Software: C++, Openframeworks
viernes, 5 de noviembre de 2010
Klangdimensionen
Estereoscopio en tiempo real...
Software: C++, Openframeworks
Visualización: 1n0ut
Imágenes estereoscópicas en 3D (similar al cine IMAX) entrará en una simbiosis con la sinestésica virtuoso pianista ruso Juri Sachno. Liszt "Dante-Sonata", de Rachmaninoff ;"La oración del barco" y varias piezas de Chopin (Marcha Fúnebre..). Los visitantes se encontraron de nuevo en un cosmos de la música, historias, colores y espacios visuales.
jueves, 4 de noviembre de 2010
Aquiles y la tortuga
...estalla el infinito
2- Zenón de Elea (s. v a. C), discípulo de Parménides, fue célebre por sus paradojas. Con la más famosa, la de Aquiles, mostró que, como teorizaba su maestro, el concepto de devenir ya no responde a la realidad del ser. Zenón fue el primero en convertir la meditación filosófica en una técnica lógica, invirtiendo así la forma común de pensar.
Zenón tuvo la imprudencia de sostener que en una carrera Aquiles sería derrotado por una tortuga. Y sin embargo la tortuga es un animal muy lento -¿quién no lo sabe?-, mientras que Aquiles era un rayo, aunque no todos lo sepan. Pero cualquiera que haya leído a Homero lo sabe de sobra. En la Ilíada cada personaje tiene un apelativo característico: a Patroclo se le llama «descendiente de Zeus», a la diosa Atenea, «la de ojos de lechuza», a Héctor, «divino». ¿Y a Aquiles? Extrañamente Homero, en lugar de definirle como «invencible» o «invulnerable», le llama «el los pies ligeros». Los griegos del siglo V a. C. conocían este epíteto homérico. Realizaban sus primeros estudios y a menudo aprendían a leer con los poemas de Homero. Y las obras de Platón y Aristóteles están entretejidas de citas homéricas. Por eso Zenón elige precisamente a Aquiles para convertirlo en el protagonista de un ejemplo paradójico, destinado a pasar a la historia.
Zenón tuvo la imprudencia de sostener que en una carrera Aquiles sería derrotado por una tortuga. Y sin embargo la tortuga es un animal muy lento -¿quién no lo sabe?-, mientras que Aquiles era un rayo, aunque no todos lo sepan. Pero cualquiera que haya leído a Homero lo sabe de sobra. En la Ilíada cada personaje tiene un apelativo característico: a Patroclo se le llama «descendiente de Zeus», a la diosa Atenea, «la de ojos de lechuza», a Héctor, «divino». ¿Y a Aquiles? Extrañamente Homero, en lugar de definirle como «invencible» o «invulnerable», le llama «el los pies ligeros». Los griegos del siglo V a. C. conocían este epíteto homérico. Realizaban sus primeros estudios y a menudo aprendían a leer con los poemas de Homero. Y las obras de Platón y Aristóteles están entretejidas de citas homéricas. Por eso Zenón elige precisamente a Aquiles para convertirlo en el protagonista de un ejemplo paradójico, destinado a pasar a la historia.
Zenón era el discípulo predilecto de Parménides, fundador de la escuela de Elea, activa durante todo el siglo V a. C. Con Parménides, que introdujo el germen de la abstracción en la interpretación de la realidad, la filosofía trastoca por primera vez el sentido común. La doctrina de Parménides se basaba en la idea paradójica de que la realidad fuese exactamente lo contrario de lo que todo el mundo cree. Es decir, el hombre común piensa que existe una multiplicidad de cosas en continua transformación. Parménides, en cambio, consideraba errónea esta perspectiva, y sostenía que la realidad era una unidad inmóvil y eterna.
Seguir leyendo...El eco de esta sorprendente doctrina llegó enseguida a Atenas, y con ella la fama de las hábiles argumentaciones con las que el ingenioso discípulo de Parménides era capaz de defenderlas frente a sus adversarios. Por eso se consideró un gran acontecimiento la llegada a Atenas de los dos pensadores de la colonia griega de Elea con motivo de la más antigua y solemne fiesta ateniense en honor de Atenea, patrona de la ciudad: las Grandes Panateneas. Este excepcional acontecimiento fue reflejado por Platón en el preámbulo de su diálogo Parménides. Los tres protagonistas, el joven Sócrates, Parménides y Zenón, se encuentran en casa de Pitodoro, discípulo de Zenón, donde se alojan los dos eleatas. Surge una discusión que se convertirá en una piedra millar de la historia del pensamiento, tanto que muchos años después los jóvenes apasionados por la filosofía seguirán deseosos de conocer sus contenidos.
