jueves, 30 de octubre de 2014

El Gobierno de sí y de los otros (2º hora)

Michel Foucault

Curso en el Collège de France

Ciclo lectivo (1982-1983)


Clase 23 de febrero de 1983
Segunda hora 

Filosofía y política: relación necesaria pero coincidencia imposible - Juego cínico y platónico de la relación con la política - La nueva coyuntura histórica: pensar, más allá de la ciudad, una nueva unidad política - De la plaza pública al alma del principe - El tema platónico del filósofo rey

Voy a tratar de ser breve. Creo que esos consejos de Platón -decepcionantes, insisto, para quien los lea desde el punto de vista de la reflexión, del análisis político entre los griegos, y sobre todo decepcionantes si se los compara con lo que se puede encontrar en Tucídides- permiten con todo, cuando se los Ice de cierta manera, poner de relieve tres cosas importantes. Primero, un rasgo que es fundamental en las relaciones entre filosofía y política, fundamental y constante. Segundo, una coyuntura histórica particular, pero que tiene un alcance histórico lo bastante amplio para comprometer prácticamente el destino de las relaciones entre filosofía y política hasta fines de la Antigüedad. Tercero y último, y querría insistir sobre todo en esto, esos consejos muestran con claridad, me parece, el punto preciso donde la filosofía y la política, el filosofar y la actividad vienen a reunirse, el punto preciso donde la |x>lítica puede servir de prueba de realidad para la filosofía.

En primer lugar, el rasgo fundamental y recurrente de las relaciones entre filosofía y política que se pone de manifiesto en lo que respecta a estos textos es en el fondo muy simple, [aun cuando] haya que comprenderlo bien. El carácter, si se quiere, débil, banal, general -creo no haber exagerado al mostrarles que, tanto desde el punto de vista político como desde el punto de vista filosófico, esos consejos no decían gran cosa- de los consejos que Platón da asus corresponsales no demuestra que el filósofo fuera ingenuo en materia po lírica. Demuestra que las relaciones entre filosofía y política no deben buscarse en la capacidad eventual de la primera de decir la verdad sobre las mejores maneras de ejercer el poder. Después de todo, toca a la política misma saber y definir cuáles son las mejores maneras de ejercer el poder. La filosofía no tiene que decir la verdad al respecto. Pero sí tiene que decirla -si Ies parece, por el momento nos limitaremos a esto y trataremos de ser más específicos a continuación-, no sobre el poder, sino con respecto al poder, en relación, en una especie de cara o cara o de intersección con el. La filosofía no tiene que decir al poder que hacer, sino existir como decir veraz en cierta relación con la acción política. Nada más y nada menos. Lo cual no significa, por supuesto, que esa relación no pueda especificarse. Sin embargo, puede especificársela de diferentes maneras, y la relación del decir veraz filosófico con la práctica política, o con la justa práctica política, puede asumir muchas formas.
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Precisamente en la propia época de Platón, y entre esos sucesores de Sócrates entre los que él mismo se cuenta, encontramos otras maneras de definir la relación con la política, la relación necesaria, indispensable, obstinada, empecinada, del discurso filosófico o de la vida filosófica con la práctica política. Observen esa otra vertiente del socratismo, la vertiente más opuesta que quepa imaginar al platonismo, es decir los cínicos. En el cinismo tenemos igualmente una relación, y una relación que es muy marcada, muy sostenida, entre el decir veraz filosófico y la práctica política, pero según una modalidad muy distinta. Y, como saben, esa modalidad es a la vez la de la exterioridad, el afrontamiento, la irrisión, la burla y la afirmación de una necesariaexterioiidad. Frente a Platón que va a la casa de Dionisio a dar consejos al tirano, hay que recordar que estaba Diógenes. Diógcnes, hecho prisionero por Filipo luego de la batalla de Qucronca, está delante del monarca, del soberano [macedónio]. Y el soberano [macedonio] le dice: pero ¿quién eres? Y Diógenes le responde: "Soy el espía de tu avidez". Tenemos también el célebre diálogo de este mismo Diógenes con el hijo de Filipo, Alejandro. La misma pregunta: "¿Quién eres?", pero esta vez es Diógenes quien se la hace a Alejandro. Y éste contesta: soy el gran rey Alejandro. Y entonces, la replica de Diógencs: voy a decirte quien soy yo, soy Oiógcnes el perro. Asi se afirma la exterioridad absoluta del personaje filosófico y el personaje real, en exacta oposición a lo propuesto por Platón. ¿Qué puede haber mis alejado del rey filósofo, del filósofo que es rey, que esta replica típica y cabalmente antiplatónica, palabra por palabra antiplatónica? Yo soy el gran rey Alejandro. Yo soy Diógenes el perro. Y, sin aclarar si la explicación se destina a Alejandro o se plantea de manera general, Diógencs Laercio cuenta de todos modos que, para explicar su aforismo "soy un perro", Diógenes el Cínico decía: soy un perro "porque halago a quienes me dan, ladro a quienes no me dan y muerdo a los malos. Advertirán entonces el interesante juego enere la afirmación filosófica (la parrhesia filosófica) y el poder político. Ia parrbesía filosófica de Diógencs consiste esencialmente en mostrarse en su desnudez, natural, al margen de todas las convenciones y tenias las leyes impuestas de manera artificial por la ciudad. Su parrhesía está, por lo tanto, en su modo mismo de vida, y se manifiesta también en ese discurso insultante, de denuncia del poder (avidez de Filipo, etc.). Pues bien, frente al poder político, esa parrbesía se presenta en una relación compleja, porque por un lado, al decir que es un perro, Diógenes señala que uhalaga a quienes [le] dan". Por consiguiente, al halagar a quienes le hacen regalos, acepta cierta forma de poder político, se integra a él y lo reconoce. Pero al mismo tiempo ladra a quienes no le dan nada y muerde a los malos. Es decir que, con respecto a ese poder que por un lado acepta, se siente libre de decir franca y violentamente lo que es, lo que quiere, lo que necesita, lo que es verdadero y lo que es falso, lo que es justo y lo que es injusto. Tenemos aquí un juego de la parrhesia filosófica, un juego del decir veraz filosófico, un juego del ser veraz filosófico frente al ejercicio cfel poder y la identificación de un individuo con su poder (yo soy el rey Alejandro), un juego que está, desde luego, extremadamente alejado del juego de Platón y es incluso opuesto a este. Digamos, otra vez de manera esquemática, que en el caso de los cínicos tenemos un modo de relación del decir veraz filosófico con la acción política que se da bajo la forma de la exterioridad, el desafío y la irrisión, mientras que en Platón vamos a tener una relación del decir veraz filosófico con la práctica [política] que será mas bien del orden de la intersección, la pedagogía y la identificación del sujeto que filosofa y el sujeto que ejerce el poder. Restará saber cómo se hace, pero, en codo caso, si la filosofía, en su decir veraz, tiene que desempeñar un papel en la política, no será necesariamente, no será forzosamente como enunciado de lo que debe ser la acción política ni, si se quiere, como programa político, como racionalidad política intrínseca.

