la realidad objetiva". El mismo Weinberg admite que no se opone a las consideraciones metaforicas de la ciencia o, como él las llama, a las "inspiraciones" que pueden obtenerse de ella (S. Weinberg, New York Review of Books, 3 de octubre de 1996, 55).
¿Cómo trazar entonces una cartografía más adecuada del campo de batalla cuando se admite la validez de la ciencia como modelo de racionalidad y se asume la contextualización cultural de las prácticas científicas y de sus resultados? En suma, cuando se está aceptando la credibilidad de la ciencia como algo dado. El eje de la disputa no es el reconocimiento o no de esa credibilidad, sino la ampliación de sus fronteras a nuevos ámbitos disciplinares, singularmente a aquellos no pertenecientes a las ciencias de la naturaleza. Una guerra librada en nombre de la conquista de la autoridad epistémica para fijar los límites de las fronteras de la credibilidad científica.
Seguir leyendo...2. La naturaleza episódica de las guerras de la ciencia
Si se interpreta el campo de batalla como un lucha de poder por la autoridad epistémica, las posiciones defensora y atacante pueden describirse como sigue:
(I) A juicio de los defensores, una parte de las ciencias humanas y sociales -en especial la de estirpe francesa- aparece como carente de sentido o como mera charlatanería, como performances en las cuales los profetas organizan un espectáculo con retazos poco o nada entendidos de la matemática o la ciencia empírica. Esta actitud evoca una impostura intelectual: ¿Es legítimo utilizar metafóricamente, termina por preguntarse Sokal, conceptos de las ciencias naturales y de la matemática, fuera de su contexto (Sokal y Bricmont 1997)? Esas ciencias se visten con vestidos inadecuados que sólo sirven para encubrir su propia incompetencia. No es difícil generalizar este diagnóstico para pasar de la atribución del sinsentido a esa parte de las ciencias sociales y humanas a inducirlo al conjunto de los científicos del campo cuando hacen uso de herramientas conceptuales y metodológicas de la matemática y la ciencia natural.
(II) Ajuicio de los atacantes, las ciencias humanas y sociales procuran un concepto de "objetividad" distinto del de la ciencia natural, en cuanto que es esencial al conocimiento su carácter de constructo social fuertemente dependiente del contexto de su producción. En cambio, la imagen de la ciencia de los defensores reduce el valor de la contextualidad e impugna con frecuencia la tesis de la contingencia, esto es, la afirmación de que podría haberse desarrollado una ciencia esencialmente distinta de la que conocemos, la cual ofrecería una representación esencialmente distinta del mundo en que vivimos (Pickering 1995). Esta es una imagen poco realista de la ciencia y de las capacidades que faculta en tanto que empresa humana. Los estudios culturales de la ciencia, por el contrario, conciben el conocimiento de la ciencia primariamente como conocimiento de los científicos. La credibilidad epistémica de este estudio está justificada de manera semejante a como lo está el estudio de una comunidad practicante de la brujería o de determinadas creencias religiosas.
Los científicos naturales acusan a los atacantes de analfabetismo científico; estos últimos censuran la inflexibilidad epistemológica de los defensores. En primera línea, una lucha por la autoridad epistémica, por quién dispone las fronteras de la credibilidad científica.
La tesis principal que quiero sostener aquí es que el episodio de las "guerras de la ciencia" es sólo un síntoma de una relación de disputa permanente entre las ciencias de la naturaleza y las de la cultura, una disputa que se reproduce intermitentemente, y que ha sido desde siempre un motivo de reflexión filosófica centrado en el trazado de los límites de la credibilidad epistémica de las ciencias. Las actuales "guerras de la ciencia" son un momento más de esa disputa. Un momento en gran parte malinterpretado, porque su retórica se ha situado en el exterior de la conflictiva relación histórica entre las ciencias. Comprenderlo cabalmente requiere conocer el trasfondo histórico de esa relación.
Por ejemplo, hace poco más de cuatro décadas se producía otro episodio con un amplio reconocimiento social: Snow distinguía entre la inteligencia literaria y la de las ciencias naturales (Snow 1959). También entonces hubo contribuciones de enconamiento e intentos de conciliación entre las dos inteligencias o culturas. Existe naturalmente una solución sencilla: la metáfora siempre válida del espectro. En esa dirección se ha propuesto identificar no dos sino tres culturas; a las dos anteriores se añadiría la técnico-humanística (Brockman 1996). Este tipo de propuestas son bienintencionadas pero poco realistas. En realidad no permiten articular ningún "paso" de unos intereses cognoscitivos a otros. Sin embargo, parece plausible esperar que la conciliación de las ciencias de la cultura y de la naturaleza no tenga que resolverse en un mero fíat.
