jueves, 31 de julio de 2008

La ética

Capítulo primero:

Cualquier arte y cualquier doctrina, y asimismo toda acción y

elección, parece que a algún bien es enderezada. Por tanto, discretamente

definieron el bien los que dijeron ser aquello a lo cual todas las cosas

se enderezan. Pero parece que hay en los fines alguna diferencia, porque

unos de ellos son acciones y otros, fuera de las acciones, son algunas

obras; y donde los fines son algunas cosas fuera de las acciones, allí

mejores son las obras que las mismas acciones. Pero como sean muchas las

acciones y las artes y las ciencias, de necesidad han de ser los fines

también muchos. Porque el fin de la medicina es la salud, el de la arte de

fabricar naves la nave, el del arte militar la victoria, el de la

disciplina familiar la hacienda. En todas cuantas hay de esta suerte, que

debajo de una virtud se comprenden, como debajo del arte del caballerizo

el arte del frenero, y todas las demás que tratan los aparejos del

caballo; y la misma arte de caballerizo, con todos los hechos de la

guerra, debajo del arte de emperador o capitán, y de la misma manera otras

debajo de otras; en todas, los fines de las más principales, y que

contienen a las otras, más perfectos y más dignos son de desear que no los

de las que están debajo de ellas, pues éstos por respecto de aquellos se

pretenden, y cuanto a esto no importa nada que los fines sean acciones, o

alguna otra cosa fuera de ellas, como en las ciencias que están dichas.

Presupuesta esta verdad en el capítulo pasado, que todas las acciones

se encaminan a algún bien, en el capítulo II disputa cuál es el bien

humano, donde los hombres deben enderezar como a un blanco sus acciones

para no errarlas, y cómo éste es la felicidad. Demuestra asimismo cómo el

considerar este fin pertenece a la disciplina y ciencia de la república,

como a la que más principal es de todas, pues ésta contiene debajo de sí

todas las demás y es la señora de mandar cuáles ha de haber y cuáles se

han de despedir del gobierno y trato de los hombres.


Capítulo II

Pero si el fin de los hechos es aquel que por sí mismo es deseado, y

todas las demás cosas por razón de aquél, y si no todas las cosas por

razón de otras se desean (porque de esta manera no tenía fin nuestro deseo,

y así sería vano y miserable), cosa clara es que este fin será el mismo

bien y lo más perfecto, cuyo conocimiento podrá ser que importe mucho para

la vida, pues teniendo, a manera de ballesteros, puesto blanco,

alcanzaremos mejor lo que conviene. Y si esto así es, habemos de probar,

como por cifra, entender esto qué cosa es, y a qué ciencia o facultad

toca tratar de ello. Parece, pues, que toca a la más propia y más principal

de todas, cual parece ser la disciplina de república, pues ésta ordena qué

ciencias conviene que haya en las ciudades, y cuáles, y hasta dónde

conviene que las aprendan cada uno. Vemos asimismo que las más honrosas de

todas las facultades debajo de ésta se contienen, como el arte militar, la

ciencia que pertenece al regimiento de la familia, y la retórica. Y pues

ésta de todas las demás activas ciencias usa y se sirve, y les pone regla

para lo que deben hacer y de qué se han de guardar, síguese que el fin

de ésta comprenderá debajo de sí los fines de las otras, y así será éste el

bien humano. Porque aunque lo que es bien para un particular es asimismo

bien para una república, mayor, con todo, y más perfecto parece ser para

procurarlo y conservarlo el bien de una república. Porque bien es de amar

el bien de uno, pero más ilustre y más divina cosa es hacer bien a una

nación y a muchos pueblos. Esta doctrina, pues, que es ciencia de

república, propone tratar de todas estas cosas.

En el capítulo III nos desengaña que en esta materia no se han de

buscar demostraciones ni razones infalibles como en las artes que llaman

matemáticas, porque esta materia moral no es capaz de ellas, pues consiste

en diversidad de pareceres y opiniones, sino que se han de satisfacer con

razones probables los lectores. Avísanos asimismo cómo esta doctrina

requiere ánimos libres de pasión y sosegados, ajenos de toda codicia y

aptos para deliberaciones, cuales suelen ser los de los que han llegado a

la madura edad. Y así los mozos en edad o costumbres no son convenientes

lectores ni oyentes para esta doctrina, porque se dejan mucho regir por

sus propios afectos, y no tienen, por su poca edad, experiencia de las

obras humanas.

Aristóteles

“La Ética” (Capitulo I,II)

0 comentarios:

Solo se publicarán mensajes que:
- Sean respetuosos y no sean ofensivos.
- No sean spam.
- No sean off topics.
- Siguiendo las reglas de netiqueta.