En el diálogo Parménides está descrito como un hombre de sesenta y cinco años, canoso pero todavía bello, y Zenón como un hombre de cuarenta, alto v apuesto, del que se rumoreaba que era amante del maestro. Al principio del diálogo Zenón ya ha expuesto a los presentes sus famosos argumentos. Sócrates le objeta que no hacen más que reiterar la teoría de Parménides que consí dera ilusoria toda pluralidad. Zenón no lo niega: no se propone formular una nueva teoría, sino sólo mostrar las consecuencias contradictorias en las que incurre [quien sostiene la pluralidad de lo real. ¿Cómo lo consigue?
Zenón no ignoraba que la teoría parmenidea de la inmutabilidad del ser era percibida como una paradoja, es decir, como un razonamiento contrario a la opinión común (parádoxos viene de para, contra, y doxa, opinión). Pero también estaba convencido de que concebir la realidad como múltiple y en movimiento todavía era más paradójico. Para demostrarlo concibió una serie de e1 e m -píos inspirándose en la cultura de la época: entre ellos la paradoja de Aquiles, que nos ha sido transmitida por Aristóteles en su Física (239b 14).
Una tortuga desafía a Aquiles a una carrera, concediéndose sólo una pequeña ventaja. El héroe homérico, por veloz que sea, nunca conseguirá alcanzarla, aunque ella sea muy lenta, porque antes debería cubrir la sene infinita de partes de espacio que los separan. En efecto, cuando Aquiles haya alcanzado el punto de partida de la tortuga, ésta habrá recorrido otra porción de camino, y cuando él haya superado también este tramo, ella se habrá adelantado otro tramo, y así hasta el infinito.
Suponiendo que Aquiles sea diez veces más veloz que la tortuga, su persecución, traducida matemáticamente, puede ser expresada mediante una progresión geométrica como la siguiente: 10 + 1 + 1/10 + 1/102... + l/10n.
Una progresión geométrica como ésta, en la que n tiende al infinito, comporta un residuo infinitesimal. En la realidad concreta, macroscópica, nadie lo tendría en cuenta. Sin embargo, Zenón, exasperando el cálculo de aquel residuo, pudo demostrar la imposibilidad de una ciencia del movimiento.
Aristóteles, que le llamó «padre de la dialéctica» por su habilidad argumentativa, creyó refutarlo con una lección de sentido común. La extensión lineal -objetó- sólo es divisible en potencia, pero en acto es una entidad continua. Por eso Aquiles puede superar fácilmente a la tortuga, porque no tiene que pararse cuando alcanza su punto de partida.
¿Pero era ése el objetivo de Zenón? La crítica opina que no, y avanza la hipótesis de que la finalidad de sus paradojas fuese matemática má s que física, es decir, que éstas debían interpretarse como la intraducibilidad matemática de la realidad a través de la infinita divisibilidad del tiempo y del espacio. De hecho Zenón, en otra de sus paradojas, sostiene de forma análoga que una flecha, después de ser disparada, nunca conseguirá alcanzar su blanco, porque antes tendrá que cubrir la mitad de la distancia, y antes aún la mitad de la mitad, y así hasta el infinito.
Tendrán que pasar varios siglos para superar las dificultades de estas paradojas. Sucederá en el siglo xvn con el cálculo infinitesimal, gracias al cual se demostrará que la suma de un número infinito de segmentos puede dar un segmento finito, determinable a través del cálculo de las series geométricas. Se verá así que no es en absoluto contradictorio afirmar que un cuerpo en movimiento puede cubrir las infinitas posiciones de un recorrido finito. El tiempo necesario será finito, aunque comprenda una infinidad de instantes.
Que esta interpretación de la paradoja zenoniana sea la más correcta parece confirmado por una anécdota transmitida por el biógrafo Diógenes Laercio del siglo ni d. C. (Vidas IX, 26). Al parecer Zenón ha tramado una conjura contra el tirano Nearco. Descubierto, es hecho prisionero y torturado para que revele los nombres de los cómplices. El filósofo, en cambio, primero se burla del tirano y luego le dice que se acerque para poderle susurrar los nombres. Pero cuando Nearco llega a su alcance, le hinca los dientes en la oreja como un mastín. Si no hubiese creído en la existencia del movimiento, la provocación no le habría salido bien.
Zenón era un intelectual típico de la antigua Grecia: seriamente comprometido con la política y convencido cultor de la amistad. Pero con sus ejemplos paradójicos ha conquistado un lugar único en la historia del pensamiento y ha transmitido un bacilo de perenne incertidumbre: ¿tenemos que creer en lo que nos sugieren los sentidos o en lo que nos dice la razón? La bibliografía sobre sus paradojas es amplísima. Innumerables filósofos, matemáticos y lógicos han intentado arreglar las cuentas con él. Hasta los escritores se han quedado prendados por su «joya»: para el argentino Borges Zenón es incontestable, porque la palabra «infinito», una vez admitida en el pensamiento, «estalla y lo mata».
Borges demuestra que Aquiles y la tortuga han sobrevivido hasta el siglo xx en los debates teóricos. Otro testimonio de ello es el de un filósofo todavía vivo, Doug as Hofstadter, uno de los autores más acreditados en las ciencias de la mente. Es norteamericano, y, con el típico desenfado del mundo de las barras y estrellas, ha concebido una continuación surrealista de la aventura de los dos personajes zenonianos. En su obra El ojo de la mente (escrita con Daniel C. Dennett) imagina que Aquiles y la tortuga se encuentran casualmente en París a orillas de un pequeño lago.
Aquiles: ¡En, señorita tortuga! ¡Creía que todavía estaba en el siglo V a. C!
Tortuga: ¿Y a usted qué le trae por aquí? Yo suelo ir de paseo a través de los siglos...
La atmósfera es ideal para una pausa de reflexión. Mientras algunos niños se divierten jugando con sus barquitos, ellos dos se ponen a discutir de filosofía: ¿cómo funciona nuestra mente? Pero al cabo de un rato se impone el deseo de reanudar su desafío plurisecular.
Tortuga: Es usted un poco presuntuoso, Aquiles... Tal vez no le resulte tan fácil alcanzar a una tortuga enérgica.
Aquiles: ¡Sólo un loco apostaría por una tortuga tardígrada desafiándome a una competición pedestre! ¡De acuerdo! El último que llegue a la casa de Zenón paga prenda.
En el diálogo Parménides está descrito como un hombre de sesenta y cinco años, canoso pero todavía bello, y Zenón como un hombre de cuarenta, alto v apuesto, del que se rumoreaba que era amante del maestro. Al principio del diálogo Zenón ya ha expuesto a los presentes sus famosos argumentos. Sócrates le objeta que no hacen más que reiterar la teoría de Parménides que consí dera ilusoria toda pluralidad. Zenón no lo niega: no se propone formular una nueva teoría, sino sólo mostrar las consecuencias contradictorias en las que incurre [quien sostiene la pluralidad de lo real. ¿Cómo lo consigue?
Zenón no ignoraba que la teoría parmenidea de la inmutabilidad del ser era percibida como una paradoja, es decir, como un razonamiento contrario a la opinión común (parádoxos viene de para, contra, y doxa, opinión). Pero también estaba convencido de que concebir la realidad como múltiple y en movimiento todavía era más paradójico. Para demostrarlo concibió una serie de e1 e m -píos inspirándose en la cultura de la época: entre ellos la paradoja de Aquiles, que nos ha sido transmitida por Aristóteles en su Física (239b 14).
Una tortuga desafía a Aquiles a una carrera, concediéndose sólo una pequeña ventaja. El héroe homérico, por veloz que sea, nunca conseguirá alcanzarla, aunque ella sea muy lenta, porque antes debería cubrir la sene infinita de partes de espacio que los separan. En efecto, cuando Aquiles haya alcanzado el punto de partida de la tortuga, ésta habrá recorrido otra porción de camino, y cuando él haya superado también este tramo, ella se habrá adelantado otro tramo, y así hasta el infinito.