Episódicamente, por lo tanto, emergen nuevas luchas en el campo de batalla de las ciencias, que alcanzan una notable repercusión pública. El diagnóstico es poco alentador: por un lado, los intentos de contraposición entre las ciencias naturales y las huma-nas-sociales son infecundos y frecuentemente, como se ha dicho ya, adquieren un aire caricaturesco, de charlatanería, o a lo sumo de retórica inefectiva; por otro lado, los intentos de conciliación adquieren también cierto aire desiderativo superficial, que se realiza en la rápida construcción de espectros del conocimiento -o de nuevas "culturas"- que rebasen la contraposición inicial. Casos como los de Snow y Sokal parecen adecuarse al diagnóstico.


3. ¿Y LA FILOSOFÍA?
La contraposición de las "dos culturas" ha tenido históricamente una aprobación muy reducida. Tres son las actitudes más generales: (I) la de quienes la interpretan como el reflejo de una situación contingente de los desarrollos científicos, destinada a ser superada, (II) la de quienes la interpretan como expresión de la condición humana siempre imperfecta, y (III) la que la asocia simplemente con un "mito" sin existencia real.
Las tres actitudes terminan por trivializar la cuestión. Sin embargo, el problema de la relación entre las ciencias sociales-humanas y las de la naturaleza perdura al menos desde hace siglo y medio y su (di)soluclón no parece tarea fácil. No lo es, en particular, si lo interpretamos como una quimera sin correspondencia con la realidad de los conocimientos existentes, o como expresión de una división trágica entre la naturaleza y la cultura, una división que nuestras sociedades deberían arrostrar sin esperanza de mejora.
Se debería reconocer mas bien que la relación entre los dos dominios de las ciencias es un problema de naturaleza científica, epistemológica y social que podemos abordar de manera más o menos adecuada. El último episodio de las "guerras de la ciencia" no es con seguridad la mejor manera de analizar la relación entre los dos dominios. Pero es un indicio de la existencia del problema.
Las ciencias históricas nos han enseñado que se puede analizar mejor un problema si lo situamos en su trasfondo histórico. A mi entender, el estado ¡nsatisfactorio del debate actual, tal como se ha manifestado en el último episodio, se debe en gran parte al olvido de los guerreros de ese trasfondo histórico. El análisis epistemológico de la relación entre las ciencias de la naturaleza y las sociales y humanas ha articulado axialmente a la historia del pensamiento desde la mitad del siglo XIX. Durante muchas décadas la finalidad de ese debate se situó en la delimitación de la credibilidad científica y la contribución de la ciencia a otros objetivos sociales. En ese debate intervinieron centralmente filósofos de orientación diversa, pero también en sus primeras fases científicos naturales preocupados por cuestiones epistemológicas como Helmholtz, Haeckel, Ostwald o du Boys-Reymond o científicos de ambos dominios, interesados por los fines societales de la educación científica (Fuller 1994). Lo que adjetiva genuinamente el episodio más reciente de las guerras es la vinculación del lineamiento de la credibilidad científica a la previa determinación de la representación de la autoridad científica.
En lo que sigue procuraré mostrar algunos hitos de ese proceso histórico del debate por la configuración de la cartografía de la credibilidad científica. Forzosamente la identificación habrá de ser breve y mencionaré tan sólo algunos problemas singularmente relevantes para una comprensión más cabal del trasfondo de la última batalla entre las ciencias. Una primera aproximación a los problemas nos permitiría detectar en ese trasfondo de siglo y medio diversos momentos que facultan una comprensión diferente de la relación entre los dos dominios científicos: como fases de guerra explícita, en unos casos, o larvada, en otros.
1. La finalidad cultural de la ciencia. Al menos desde mediados del siglo XIX hasta la finalización de la II guerra mundial puede identificarse una nítida pretensión de equiparar epistémicamente a las ciencias sociales y humanas con las ciencias naturales, sobre la base del papel positivo de la ciencia en el conjunto de los fines societales. La utopía del neokantismo, la fenomenología, el empirismo lógico del Círculo de Viena y de una buena parte de los científicos y artistas de esa época, se centraba en producir una comprensión adecuada del conjunto de la ciencia y de su relación con la filosofía y el arte, para contribuir desde ella a la construcción de una cultura científicamente pensada. La distinción entre cultura (dominio de lo socio-humanístico) y civilización (dominio de lo científico-técnico), a la que se hará mención más abajo, se opone de manera radical a esa comprensión de la misión cultural de la ciencia (Spengler 1917-22).