Y también: en su verdad, dentro del juego que practica necesariamente en la política para encontrar en ella su verdad, el discurso filosófico no tiene que proyectar lo que debe ser una acción política. No dice la verdad de la acción política, no dice la verdad para la acción política, dice la verdad con respecto a la acción política, con respecto ai ejercicio de la política, con respecto al personaje político. Y esto es lo que califico de rasgo recurrente, permanente y fundamental de la relación de la filosofía con la política. Me parece que este aspecto, que ya es muy perceptible en el punto histórico en que nos situamos, sigue siendo cierto y corre el riesgo de no serlo en toda la historia de las relaciones entre la filosofía y la política. Pero si la aspiración concreta es comprender bien dichas relaciones, hay que tener presente que, insistamos, la filosofía tiene que decir la verdad con respecto a la política, no tiene que decir lo que ésta debe verdaderamente hacer. Y si retomamos algunas de las grandes formas del decir veraz filosófico con referencia a la política en la época moderna o contemporánea, podemos decir lo mismo. La teoría filosófica de la soberanía, la filosofía de los derechos fundamentales, la filosofía considerada como crítica social: ninguna de estas formas de filosofía, ninguna de estas formas de veridicción filosófica tiene que decir cómo gobernar, que decisiones adoptar, que instituciones establecer. Pero, en cambio, para que una filosofía -tanto en nuestros días como en tiempos de Platón- haga la prueba de su realidad, es indispensable que sea capaz de decir la verdad con respecto a la-acción [política], que diga la verdad sea en nombre de un análisis crítico, sea en nombre de una filosofía, de una concepción de los derechos, sea en nombre de una concepción de la soberanía, etc. Para cualquier filosofía es esencial poder decir la verdad con referencia a la política, y para cualquier práctica política es esencial mantener una relación permanente con esc decir veraz, pero si se enciende que el decir veraz de la filosofía no coincide con lo que puede y debe ser una racionalidad política. El decir veraz filosófico no es la racionalidad política, pero para una racionalidad política es esencial estar en cierta relación, por determiiur, con el decir veraz filosófico, así como es importante para un decir veraz filosófico hacer la prueba de su realidad con respecto a una práctica política.

Creo, sin embargo, que esta relación necesaria, fundamental, que sin duda es constituyente de la filosofía y de la práctica política en Occidente, es un fenómeno absolutamente singular de nuestra cultura. La coexistencia y la correlación de la práctica política y el decir veraz filosófico no deben concebirse jamás como una coincidencia adquirida o por adquirir. Me parece que el infortunio y los equívocos de las relaciones entre filosofía y política obedecen y han obedecido indudablemente al hecho de que la veridicción política quiso a veces pensarse... e incluso que las exigencias que se formulaban se le plantearon en términos de una coincidencia con los contenidos de una racionalidad política y, a la inversa, que los contenidos de una racionalidad política quisieron autorizarse debido a que se constituían como una doctrina filosófica o a partir de una doctrina filosófica. [...] Filosofía y política deben estar en una relación, una correlación, y nunca en una coincidencia. Ése es, si se quiere, el tema general que podemos poner de manifiesto en este texto de Plátón. Reiteremos que esos consejos son inconmensurables con las formas de racionalidad política que elabora Tucídides, pero por una razón muy simple: porque pana Platón, y de; manera general me parece que para la filosofía occidental, el verdadero objetivo jamás fue decir a los políticos qué hacer. Su objetivo, frente a los políticos, frente a la práctica política, frente a la política, siempre fue existir como discurso filosófico y como veridicción filosófica. Ése es el primer tema.

El segundo tema que puede destacarse en los textos platónicos que he leído en la primera hora es el siguiente: en ellos vemos ponerse de relieve una coyuntura histórica muy especial. Singular, desde luego, pero que a la vez. va a ser dominante en la larga duración y. como les decía, prácticamente hasta fines de la Antigüedad. En efecto, ya les había indicado, en esos consejos -y sobre todo en la primera serie de consejos que Platón da a Dionisio-, que el lugar reservado a la organización misma de la ciudad, el lugar otorgado a la constitución, las leves, los tribunales, es bastante restringido y no parece de los más importantes. En cambio, [lo que sín parece importante, dominante en los consejos dados por Platón a Dionisio y luego a los amigos de Dión, es un problema que se refiere a las alianzas, a las relaciones entre vencedores y vencidos, a las relaciones entre las diferentes ciudades federadas, entre la metrópoli y las colonias, a la manera de gobernar las ciudades sometidas, (a la cuestión] de a quien deben delegarse los poderes, cuáles son los tipos de relación que habrá entre quienes mandan en la ciudad metrópoli y los demás. Es decir que los problemas que se mencionan son en su mayor parte problemas de imperio y de monarquía. Sin duda concicrncn a Sicilia, es decir un mujido muy cercano al mundo helénico clásico, organizado en torno de pequeñas unidades que son las ciudades, con sus rivalidades, sus alianzas, su federación, su sistema de colonización. Pero creo cambien que son problemas que, en la época en que Platón escribe, oscuramente y sin que las cosas aún se hayan decidido del todo, van a llegar a ser los problemas políticos reales del mundo helenístico y a fortiori del mundo romano. Es decir que, a partir de la constitución de las grandes monarquías helenísticas, a partir, claro está, de la organización de un mundo imperial romano en todo el contorno del Mediterráneo, advertirán que el problema político concreto y preciso va a ser el del tipo de unidad política por organizar, habida cuenta de que la ciudad, la forma, la fórmula de la ciudad ya no puede corresponder, sin lugar a dudas, a'un tipo de ejercicio del poder que desde un punto de vista geográfico, en términos de espacio y de población, debe superar infinitamente esos límites. ¿Cómo va a poder pensarse una unidad política? El cuerpo de la ciudad ya no es la fórmula modelo, ya no puede pensarse la unjdad política como el cuerpo mismo de la ciudad o de los ciudadanos. ¿Cómo va a poder pensarse la unidad política?

En segundo lugar, otro problema directamente ligado a éste es: ¿cómo logrará el poder, un poder que, en sus unidades, sólo se concebía en la forma de una especie de monarquía, cómo logrará ese poder que está, en cierto sentido, en manos del monarca, distribuirse, repartirse, jerarquizarse en toda la superficie de esa gran unidad política? ¿Cuál es el modo de ser de esas nuevas unidades políticas que se perfilan? ¿Cuál es el modo de reparto, de distribución, de diferenciación del poder dentro de esas unidades? Como ven, éstos son los problemas políticos que asoman a través de los textos de Platón que acabo de leerles y que en la época, por supuesto, comienzan a plantearse, son visibles en la situación siracusana, pero van a dominar todo el pensamiento político hasta el Imperio Romano. Y, en el fondo -hace un rato les recordaba el discurso de Mecenas a Augusto tal como lo cuenta Dión Casio, esc discurso, ese tipo de reflexión política que también vamos a encontrar en Dión Crisóstomo a propósito del monarca y que podemos constatar asimismo en Plutarco-, todo el pensamiento político de los siglos i y 11 de nuestra era seguirá girando alrededor del problema: ¿cuál es el modo de ser de esas nuevas unidades políticas que se levantan por encima de las ciudades, sin destruirlas del todo, pero que son de un orden distinco? Y segundo: ¿cuál es el cipo de poder que el monarca debe ejercer en ellas? Ése es, de alguna manera, el escenario político que se está bosquejando en el mundo grecorromano. Y no pretendo en absoluto oponer la racionalidad política fina, articulada, densa y rica de Tucídides, con referencia a las pequeñas ciudades griegas, al pensamiento platónico, mucho más fluctuante pero dirigido a una realidad histórica que estaba naciendo. No creo que lo interesante sea esa oposición; me parece en cambio que a través de ese discurso platónico que aborda la relación entre la filosofía y la política, vemos esbozadas nuevas realidades políticas, unas nuevas realidades políticas que van a perdurar, a persistir aún a lo largo de ocho siglos, hasta el final del Imperio Romano. Esas nuevas realidades políticas son el imperio por una parte y el príncipe, el monarca, por otra.

El tercer punto en el cual querría insistir -el primero era el principio recurrente de la correlación no coincidente entre práctica política y filosofía a través de todo el pensamiento occidental, y el segundo, la nueva coyuntura histórica y política que se esboza en la época en que Platón escribe— es que, a mi juicio, si se hacen jugar estas dos cosas (entonces: la estructura permanente de las relaciones entre filosofía y política y la nueva coyuntura), se ve exactamente que quiere decir Platón cuando vuelve a hacer hincapié en que el filósofo hable al soberano y [mis] aun en señalar que el soberano mismo debe ser filósofo. En efecto, si el discurso filosófico y la práctica política, como les decía hace un momento, deben mantener cierta relación, pero no de coincidencia, ¿cuál es para Platón dicha relación, y dónde va a establecerse? E incluso: la prueba mediante la cual la filosofía, como les decía la vez pasada, debe asegurarse de su real a fin de no ser simplemente logos y ¿dónde va a hacerse? El cara a cara de la filosofía y la política, que implica a la vez su relación necesaria y su falta de coincidencia, ¿dónde se inscribe? Bien, crco que estamos aquí ante un gran problema. Hace un rato les recordaba la solución de los cínicos, quienes, en el fondo, ponían en la plaza pública la relación entre el decir veraz filosófico y el ejercicio del poder político. Los cínicos son hombres de la calle, hombres del agora. Son hombres de la plaza y también de la opinión. El lugar de la relación entre el decir veraz filosófico y ese ejercicio del poder político, que está ahora en manos del monarca, ese nuevo personaje, esa realidad política nueva en la época, se encontraba pues en la forma del enfrentamiento a medias desafío y a medias irrisión, cuyo ejemplo daba Diógenes frente a Alejandro. ¿Cuál va a ser para Platón el lugar de esa relación necesaria y no coincidente entre el decir veraz filosófico y la práctica política? No es la plaza pública. En ese sentido, si les parece, los cínicos aún son hombres de la ciudad que perpetuarán hasta en el Imperio Romano esas tradiciones de la ciudad, de la plaza pública, etc. Para Platón el lugar de la relación no coincidcnte no es la plaza pública sino el alma del príncipe.

Tocamos con ello algo que es bascante importante en la historia del pensamiento político, de la filosofía y de las relaciones entre política y filosofía en Occidente. Me parece que la polaridad cinismo-platonismo fue algo importante, muy pronto perceptible y explícito y también duradero. Platón y Diógenes se oponen, y Diógenes Lacrcio presenta un testimonio de ello: un día, Platón habría visto a Diógenes el Cínico lavando una lechuga. Al verlo, recuerda que Dionisio había recurrido a el, pero que Diógenes había rechazado ese llamado, y entonces le dice: si hubieras sido más cortés con Dionisio, no estarías obligado a lavarte la lechuga. A lo cual Diógenes replica: si tú te hubieses acostumbrado a lavar tu lechuga, uno habrías sido esclavo de Dionisio". Y bien, creo que esta anécdota de Diógenes Lacrcio es muy importante y muy seria. Indica los dos polos según los cuales, desde el siglo IV a. C. -muy pronto, por consiguiente-, el problema del punto de reunión entre un decir veraz filosófico y una práctica política encontró dos lugares de inserción: la plaza pública o el alma del principe. Y a lo largo de toda la historia del pensamiento occidental vamos a reencontrar esas dos polaridades. ¿El discurso filosófico debe ser el que se dirige al alma del príncipe para formarla? ¿O el discurso verdadero de la filosotíadebe pronunciarse en la plaza pública» como desafio, como enfrenamiento, como irrisión, como crítica con resj>ecio a la acción del príncipe y a la acción política? Recuerden, en el fondo, lo que vimos en el texto sobre la Aufklarung con el cual comencé el curso de este año. En su teoría de la Aujkbirung Kant interna explicar que el decir veraz filosófico tiene simultáneamente dos lugares que no sólo son compatibles, sino que se exigen uno a otro: por un laclo el decir veraz filosófico tiene su lugar en el público, y también lo tiene en el alma del príncipe-, si éste es un príncipe ilustrado. Tenemos con ello, de alguna manera, ,una suerte de eclecticismo kantiano, que trata de mantener la unidad de lo que itradiciorudmentc fue, desde la historia de la lechuga entre Platón y Diógenes, el gnn problema de las relaciones entre filosofía y política en Occidente: ¿será en la plaza pública o en el alma del príncipe?

Volvamos por tanto a Platón, porque de él hablamos. Está claro que para él, entonces, la relación filosofía/política debe hacerse en el alma del príncipe, pero además es preciso saber con exactitud cómo se establece. ¿No es bajo la forma de la coincidencia? ¿Decir que el príncipe debe ser filósofo no equivale a decir: el príncipe sólo debe tomar decisiones políticas, sólo debe actuar como actor político sobre la base de un saber y de conocimientos filosóficos que le dirán qué hacer? Bien, Comemos los textos mismos en los que Platón, en la carta vil por una parte y en la República por otra, habla de esa coincidencia en el alma del príncipe entre la acción política y la filosofía, En la carta VII dice lo siguiente. 1.a vez pasada les cité el pasaje, en 326k "Los males no cesarán para los hombres mientras la raza de los puros y auténticos filósofos (para ser más exactos, el texto griego dice: mientras la (10 genos) de quienes filosofan recta y verdaderamente; en consecuencia, puede traducirse por "puros y auténticos filósofos", pero yo prefiero que mantengamos la mayor fidelidad posible a la fórmula: la raza de quienes filosofan correcta y verdaderamen ie; Michel Foucaulr] no llegue al poder o la raza de los jefes de quienes ejercen el poder no se ponga a filosofar verdaderamente"/ Eso es lo que dice la carta Vil en 52Gb.

Como saben, ese texto no es otra cosa que la reproducción, el eco, con algunas variantes, pero eco fiel al fin, de lo que encontramos -texto lamoso, fundamental- en el libro v de la República, 473c, donde Platón escribía (la Repúblicties anterior a las cartas): los males de los Estados y de las ciudades no tendrán descanso (el mismo tema, entonces: los males no cesarán para los hombres; aquí: los males no cesarán para los Estados) "mientras los filósofos no se conviertan en reyes de los Estados" o bien "aquellos a quienes hoy se llama reyes y soberanos" (es la traducción de la edición Budé; a decir verdad, dynastüi es: quienes ejercen el poder) "no se conviertan en verdaderos y serios filósofos" (cambien en este caso el texto (griego) dice: no se pongan a filosofar de manera auténtica e hikanós9 competente) y no se reúnan en el mismo individuo la dynamis politiké fel poder político; Michel Foucault] kai philosophía [y la filosofía]". En apariencia, tenemos aquí la definición de una coincidencia exacta. Es preciso que los filósofos se conviertan en reyes o que los reyes se conviertan en filósofos. ¿Y qué quiere decir esto, como no sea que lo que el soberano renga de filósofo le dirá qué hacer en cuanto soberano, y que la parte de sí mismo que sea soberano no hará otra cosa que incorporar a los actos mismos de su gobierno lo que le diga el discurso filosófico? Pero, en realidad, cuando observamos el texto -y por eso insistí en una traducción lo más fiel posible-, vemos que no se trata de una adecuación entre el discurso filosófico, el saber filosófico y la práctica política. 1.a coincidencia de que se trata es la coincidencia entre quienes practican la filosofía, quienes filosofan verdaderamente y de manera competente, y quienes ejercen el poder.

Lo importante, lo que esos dos textos apuntan y señalan, es el hecho de que quien filosofa sea también quien ejerce el poder. Pero de ello, del hecho de que quien practica la filosofía sea quien ejerce el poder y quien ejerce el poder sea asimismo alguien que practica la filosofía, no puede inferirse en modo alguno que lo que sabe de filosofía ha de ser la ley de su acción y sus decisiones políticas. Lo importante, lo imperioso, es que el sujeto del poder político sea también el sujeto de una actividad filosófica. Pero ustedes me dirán: ¿cuál es la diferencia y qué quiere decir esa identidad entre el sujeto del poder político y el sujeto de la práctica filosófica? ¿Por qué pedir que quien ejerce el poder sea también quien practica la filosofía, si ésta no es capaz de decir a quien ejerce su poder lo que hay que hacer? Bien, creo que la respuesta a esta pregunta está en lo siguiente: de lo que se traía en esca cuestión, como ven, es (de) la filosofía en cuanto es un pbilosophéin. El texto lo dice: es preciso que quienes gobiernan sean también quienes filosofan, quienes practican la filosofía. ¿Qué es para Platón esta práctica de la filosofía? Ante todo, en esencia, en lo fundamental, es para el individuo una manera de constituirse como sujeto según un modo determinado de ser. Y ese modo de ser del sujeto que filosofa debe constituir ef modo de ser del sujeto que ejerce el poder.

No es por tanto una cuestión de coincidencia entre un saber filosófico y una racionalidad política, es una cuestión de identidad entre el modo de ser del sujeto que filosofa y el modo de ser del sujeto que practica la política. Si es menester que los reyes sean filósofos, no es porque de ese modo podrán preguntar a su saber filosófico que hay que hacer en tales y cuales circunstancias. Aquello quiere decir esto: para poder, por una parte, gobernar como corresponde, será preciso, por otra, tener cierta relación de práctica con la filosofía; un único y el mismo sujeto ocupa el punto de intersección entre "gobernar como corresponde*' y 4 practicar la filosofía'. Es un único y el mismo sujeto quien debe, por un lado, gobernar como corresponde, y, por otro, tener relación con la filosofía. Podrán ver que no hay coincidencia de los contenidos, isomorfismo de las racionalidades, identidad del discurso filosófico y el discurso político, sino identidad del sujeto filosofante con el sujeto gobernante, lo cual, desde luego, deja abierta la horquilla, la ortogonia, por decirlo así, entre el eje sobre el que se va a filosofar y el eje sobre el que se va a practicar la [política]. En suma, esto equivale a decir que el alma del príncipe debe poder gobernarse verdaderamente scrgún la filosofía verdadera, para poder gobernar a los otros según una política justa.

Digamos lo siguiente, y por hoy dejará aquí: la política, como vimos la vez pasada, es el elemento a través del cual, a partir del cual y en relación con el cual el decir veraz filosófico debe encontrar su realidad. Lo que quería mostrarles hoy, siempre con referencia a la carta vu cuya lectura terminamos ahora, es que ese filosofar, que encuentra entonces su real en la relación con la filosofía. no debe definir lo que tiene que hacer la política. Su tarca es definir lo que tiene que ser el gobernante, el político. De lo que se trata es del ser del político, de su modo de ser. Y la filosofía extraerá su realidad, en consecuencia, de su relación con la política, en cuanto (pueda] -afectivamente o no, en ello estará su prueba- definir cuál es el modo de ser del político. La cuestión planteada es entonces ésca: ¿cuál es el modo de ser de quien ejerce el poder en su coincidencia con el sujeto filosofante? Me parece que éste es un problema que ha sido absolutamente capital en toda la historia de las relaciones entre la filosofía y la política en la Antigüedad. Basta, por lo demás, con que lean a Marco Aurelio, por ejemplo, para ver con claridad que ése era el problema que se le planteaba, y él tenía perfecta conciencia de que así era. Marco Aurelio quiso ser y fue, seis siglos, cinco siglos y medio después de Platón, el soberano filósofo, el emperador filósofo. Y era exactamente en quien pensaba Platón con cinco siglos y medio de anticipación: un hombre que tiene que ejercer el poder en una unidad política que supera infinitamente la de la ciudad. Problema, por consiguiente, en el corazón del imperio, el centro del imperio, del monarca que ha sido no sólo el amo y maestro de éste, sino amo y maestro de sí mismo. Marco Aurelio fue ese soberano ideal; ahora bien, en sus textos nada muestra que haya tomado jamás de la filosofía la racionalidad capaz de dictarle lo que debía ser su conducta política con respecto a tal o cual problema o situación, pero sí le pidió constantemente que le dijera qué significaba ser soberano. Es decir que, en efecto, lo que demandaba a la filosofía era su modo de ser como soberano. En síntesis, lo que vemos surgir como lugar de las relaciones fundamentales entre filosofía y política a través de esos textos de Platón, el lugar donde se entablan las relaciones entre filosofía y política -relaciones que son, reiterémoslo, de intersección y no de coincidencia-, es el alma del príncipe. Y es este problema, y los ligados a la cuestión del alma del príncipe, los que trataré de explicarles la vez que viene.

jueves, 23 de octubre de 2014

Body Memory

Stop-motion 
Film por: Ülo Pikkov.


 ¿Qué puede decirnos un viejo manzano? ¿Qué misterios se esconden en sus raíces, nudoso con el tiempo? ¿Recuerda la serpiente y el paraíso perdido? 
Nuestro cuerpo recuerda más de lo que podemos esperar e imaginar. Recuerda la tristeza y el dolor de nuestros predecesores. Mantiene vivas las historias de nuestros padres y abuelos, así como sus antepasados. Pero ¿hasta dónde es posible ir en su memoria corporal?


El stop-motion animation "Body memory" toma como concepto central la idea de que nuestro cuerpo recuerda, no sólo a las experiencias individuales, sino también la tristeza y el dolor de nuestros predecesores. Una potente visualización de los procesos subconscientes y el horror oculto de deportación. Inspirada en hechos históricos: las deportaciones soviéticas de Estonia en la década de 1940. 

Traducción de: © Nukufilm 2011

sábado, 11 de octubre de 2014

Por él mismo (1967)

Jorge Luis Borges

En este archivo está un poco de Borges, recitado por él mismo. 


En Septiembre de 1967, AMB Discográfica le grabó una serie de poemas, pero no los publicó todos. En una segunda edición cambió algunos de los de la primera por otros, y en un CD publicado en el 2002 se recogió aquella segunda edición, completándola con algunos poemas que había quedado inéditos.

De ese CD está sacado el ripeo, de manera que faltan varias de las obras de la primera edición y hasta la Milonga de Albornoz, que aparece “anunciada” en la contratapa pero está reemplazada en la grabación por el poema “Laberinto”.

..play y disfrutar..
1- El General Quiroga va en coche al muere.
2- Poema conjetural.
3- Fundación mítica de Buenos Aires.
4- Un soldado de Urbina.
5- El Gólem.
6- Milonga de dos hermanos.
7- Milonga de Jacinto Chiclana.
8- Alusión a una sombra de mil ochocientos noventa y tantos.
9- Everness.
10- Límites.
11- Spinoza.
12- A Leopoldo Lugones.
13- Manuscrito hallado en un libro de Joseph Conrad.
14- Poema conjetural.
13- Borges y yo.
14- Página para recordar al Coronel Suárez.
15- Borges y yo.
16- La noche que en el Sur lo velaron.
17- Del rigor en la ciencia.
18- Cuarteta.
19- El poeta declara su nombradía.
20- Le regret d’Heraclite.
21- Poema de los dones.
22- Ajedrez I.
23- Ajedrez II.
24- Arte poética.
25- El mar.
26- El laberinto.

sábado, 4 de octubre de 2014

Maestro de Sueños

Documental: Salvador Da
  
Salvador Felipe Jacinto Dalí fue un pintor, escultor, grabador, escenógrafo y escritor español, considerado uno de los máximos representantes del surrealismo.


 Dalí es conocido por sus impactantes y oníricas imágenes surrealistas. Sus habilidades pictóricas se suelen atribuir a la influencia y admiración por el arte renacentista. 
"Dali, Maestro de Sueños" es una apasionada y personal pieza documental sobre esta figura clave del arte moderno. 


Play Documental

sábado, 27 de septiembre de 2014

Dripped

 Tributo a Jackson Pollock

Una invitación a viajar y deslizarce en las imágenes hacia el Nueva York de los años cincuenta, con el tributo animado a Pollock.


El corto dirigido por Léo Verrier y producido por Chez Eddy, el cual explora la búsqueda de la “voz creativa” de Pollock.



Producción: ChezEddy.com
Director: Léo Verrier
Música original: Pablo Pico
Diseño de sonido: Atención O'Chien

domingo, 21 de septiembre de 2014

El Gobierno de sí y de los otros (1º hora)

Michel Foucault

Curso en el Collège de France
Ciclo lectivo (1982-1983) 


Clase 23 de febrero de 1983
Primera hora

La enigmática insipidez de los consejos políticos de Platón — Los consejos a Dionisio — El diagnóstico, el ejercicio de persuasión, la proposición de un régimen — Los consejos a los amigos de Dión — Estudio de la carta VIH — La parrhesía en la raíz del consejo político.

[...] Hoy querría continuar y terminar con lo que había empezado a decirles sobre la carta VII. Como recordarán, habíamos señalado dos series de elementos en esa carta. [Ante todo,] consideraciones concernientes a la actividad misma de un filósofo, que consiste en proponerse dar consejos aun príncipe, a alguien que se dedique a la política. Esas consideraciones se referían a las circunstancias en las cuales podía ser oportuno dar consejos, las razones precisas por las que había que darlos. Y a través de esa cuestión acerca del estatus del consejo y del consejero, pudimos ver la formulación de una cuestión mucho más fundamental, porque se trataba, en definitiva, de nada menos que lo que podríamos llamar lo real de la filosofía. ¿En qué condiciones puede la filosofía ser otra cosa que un logos, que un puro y simple discurso? ¿A partir de qué momento y en qué condiciones puede tocar lo real? ¿Cómo puede llegar a ser una actividad real en lo real? Pues bien, con la condición de que mantenga cierta relación con la política, una relación definida por la symboulé (el consejo). Entonces, lo que vimos la vez pasada fue esa relación con la política como prueba de realidad para la filosofía, para el discurso filosófico.
Ahora, en esa misma carta VII hay por supuesto otro grupo de elementos que querría estudiar hoy. Esos elementos son, desde luego, los consejos mismos. Es decir que en la carta VII -que de manera ficticia, sin duda, se dirige a los amigos de Dión [o, mejor], que es en esencia una carta pública en la que Platón, al dirigirse de hecho o no a esos amigos, explica a sus lectores por qué y cómo ha aconsejado en primer lugar a Dión, luego a Dionisio y luego a los amigos de Dión- había esas consideraciones sobre el principio mismo del consejo. Y además estaban los consejos. En efecto, Platón presenta los ejemplos -resumidos, al menos— de los consejos que ha dado en forma sucesiva a los distintos siracusanos que le habían pedido su opinión. Son esos mismos consejos los que hay que estudiar ahora en su forma, su contenido, su naturaleza, lo que dicen, etcétera.


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En torno de la cuestión del contenido mismo de los consejos, vamos a ver esbozarse otro problema, que no será ya el de lo real de la filosofía, o de lo que puede y debe ser la prueba mediante la cual la filosofía podrá definir su real. Me parece que lo que vemos surgir en el contenido mismo de esos consejos políticos es ni más ni menos que el modo de ser del soberano en cuanto tiene que ser filósofo. Pero no hay que adelantarse porque, por importante que sea ese problema, existe el riesgo de que, al examinarlos, los consejos que da Platón resulten un tanto decepcionantes. En efecto, cuando se los observa, los consejos de política que él se vanagloria de haber dado a Dión, a Dionisio y a los amigos de Dión apenas parecen poco más que una serie de opiniones de orden más filosófico que político, más moral que realmente político: algunos temas generales sobre la justicia y la injusticia, sobre el interés que, de todos modos, hay en practicar la primera y no la segunda, algunos consejos de moderación, consejos, también, dados a los dos partidos enfrentados para que se reconcilien, consejos a los soberanos para que entablen amistad con los pueblos sometidos en vez de imponerles una dominación violenta, etc. Nada que, a primera vista, pueda pasar, en rigor de verdad, por muy interesante.

Les doy un ejemplo. [Platón] explica que él mismo, ayudado por Dión, exhortaba a Dionisio. Como ven, en este tipo de consejos estamos muy lejos de lo que podrían ser, de lo que serían algún día las artes de gobernar e incluso simplemente las consideraciones políticas que puede hacer alguien que ha tenido que practicar la política y reflexionar sobre ella. Estamos lejos del Memorial de Napoleón en Santa Elena, lejos del Testamento Ríchelieu, lejos de Maquiavelo. E incluso del presunto discurso de Mecenas ante Augusto, sobre el que informa Dión Casio. Y si queremos limitarnos a las referencias contemporáneas a ese texto de Platón, podemos remitirnos a lo que Tucídides, algunos años antes, había puesto en boca de Feríeles en materia de consejos a los atenienses. Recordarán el célebre discurso en que Pericles da su opinión a los atenienses con respecto a la oportunidad de hacer la guerra a Esparta, cuando los embajadores de ésta han llegado a Atenas a presentar un ultimátum a sus habitantes. ¿Hay que hacer o no la guerra? Bien, Pericles da consejos que son a la vez de orden diplomático y estratégico. Y ya saben qué tipo de razonamiento despliega, la densidad, la riqueza de sus reflexiones sobre las relaciones que puede haber entre, por una parte, un país con su geografía, sus recursos, sus estructuras sociales, su tipo de gobierno, y, por otra, el comportamiento político que cabe esperar de él, el tipo de decisión que puede tomar, su capacidad de oponer resistencia a ofensivas militares, de qué manera, cuál va a ser, si se quiere, el tipo de voluntad política que un país como Esparta podrá oponer a Atenas, sobre la base de consideraciones acerca de esos datos geográficos, sociales, económicos. Está claro que con ello tenemos un tipo de análisis político mucho más rico e interesante que esas pocas, entre comillas, "soserías" que acabo de leerles en la carta VII.

¿No será, empero, que el problema, justamente, está allí? ¿Habrá que decir que, después de todo, Platón no es otra cosa que un consejero un poco más moralizante y por lo tanto un poco más ingenuo? En cuanto filósofo, ¿dará al político consejos menos inteligentes, menos informados, menos articulados que los de Pericles, o los que Tucídides atribuye a éste? ¿O bien sucede que, de heclio, no da otro tipo de consejos? Los consejos dados por Platón a Dión, a Dionisio, a los amigos de Dión, ¿son simplemente de menor calidad, y elaboración política más rústica, o son de [otra] naturaleza que los que pudo dar Pericles? En síntesis, la cuestión que querría plantear, si les parece —y pronto verán en qué sentido me gustaría tratar de resolverla—, es la siguiente: cuando Platón da consejos, cuando el filósofo hace la prueba de realidad de su discurso, ¿su papel, su función, su objetivo consisten en decir lo que hay que hacer en el orden de la decisión política, o dice otra cosa? En otras palabras, la necesidad de que la filosofía afronte la política, la necesidad de que la filosofía demande su real a ese afrontamiento de la política, ¿debe consistir en la formulación de un discurso filosófico que sea al mismo tiempo un discurso de prescripción para la acción política, o bien se trata de otra cosa? Y si es otra cosa, ¿de qué se trata? Ésta es la cuestión que querría procurar desentrañar hoy. Y para ello, me gustaría estudiar tres pasajes: dos que están en la carta VII y un tercero que se encuentra en la carta VIII. Esos tres pasajes ya no son reflexiones sobre la necesidad, la oportunidad de dar consejos a la política. Son consejos políticos.

El primer pasaje de la carta VII -recordarán que ésta se escribió después de los grandes acontecimientos dramáticos que motivaron el exilio y luego la muerte de Dión, y que provocaron también la partida de Platón de Sicilia— es aquel donde Platón recuerda los consejos que ha dado a Dionisio, en la época en que estaba en la corte de éste y el monarca pretendía interesarse en la filosofía. Tenemos entonces un primer pasaje donde recuerda esos consejos. Y hay luego un segundo pasaje que estudiaré a continuación, en el cual, al hablar del momento mismo en que está escribiendo la carta, Platón dice: habida cuenta de que la situación es hoy la que es, de que mis primeros consejos a Dionisio han fracasado, de que Dión partió al exilio y ahora está muerto y de que ustedes se han quedado solos, ¿qué consejos puedo darles? Se trata, por tanto, de consejos a los amigos de Dión tras la muerte de éste y, además, luego del exilio del propio Dionisio, expulsado algún tiempo antes por Dión. Para terminar, agregaré a este pasaje un [texto] de la carta VIII.

La carta VIII es más breve que la séptima, mucho menos abundante en reflexiones filosóficas, más política, si se quiere, y responde de manera más inmediata a una situación dramática que se desarrollaba en Siracusa en los meses posteriores al contexto de la carta VII. Es decir que, después del exilio de Dionisio, expulsado por Dión, y luego de la muerte de este mismo, asesinado en Siracusa, pues bien, la ciudad es presa de la guerra civil. Y los dos partidos, el de Dionisio y el de Dión, se enfrentan. Platón escribe la carta ViII en ese contexto. Y en ella, por decirlo de algún modo, da consejos en caliente, en el momento mismo de la guerra civil, para mostrar cómo se puede salir de esa situación. En consecuencia, a la explicación de los dos textos de la carta VII sumaré este pasaje de la carta VIII, a causa de su interés, a causa del hecho de que esos consejos están en continuidad directa con los otros dos pasajes y por una razón adicional, que se refiere al estatus mismo de la parrhesia y nos devolverá, por ende. Si corazón de nuestro problema.

El primer pasaje de la carta VII es el que comienza en el párrafo 331 ¿ "Es pues de esta manera como podría daros mis consejos, y fue así como, de acuerdo con Dión, comprometía ante rodo a Dionisio a vivir cada día...?. En consecuencia, los consejos que recuerda haber dado a Dionisio se refieren a un contexto histórico, un contexto preciso de acontecimientos. En ese momento, Dionisio es muy joven. Acaba de recibir de su padre, Dionisio el Viejo, la herencia del poder en Siracusa, un poder monárquico, un poder tiránico, un poder autocrítico que ahora se trata de manejar. Y es muy notable que en este punto, ya lo verán, Platón se guarde bien de dar consejos de cambio en cuanto a la estructura misma del poder y la organización institucional de la ciudad. No da consejos de politeia. En el fondo, no hace más que lo que se dirá en la carta V: escuchar la phonéia la politeia tal como existe en Siracusa. Teniendo en cuenta que hay que vérselas con ese poder autocrático, ¿cuál es la mejor manera de administrarlo?

En segundo lugar, el pasaje se sitúa inmediatamente después de las consideraciones de las que hablamos la vez pasada, y en las cuales Platón explica en qué consiste el papel de consejero. Y acaba de explicar exactamente que en el orden de la política, un consejero debe ser como un médico. Recordarán que el papel del médico se caracterizaba por tres cosas. Primero, un buen médico es, desde luego, el que interviene cuando hay una enfermedad, y su misión es, por ende, curar los males para restablecer la salud. Para ello hace falta conocer esos males. El médico tiene, pues, que hacer un trabajo de observación, un trabajo de diagnóstico, debe dialogar con su enfermo para tratar de identificar el mal. Segundo, el buen médico no es como ese médico esclavo que va de un cliente a otro y se conforma con distribuir recetas y prescripciones. El buen médico es el que persuade, es decir el que habla a su enfermo y lo convence de la enfermedad que lo afecta y de los medios para curarla. Tercero y último, el buen médico no es solamente el que diagnostica reflexionando y persuade hablando. Es también el que logra, gracias a su poder de persuasión, convencer a su enfermo de que no basta con tomar medicamentos, sino que además [debe] modificar por completo su manera de vivir, su régimen, su dieta. Pues bien, creo que en esta primera serie de consejos que Platón recuerda haber dado a Dionisio se ponen en juego esas tres funciones médicas. Me parece que, en esas dos páginas de Platón, podemos identificar las tres funciones mencionadas. Primero, Platón trata de diagnosticar el mal del que padece Siracusa, en un momento, empero, en que la crisis todavía no ha estallado, porque Dionisio el Viejo, después de todo, ha ejercido el poder, ha constituido una autoridad fuerte en la ciudad y ha organizado además, a su alrededor, una suerte de imperio que abarca la casi totalidad de Sicilia o, al menos, una buena parte de la isla, y su heredero acaba de recibir ese poder. En apariencia no hay crisis, y pese a ello hay una enfermedad. Y Platón quiere poner de manifiesto esa enfermedad, ese mal, en toda una serie de consejos que podemos señalar entonces en la exposición iniciada en 331d

¿Cuál es el mal que aflige a Siracusa a despecho de su apariencia de buena salud? Platón dice esto: Dionisio el Viejo, cuya herencia acaba de recibir Dionisio el Joven, construyó un imperio. ¿Cómo lo hizo? Pues bien, restableciendo, restaurando las ciudades sicilianas que habían quedado en ruinas durante las guerras contra los bárbaros (en este caso, son sin duda las guerras contra los cartagineses). Ahora bien, esas ciudades que reconquistó de manos de los cartagineses, que liberó de los cartagineses sin podet impedir su ruina, las restauró adecuadamente. Pero -y aquí aparece el primer síntoma de enfermedad-Dionisio no fue capaz, dice el texto, de constituir en dichas ciudades politeiai pistái (constituciones, regímenes que fueran confiables, seguros, que pudiesen despertar confianza). Esos regímenes no pudieron despertar confianza, dice Platón, ni cuando Dionisio los puso en manos de extranjeros ni cuando los entregó a sus hermanos. En ese momento advertimos cuál es el significado de politeiai pistái (esas constituciones, esos regímenes confiables). Aquí, confiables no quiere decir en absoluto que se trate de regímenes seguros, estables, que permitan a los ciudadanos confiar en sus gobernantes o a éstos confiar en sus gobernados. Es en realidad una relación de fidelidad y confianza entre esas ciudades —así restauradas y mantenidas, luego de su restauración, bajo la dominación de Siracusa- y la metrópoli, la propia Siracusa. Dionisio entregó dichas ciudades restauradas a la gestión, la administración, el gobierno ya fuera de manos extranjeras, ya fuera de sus propios hermanos, a quienes convirtió en individuos ricos y poderosos. Pero ni esos extranjeros ni sus hermanos, ni la administración de unos ni la administración de otros, [han] sido capaces de establecer una relación de confianza entre Siracusa y esas distintas politeiai. Y para desarrollar esta idea, Platón agrega que, en términos generales, Dionisio fue incapaz de establecer lo que él llama koinonía arkhón. Koinonía arkhón es la comunidad de los poderes, el reparto de los poderes; si se quiere, lo que podríamos llamar distribución de poderes. Jamás logró hacer participar en el poder a quienes eran sus subordinados, aquellos a quienes había confiado tal o cual responsabilidad, o las poblaciones sobre las cuales Siracusa tenía que ejercer su dominación. No pudo realizar esa comunidad de poderes ni por la persuasión, ni por la enseñanza, ni por los favores, ni por los parentescos. Y en definitiva, el diagnóstico de Platón se formula así: Dionisio conservó, en efecto, su poder en Siracusa y el poder de esta ciudad sobre las demás. Lo mantuvo, pero sólo lo mantuvo con esfuerzo. ¿Por qué? Porque, dice, quiso hacer de Sicilia mía polis (una única ciudad). Y no tenía por sí mismo amigos o gente de confianza (philoi y phtól).

Creo que esta muy breve descripción del gobierno de Dionisio y del mal que padece Sicilia es interesante. Lo es porque, como ven, en ese diagnóstico no se trata en manera alguna de criticar lo que podría ser un gobierno monárquico, autocrático o tiránico. O, en todo caso, si hay una crítica implícita de la tiranía, la monarquía o el poder autocrático, no apunta al régimen mismo, a su estructura, a su sistema institucional. [Platón denuncia] dos defectos, dos defectos que fueron los del gobierno de Dionisio, a saber: querer hacer de Sicilia una sola ciudad, es decir, en el fondo, no haber sido capaz de construir un imperio bajo una forma plural, no haber pensado como correspondía, si se quiere, las dimensiones y la forma de esa nueva unidad política que sería una especie de imperio. El marco de la polis, que era en verdad el marco en el cual podían desarrollarse, instaurarse, institucionalizarse y funcionar como era debido las relaciones de poder, no está en condiciones, no es capaz de reglamentar lo que deben ser los poderes a la escala de lo que en ese momento era una unidad política grande en comparación con la ciudad griega, a saber, una isla como Sicilia. Y el error consistió en pretender aplicar el módulo de la ciudad griega a algo relativamente grande y complejo; en rigor, absolutamente grande y complejo para los griegos y la ciudad griega, esto es, un conjunto de ciudades a la escala de Sicilia. Y el segundo error, que es además el recíproco del primero y también su causa, radica en que Dionisio no pudo establecer relaciones de amistad y confianza. Esas relaciones de amistad y confianza con los otros jefes, con quienes gobernaban las otras ciudades -en vez de querer aplicar el módulo de la ciudad única y unitaria-, habrían permitido a cada ciudad conservar su independencia. Y, al mantener cada una de ellas su independencia, habrían podido existir relaciones de amistad y confianza entre los jefes de esas ciudades subordinadas, federadas, colonizadas, y él mismo, el jefe de Siracusa. La unificación forzada (en la forma de mía polis, la ciudad única y unitaria) y la ausencia de lazos y aprecios que permitieran la justa distribución de los poderes, garantizados y sellados por la amistad y la confianza, fueron el error cometido por Dionisio y constituyeron la enfermedad. Tal es el diagnóstico que Platón pronuncia sobre la enfermedad de Sicilia. Como ven, es de una manera u otra algo bastante interesante, porque abordamos con ello una serie de problemas político históricos que eran muy importantes a fines de la primera mitad del siglo IV a. C, es decir precisamente en vísperas del momento en que la polis, la ciudad griega como unidad política, iba a explotar bajo el peso del desarrollo fulminante de los grandes reinos, y en particular deí reino macedonio y del imperio de Alejandro.

Segundo nivel de los consejos dados por Platón, luego de ese diagnóstico médico; segunda función del consejero médico, del consejero filósofo: persuadir. El buen médico diagnostica. En segundo lugar, persuade. Y en la serie de consejos que Platón recuerda haber dado a Dionisio, menciona ejemplos de ese trabajo de persuasión, esa función persuasiva. Según los principios de la retórica y del trabajo de la verdad en un discurso griego, el ejemplo es apto para persuadir. Platón da dos: el ejemplo de Persia y el ejemplo de Atenas. El ejemplo de Persia en primer lugar. Es interesante que se apele a él, porque Persia fue durante mucho tiempo, y sobre todo a lo largo del siglo va. C, el ejemplo en cierto modo repulsivo, negativo para el pensamiento griego: régimen autocrático, régimen violento, gran imperio que somete a los otros, etc. [Ahora bien,] en el siglo IV a. C. Persia, por el contrario, comienza a convertirse en un ejemplo positivo, al menos en la intención de una cantidad de personas que se oponen a la democracia tradicional. Sea como fuere, Platón menciona en varias ocasiones el ejemplo de Persia en sus textos tardíos. En las Leyes, particularmente en el libro m, se refiere al régimen persa y muy en especial a la manera de gobernar de Ciro. Me imagino que lo recuerdan —les he citado el pasaje—, Platón explica de qué manera Ciro consiguió dar lugar a la parrhesia en su propio entorno, en su corte, cuando permitió que los hombres más sagaces de su círculo le dieran, con toda franqueza, los consejos que podía necesitar. Y bien, también podemos encontrar ese ejemplo tan positivo de Persia en el diálogo del que les he hablado, que se llama Alcibtades y acerca del cual, lo reitero, no se sabe si es tardío o precoz. En él encontramos una referencia positiva a la educación que reciben los soberanos, los príncipes persas, y a juicio de los comentaristas esta referencia a Persia sería un signo del carácter tardío del diálogo. Bueno, no importa, de un modo u otro el tema de Persia está presente en los textos de Platón, al menos en los tardíos. Como también sabrán, es de importancia capital en la obra de Jenofonte, porque éste escribió toda una Ciropedia, a algunos de cuyos elementos me referiré dentro de un rato. ¿Y por qué es interesante el ejemplo de Persia? Porque Platón ve en ella el ejemplo, precisamente, de un sistema imperial que funciona, y que funciona de manera posiriva. En efecto, explica en ese mismo texto, los persas han establecido un imperio a partir de una serie de guerras y conquisras [obtenidas] en particular sobre los medos. Pero siempre [lo] hicieron, y Ciro siempre lo hizo, dice Platón, con la ayuda de sus aliados, que fueron sus amigos hasta el final. Es decir que con ello Platón se refiere a un sistema persa, o que atribuye a los persas, importa poco, según el cual la conquista no implica, en cierro modo, el sometimiento de todo el mundo a la autoridad exclusiva de aquéllos, sino un sistema de federaciones y alianzas por el que se logra establecer toda una complejidad de relaciones entre quienes están subordinados, quienes están federados, quienes son aliados, etc. En segundo lugar, dice Platón siempre a propósito de los persas, una vez terminada su conquista, Ciro tomó la precaución de dividir su reino en siete partes, en las cuales encontró colaboradores fieles (por lo demás, con respecto a esas siete partes parece que Platón comete un error histórico o que se refiere, en todo caso, a una división de la que no existen otros testimonios, pero no importa). Sea como fuere, Platón alude con ello a la posibilidad de un gobierno de tipo imperial que se apoye en la cooperación y la colaboración de cierta cantidad de gobernanres, que transmitan la autoridad localmente e in situ.

Luego del ejemplo persa, y siempre en ese trabajo de persuasión que un buen médico debe realizar, Platón menciona el ejemplo ateniense. Y es muy interesante ver que, en ese trabajo de persuasión, cita en primer lugar a Persia y después a Atenas. Es decir que se refiere a dos regímenes políticos absolutamente opuestos -uno, el de la monarquía autocrática, y otro, [el] de la democracia-, con lo cual muestra con claridad que para él, al menos en este tipo de consejos, la cuestión no consiste tanto en escoger entre democracia o autocracia. La cuestión es saber cómo se puede hacer funcionar de manera conveniente una u otra. Ahora bien, dice, el ejemplo de Atenas se orienta exactamente en el mismo sentido que el de Persia. En efecto, los atenienses no procuraron en absoluto establecer lo que hoy llamaríamos colonias de población. Es decir que no intentaron hindar ciudades que estuvieran fuera del territorio ateniense, una suerte de partes de la ciudad misma, de la capital misma. Tomaron ciudades muy pobladas que estaban en ese momento bajo dominación bárbara -y alude a la federación jonia que los atenienses querían construir y que construyeron efectivamente en la segunda mitad del siglo V a. C—, dejaron a ia población en su sitio y el poder en manos de quienes lo ejercían o debían ejercerlo naturalmente {lo que en nuestro vocabulario llamaríamos, si se quiere, "élites locales"). Y de tal modo, dice Platón, los atenienses pudieron encontrar y conservar, en todas esas ciudades que habían liberado del yugo de los bárbaros y habían integrado a su imperio, andras philous (hombres amigos, hombres de confianza) en cuyos hombros podían hacer descansar su autoridad.

Ésos son los elementos con los cuales, después de haber diagnosticado el oscuro mal que padecía Síracusa bajo el reinado de Dionisio el Viejo, trata de persuadir a Dionisio el Joven de la necesidad de cambiar esa manera de gobernar. Y entonces aparecen en su texto los consejos positivos directamente dados a Dionisio, lo que en el trabajo médico, el papel médico, correspondería si se quiere a la función de indicar un régimen. ¿Cuál es el régimen que Platón propone a Dionisio? Pues bien, dice, en vez de hacer de Sicilia una sola ciudad, es preciso, en primer lugar, dar a cada una de las ciudades sicilianas su propia politeia (su propia constitución, sus propias instituciones, su propio régimen político) y asignarles nomoi (leyes). En segundo lugar, hay que vincular las ciudades entre sí, vincularlas a Siracusa y a quien reina en ésta, y hacerlo rambién mediante nomoi y politeiai. Es decir que debe haber a la vez leyes y regímenes locales. Es asimismo menester que entre esas diversas ciudades y la que las federa, la que actúa de metrópoli, entre esas ciudades así organizadas y Siracusa, haya una serie de relaciones reglamentadas, y reglamentadas por algo que es semejante a una politeia, intermediaria entre las diferentes poleis, tas diferentes ciudades; una especie de red política, de institución política más allá de cada ciudad, y que ligue de tal modo a todas entre sí y las asocie a la metrópoli. Y para terminar, dice, esa unidad plural y diferenciada, en cierto modo, en la que habrá instituciones para cada ciudad que regulen las relaciones entre [ellas], será tanto más fuerte cuanto más se la utilice para luchar contra un enemigo común, es decir los bárbaros, representados en este caso por los cartagineses. Y en virtud de esa lucha frontal contra los bárbaros se mantendrá la unidad, con sus elementos de pluralidad. De esa manera, dice Platón, Dionisio el Joven podrá no sólo duplicar el imperio de Dionisio el Viejo, sino incluso multiplicarlo.

Pero a esos consejos, referidos a la organización de las ciudades en sí mismas y entre sí y con respecto a Siracusa, Platón agrega otros. Estos otros consejos conciernen al propio Dionisio, a Dionisio como individuo, y como individuo que tiene que reinar y ejercer su poder. Es preciso, dice Platón, que Dionisio haga un trabajo sobre sí mismo. Y utiliza la expresión apergazein (es decir: elaborar, trabajar, perfeccionar). Es necesario entonces que Dionisio perfeccione, elabore, trabaje ