lunes, 13 de julio de 2009

Manifiesto

"Por un arte no banal"



"La totalidad del mundo del arte ha alcanzado un nivel tan bajo, ha sido comercializado hasta un grado tal, que el arte y todo lo que tenga que ver con él se ha convertido en una de las actividades más triviales de nuestro tiempo. El arte en estos tiempos se ha hundido hasta uno de sus más bajos niveles en la historia, seguramente incluso inferior al de finales del siglo XVIII, cuando ya no había gran arte, sino pura frivolidad. En el siglo XX el arte está jugando un papel del puro entretenimiento, como si vivieramos una época divertida, ignorando todas las guerras que experimentamos como parte de lo que somos".


Marcel Duchamp



Extraido del libro:
"Un ruido secreto (el arte en la era póstuma de la cultura)"
José Luis Brea



...un libro para leer detenidamente...

Bien es cierto que todo ello sitúa el valor ético de lo artístico en un horizonte inseguro, muy difícil de evaluar. Cuanto más el arte insista en apostar por la superación de la frontera arte / vida - resistiéndose a reconocer esa superación como ya cumplida salvo en formas falseadas - menos complaciente será con el orden del discurso ideológico que define su lugar contemporáneo en el seno de la institución - Arte. Cuanto más apueste por llevar a su límite dialéctica autonegadora de su apariencia estética - sin prestarse a jugar su juego simulando ni siquiera en el asentamiento de la forma academizada de la vanguardia - menos entrada a la industria por él regulada encontrará, lo que a reverso le restará toda eficacia para ejercer, desde dentro, tal autonegación
Cuanto más, por último, insista en poner en evidencia su propia condición de ilegibilidad radical; pero cuanto más fuerce a la mirada a reconocer que la lógica del sentido se apega a su superficie sólo como puro suplemento, como el puro efecto de su circulación pública; cuanto más insista en evidenciar que su experiencia radical sólo se cumple en los términos de la ceguera total que rinde su radical condición de materialidad absoluta, menos rendimiento encontrará en el seno de la economía de la representación que impera - y más excluido resultará por ella, quedando entonces también depotenciado para ejercer su crítica.
Pero a cambio, es justo en la insistencia en poner en escena esa constelación de tensiones irresolubles donde el arte, como actividad de producción social, puede todavía constituirse como potencia no desarmada de desmantelamiento del orden generalizado de la representacion imperante - en el que él mismo se constituye -. Como un Sansón cegado por la furia, el poder del arte se alimenta siempre de esa tensión suicida.
Cuando la cultura, que a la vez la consagra y le niega, vive tiempos de
moribundía, tiempos póstumos, empujar las columnas del templo que la acoge es un movimiento sencillamente obligado, un imperativo no tanto ético como político. Tras el derrumbe apuntará ciertamente otra mirada, otra forma de experiencia - y el arte se habrá cargado con la fuerza institutiva de otros mundos posibles, con el poder simbólico, que la propia cultura había perdido.

Pero es un error creer que el arte - y menos aún la filosofía - podría ofrecernos alguna imagen anticipator¡a de esos lugares otros, incluso instruimos por adelantado para saber cómo habitarlos. Como se ha dicho, el arte es ciego para la luz que él mismo emite; sordo para la palabra que él mismo, mudo, enuncia. Lo que sí se puede hacer, y hace, es dejarnos escuchar "el ruido secreto" que, como avanzadilla de un muy profundo movimiento de tierras, nos deja intuir que ese acontencimiento que trastornaría radicalmente la forma de darse la vida para nosotros los hombres podría estar en puertas. Si no me equivoco, nos acercamos al arte con el fin de escuchar ese sordo ruido - y al hacerlo experimentar el escalofrío que produce tal presentimiento.






"No es impensable que la humanidad, no necesitada ya de una cultura inmanente y cerrada sobre sí misma, una vez que ésta ya se ha realizado, amanece hoy con una falsa destrucción de la cultura, camino hacia la barbarie. La frase "il faut continnuer", al final de L´innommable, nos ofrece la antinomia de que el arte aparece externamente imposible, mientras que tiene que continuar inmanentemente. Es nueva esa cualidad por la que el arte se incorpora a su propio ocaso; crítica del espíritu dominante, el arte es el espíritu que puede volverse contra sí mismo".


Theodor W. Adorno - "Teoría Estética"
Taurus, Madrid, (1980), p 415

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