2. Demarcaciones en las ciencias. El análisis de las lógicas y rasgos específicos de las ciencias culturales (Kulturwissenschaften) e históricas, y sus diferencias con las ciencias naturales fue objeto de estudio sistemático en la corriente filosófica neokantiana de finales del XIX y comienzos del XX (Windelband, Rickert, Cassirer), sin pretender derivar de ello la deslegitimación o exclusión de ninguna disciplina del mapa científico (Rickert 1915). Cuestiones como la distinción entre explicar y comprender como acciones asociadas, respectivamente, a las ciencias naturales o a las Kulturwissenschaften, o como la caracterización de las ciencias históricas sobre la base de la distinción entre ciencias nomológicas y ciencias ideográficas, estaban a la orden del día. Esta preocupación por la lógica específica de las ciencias humanísticas revivirá posteriormente no sólo en la filosofía, sino también, de manera quizás más explícita, en la sociología, con Weber y Mannheim y con propuestas de demarcación basadas por ejemplo en la distinción entre ciencia sin valores y ciencia con valores.
3. La unificación de la ciencia. El empirismo lógico del Círculo de Viena propuso en la década de los treinta una concepción unificadora del conjunto de la ciencia. Esta propuesta de unificación de la ciencia se ha malinterpretado con frecuencia en un sentido reductivista: con ella se pretendería unificar tanto las ciencias de la naturaleza como las culturales sobre la base de un fisicalismo rígido, reduciendo los lenguajes específicos al lenguaje de la física. En realidad el proyecto pretendía servir a los fines emancipadores de la ilustración social, tratando de resolver el problema de la participación del conjunto de la sociedad en las decisiones que rigen el desarrollo científico y técnico (Ibarra y Mormann 2003). El problema participativo se reformulaba finalmente como un problema de planificación lingüística que permitiera el acceso de expertos y legos al conjunto de saberes disponibles.
4. La relativización del conocimiento. Tradicionalmente la filosofía ha sostenido una concepción de privilegio epistémico para el conocimiento: según ella, el conocimiento es una creencia verdadera, justificada. El lugar natural de ese conocimiento sería el de la filosofía y las ciencias. Pero a lo largo del siglo XX la filosofía se ha alejado de esa idea. Hoy la filosofía cuestiona, tanto para sí misma como para la ciencia natural, las propiedades esenciales tradicionalmente atribuidas a la verdad y la justificación. Para los filósofos actuales es común aceptar que todos los resultados de las ciencias empíricas son revisables y sólo aproximativamente válidos, y que el objetivo del proceso de investigación científica no es describible como la búsqueda de una verdad general atemporal (Olivé 2000). Las constricciones epistémicas, sociológicas e históricas asociadas al conocimiento son interpretados por los científicos naturales, en general, como relativizaciones inadmisibles de sus postulados cognoscitivos.
5. La sociologlzación del conocimiento. El conocimiento ha sido desde siempre un tema natural del estudio sociológico. Durkheim procuró explicitar las condiciones sociológicas del conocimiento y Mannheim las del conocimiento de las ciencias históricas y sociales. La sociología parecía asignar al conocimiento de la ciencia natural un estatus epistémico autónomo y, por vía de consecuencia, irrelevante para el interés del análisis sociológico. En la década de los setenta, sin embargo, algunos enfoques sociológicos -singularmente, el Programa Fuerte antes mencionado- se aproxima al estudio de la ciencia natural desde la consideración puramente epistémica del conocimiento producido: la ciencia natural produce creencias, no verdades. En base a un principio de simetría, los estudios sociales de la ciencia analizan de manera concordante las creencias verdaderasy las falsas, cuestionándose de este modo el precedente estatus privilegiado de las ciencias naturales en relación a las sociales (González de la Fe y Sánchez Navarro 1988).
6. La equiparación del conocimiento. Rorty es un reputado filósofo neopragmatista ocupado en promover un proyecto cultural unitario de naturaleza policéntrica, que integre no sólo las ciencias naturales y sociales-humanas, sino también la religión, el arte y la filosofía. A diferencia de la epistemología tradicional y de la autocomprensión de los científicos, Rorty caracteriza la ciencia no como una representación -más o menos precisa- del mundo o de la realidad, sino como una forma de justificación social de creencias, en cierta manera similar a otros tipos de justificaciones presentes en todos los modelos posibles de discurso. Consiguientemente, la diferencia entre una teoría de la ciencia natural y un discurso sobre juicios estéticos queda "nivelada", no es una diferencia esencial. Rorty plantea dos tendencias niveladoras en el pragmatismo: una que propugna equiparar la ciencia al resto de la cultura, y otra que procura hacer científica a la cultura, equiparando ésta a las ciencias. Rorty adopta la primera opción y esto entra en conflicto con las expectativas de los científicos practicantes. Un pragmatismo más científico promovería una mayor posibilidad de acercamiento (Saatkamp, ed., 1995).