Suponiendo que Aquiles sea diez veces más veloz que la tortuga, su persecución, traducida matemáticamente, puede ser expresada mediante una progresión geométrica como la siguiente: 10 + 1 + 1/10 + 1/102... + l/10n.
Una progresión geométrica como ésta, en la que n tiende al infinito, comporta un residuo infinitesimal. En la realidad concreta, macroscópica, nadie lo tendría en cuenta. Sin embargo, Zenón, exasperando el cálculo de aquel residuo, pudo demostrar la imposibilidad de una ciencia del movimiento.
Aristóteles, que le llamó «padre de la dialéctica» por su habilidad argumentativa, creyó refutarlo con una lección de sentido común. La extensión lineal -objetó- sólo es divisible en potencia, pero en acto es una entidad continua. Por eso Aquiles puede superar fácilmente a la tortuga, porque no tiene que pararse cuando alcanza su punto de partida.
¿Pero era ése el objetivo de Zenón? La crítica opina que no, y avanza la hipótesis de que la finalidad de sus paradojas fuese matemática má s que física, es decir, que éstas debían interpretarse como la intraducibilidad matemática de la realidad a través de la infinita divisibilidad del tiempo y del espacio. De hecho Zenón, en otra de sus paradojas, sostiene de forma análoga que una flecha, después de ser disparada, nunca conseguirá alcanzar su blanco, porque antes tendrá que cubrir la mitad de la distancia, y antes aún la mitad de la mitad, y así hasta el infinito.
Tendrán que pasar varios siglos para superar las dificultades de estas paradojas. Sucederá en el siglo xvn con el cálculo infinitesimal, gracias al cual se demostrará que la suma de un número infinito de segmentos puede dar un segmento finito, determinable a través del cálculo de las series geométricas. Se verá así que no es en absoluto contradictorio afirmar que un cuerpo en movimiento puede cubrir las infinitas posiciones de un recorrido finito. El tiempo necesario será finito, aunque comprenda una infinidad de instantes.
Que esta interpretación de la paradoja zenoniana sea la más correcta parece confirmado por una anécdota transmitida por el biógrafo Diógenes Laercio del siglo ni d. C. (Vidas IX, 26). Al parecer Zenón ha tramado una conjura contra el tirano Nearco. Descubierto, es hecho prisionero y torturado para que revele los nombres de los cómplices. El filósofo, en cambio, primero se burla del tirano y luego le dice que se acerque para poderle susurrar los nombres. Pero cuando Nearco llega a su alcance, le hinca los dientes en la oreja como un mastín. Si no hubiese creído en la existencia del movimiento, la provocación no le habría salido bien.
Zenón era un intelectual típico de la antigua Grecia: seriamente comprometido con la política y convencido cultor de la amistad. Pero con sus ejemplos paradójicos ha conquistado un lugar único en la historia del pensamiento y ha transmitido un bacilo de perenne incertidumbre: ¿tenemos que creer en lo que nos sugieren los sentidos o en lo que nos dice la razón? La bibliografía sobre sus paradojas es amplísima. Innumerables filósofos, matemáticos y lógicos han intentado arreglar las cuentas con él. Hasta los escritores se han quedado prendados por su «joya»: para el argentino Borges Zenón es incontestable, porque la palabra «infinito», una vez admitida en el pensamiento, «estalla y lo mata».
Borges demuestra que Aquiles y la tortuga han sobrevivido hasta el siglo xx en los debates teóricos. Otro testimonio de ello es el de un filósofo todavía vivo, Doug as Hofstadter, uno de los autores más acreditados en las ciencias de la mente. Es norteamericano, y, con el típico desenfado del mundo de las barras y estrellas, ha concebido una continuación surrealista de la aventura de los dos personajes zenonianos. En su obra El ojo de la mente (escrita con Daniel C. Dennett) imagina que Aquiles y la tortuga se encuentran casualmente en París a orillas de un pequeño lago.
Aquiles: ¡En, señorita tortuga! ¡Creía que todavía estaba en el siglo V a. C!
Tortuga: ¿Y a usted qué le trae por aquí? Yo suelo ir de paseo a través de los siglos...
La atmósfera es ideal para una pausa de reflexión. Mientras algunos niños se divierten jugando con sus barquitos, ellos dos se ponen a discutir de filosofía: ¿cómo funciona nuestra mente? Pero al cabo de un rato se impone el deseo de reanudar su desafío plurisecular.
Tortuga: Es usted un poco presuntuoso, Aquiles... Tal vez no le resulte tan fácil alcanzar a una tortuga enérgica.
Aquiles: ¡Sólo un loco apostaría por una tortuga tardígrada desafiándome a una competición pedestre! ¡De acuerdo! El último que llegue a la casa de Zenón paga prenda.
domingo, 31 de octubre de 2010
Fundamentos de la animación
`Principios y procesos básicos´
Introducción:
La actitud pragmática al desarrollar la fase de preproducción permitirá una mejor previsión de las necesidades que surjan por lo que el proyecto tendrá más posibilidades de éxito. La imaginación es un elemento imprescindible en un animador y aún más importante es el que sea capaz de trasladar lo imaginado a la realidad.
Durante la preproducción -fase con frecuencia subestimada en la realización de películas animadas- se preparan los recursos y los materiales necesarios para el proyecto. Esta etapa comienza con la idea inicial y en ella siempre se deben determinar la fuente de financiación, el plazo disponible, cómo se realizará el trabajo y en que la idea inicial se transformará en una producción animada de primera calidad y de, con un poco de suerte, gran originalidad.
Todos los procesos de preproducción presentan retos y dificultades, y ya que los errores son ineludibles y es necesario aprender de ellos, es mejor que éstos se produzcan durante esta fase preparatoria. Es imprescindible, por un lado, refinar la idea original mediante el desarrollo del guión inicial y el proceso de visualización y, por el otro, determinar el modo
de ejecución de la historia -sean cuales sean las características de ésta- según la tecnología disponible.
Con frecuencia, uno de los aspectos más difíciles de cualquier obra creativa es encontrar una idea que sea potencialmente válida para una película original y, lo peor que se puede hacer a alguien, es colocarle delante una hoja de papel en blanco y decirle "escribe" o "dibuja". A continuación se presentan algunas técnicas para generar estas ideas iniciales.
Paul Driessen es un gran maestro de la animación y uno de los realizadores más reconocidos. Además de su particular estilo visual, el punto fuerte de las películas de Driessen es su enfoque conceptual, la idea inspiradora de la que parte la película.
Seguidamente se presenta una serie de puntos de partida para ideas con algunos ejemplos y comentarios de Driessen. Aunque estas directrices están orientadas a la realización de películas, también pueden aplicarse a proyectos comerciales o utilizarse para el desarrollo de una historia dentro de un proceso narrativo mayor.
Los métodos de grabación:Si es importante el contexto en el que un animador intenta generar sus ¡deas, más importante aún es su método para generar y grabar sus apuntes iniciales. Algunos artistas prefieren poner por escrito sus historias, otros prefieren generar diferentes esbozos que actúan de estímulos, otros trabajan con ideas conceptuales o con notas tomadas durante un período de tiempo. El punto de partida no suele ser un momento de inspiración mística en el que la musa se aparece ante el artista, sino un momento en el desarrollo de ideas y de procesos de tanteo y error en el que, de repente, surge una de ellas que es inspiradora -que también deberá ser estimulante- con sustancia suficiente para ser desarrollada.
Driessen: "Yo no dibujo mis historias en esta fase, sino que las escribo. Me imagino cuál será su aspecto de forma muy difusa. La escritura es un proceso abstracto al que no obstaculiza el diseño. Además, escribir es más rápido que dibujar y permite incluir ideas posteriormente y corregir los fallos sin perder tiempo como haciendo dibujos, aunque sean meros esbozos. Pero todo depende de la forma en la que funcione la mente de cada uno y de las historias que escriba, de su estilo y de su experiencia sobre el tema. Algunas personas necesitan hacer garabatos, visualizar imágenes para encontrar pistas y direcciones. Al final, se crea el storyboard, donde se sugiere el aspecto de la película y se definen, más o menos, las diferentes secuencias, su progresión y el orden de la acción".
El uso de las circunstancias personales:
Nuestra principal fuente de inspiración es, en primera instancia, nosotros mismos y nuestras circunstancias.
Muchas obras creativas tienen un fuerte componente autobiográfico, dado que el artista conoce el tema con detalle y puede transformarlo en un conjunto de elementos estéticos, sociales y personales.
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