7. La naturalización de la epistemología. Los científicos naturales afirman una pretensión de representación de la autoridad sobre el campo de la ciencia. A lo largo de la historia esta afirmación ha encontrado apoyos en otros ámbitos. Los proyectos de naturalización de la epistemología y la filosofía de la ciencia son algunos de ellos. Ya en la década de los treinta, algunos miembros del Círculo de Viena (Neurath en primer término) cuestionaban la pretensión fundamentadora o legimitadora de la teoría filosófica tradicional del conocimiento. En la década de los cincuenta este cuestionamiento adquiere carta de naturaleza en el proyecto de Quine de naturalizar la epistemología. Esta naturalización propugna la suplantación de la teoría filosófica del conocimiento por la psicología cognitiva. Desde entonces se han propuesto diversas líneas de naturalización: una modulada en el seno de la teoría biológica evolucionista, otra encapsula la explicación de los fenómenos cognoscitivos en los desarrollos de las ciencias y técnicas informáticas (Kornblith, ed., 1985). Lo relevante en el presente contexto es que todas ellas se orientan en una misma dirección: la impugnación de la teoría del conocimiento, y en general de cualquier teoría cultural del conocimiento, como instancias privilegiadas para la fundamentación del conocimiento. En la interpretación más caritativa, ellas serían prototeorías o formas intuitivas (poco desarrolladas) de las teorías del conocimiento en sentido estricto, es decir, de teorías del conocimiento situadas en el ámbito de las ciencias naturales.
8. La matematización de las ciencias. Una interpretación restrictiva del denominado proceso de matematización de la ciencia utiliza a éste como criterio de delimitación: la matematización de una disciplina es suficiente evidencia para no adscribirla a las ciencias culturales. La evocación del dictum de Galileo es natural: es el libro de la naturaleza, no el de la cultura, el que está escrito en caracteres matemáticos. Pero esta conclusión es apresurada. Podrían acumularse ejemplos de teorías económicas, sociológicas o psicológicas construidas con herramientas metodológicas y conceptuales de la matemática y que tienen sus campos de aplicación en sistemas humanos o culturales. De ahí que puedan cualificarse también como "matematizadas" teorías de las ciencias culturales. Sin embargo, esta cualificaclón no deja de ser controvertida, sobre todo para ciertos defensores radicales.
9. La comprensión de las ciencias en su contexto. Algunos enfoques actuales de los estudios culturales de la ciencia sitúan las relaciones entre las ciencias en su propio contexto de producción. Las ciencias se relacionan entre sí en determinados contextos sociales y culturales. En ellos se produce una multiplicidad de contactos y acciones de intercambio locales que hacen a menudo anticuadas las distinciones disciplinares tradicionales. Así, Galison ha mostrado que existe una multitud de zonas intermedias entre las ciencias, que derivan de la existencia de nuevos contenidos y materias interdisciplinares y transdisciplinares (Galison 1997). No parece razonable pensar que la necesaria "orquestación" de las ciencias requerida por las nuevas situaciones involucre únicamente a las del dominio de la ciencia natural. Más bien podría proponerse una orquestación de perspectivas científicas, naturales y culturales, así como de otras provenientes de la propia filosofía y el arte. En esta orquestación se quiebra la tradicional distinción funcional que asocia exclusivamente a la filosofía la función reflexiva del conocimiento. El arte, la filosofía, pero también las disciplinas científicas están comprometidas actualmente en esa actividad reflexiva sobre su propia actividad. Creo que esto es aplicable a los nuevos arquetipos de producción científica como el proyecto de identificación del genoma humano o los asociados al campo de la química biofísica.
10. La ciencia como práctica cultural. Ya advertimos antes de la distinción spengleriana entre cultura y civilización: en la primera rigen los saberes culturales, en la segunda los naturales. Esta distinción tiene un efecto desintegrador porque de ella se sigue con frecuencia que la educación es la función social genuina de las ciencias culturales. Esta reducción funcional de las ciencias culturales a una educación meramente compensatoria tiene su correlato en la desvalorización del conocimiento de la ciencia natural a un mero "interés técnico de conocimiento" (Habermas, 1968). Con esta fatal división funcional se merma la posibilidad de una sociedad y cultura modernas, "marcadas" científicamente -es decir, culturas en las que lo cultural y lo técnico, el artefacto y la persona no pueden diferenciarse ya en la manera tradicional. En correspondencia, las ciencias culturales -y la filosofía o el arte- carecen de competencia en la formación de lo que Jaspers llamaba la "situación intelectual de nuestro tiempo". Reconocer la multiplicidad y heterogeneidad de dimensiones sociales esenciales como la educación, la comunicación y la realización técnica de las ciencias constriñe a situar las relaciones entre los saberes de los diversos dominios científicos - y más allá de ellos, de los filosóficos o los artísticos - en situaciones y procesos más complejos que los que han diseñado el campo de batalla de los defensores y atacantes del último episodio guerrero de la ciencia. La mera posibilidad de una cultura "marcada" científicamente requiere de la orquestación de estilos de pensamiento y lenguajes distintos de las ciencias naturales y culturales -y de la filosofía y el arte-, de su puesta en armónica conexión.
Esta relación de problemas y orientaciones debería ser suficiente para mostrar la inadecuación de dos posturas extremas: la que niega la diferencia entre los dos campos de la ciencia, la natural y la cultural, y la que establece una distinción metodológica rígida entre ambos campos. Ni la determinación de fronteras disciplinares rígidas ni la eliminación de las diferencias disciplinares incorporan un avance para la cultura "marcada" científicamente. La lección de Foucault es aquí pertinente: la comprensión de la transformación histórica constructiva de las fronteras tradicionales de los saberes puede contribuir a reconocer intereses comunes provenientes de campos diversos.


Conclusión
Las palabras iniciales de Giles Lañe ponían en primer plano el problema de la integración del conocimiento. En esta contribución he procurado mostrar que la caracterización de lo científico se realiza en un contexto de credibilidad disputada y de combate por la autoridad representativa en "la" ciencia. Combate entre los representantes de dos campos científicos.
Creo que es razonable pensar que el estudio de las relaciones entre ambos campos vamás allá de una discusión meramente académica, pues tiene que ver con la organización del papel de las ciencias en la sociedad -y sin duda la nuestra es una sociedad articulada por la ciencia/técnica y lo seguirá siendo durante un tiempo.
La vía de solución a explorar es la organización de espacios locales que, como se ha sugerido brevemente al mencionar el proyecto del genoma humano, faculten la estructuración de intercambios permanentes de saberes, que permitan relaciones de cooperación -limitadas y locales- entre los diversos estilos y lenguajes de las ciencias -y más allá de ellos, con las plurales expresiones de la filosofía y el arte. Para ello, no se requiere de un acuerdo total entre esos estilos y expresiones; es suficiente con que se acepten algunas reglas para establecer las relaciones.
La cuestión, en definitiva, es si la sociedad puede gestionar la actual situación de incomunicación o de guerra entre las ciencias o si esa situación puede devenir "peligrosa" para los fines de una sociedad culturalmente avanzada. Retos actuales, como las investigaciones en ciencias y técnicas de la vida o la relativa a la denominada "sociedad del riesgo", hacen cada vez más patente la necesidad de un proceso de integración cognoscitiva que comprenda no sólo los conocimientos científicos sino otras formas de representación de nuestro mundo como los del arte y la filosofía.


Referencuas Bibliográficas:
- Barnes, Barry, Bloor, David, Henry, John, 1996, Scientific Knowledge: A Sociological Analysis, Chicago, The University of Chicago Press.
- Brockman, J. (ed.), 1996, La tercera cultura. Más allá de la revolución científica, Barcelona, Tusquets.
- Bush, Vannevar, 1945, "Ciencia, la frontera sin fin", Redes. Revista de estudios sociales de la ciencia, n° 14 (1999), 91-137.
- Fuller, Steve, 1994, "Retrieving the Point of the Realism-lnstrumentalism Debate: Mach vs. Planck on Science Education Policy", PSA 1994, vol. 1, ed. por D. Huí!, M. Forbes y R.M. Burian, East Lansing, Mi., Philosophy of Science Association, 200-208.
- Galison, Peter, 1997, Image and Logic: A Material Culture of Microphysics, Chicago, The University of Chicago Press.
- Gieryn, Thomas F., 1999, Cultural Boundaries of Science, Chicago, The University of Chicago Press.
- González de la Fe, Teresa, Sánchez Navarro, Jesús, 1988, "Las sociologías del conocimiento científico", REÍS 43, 75-124.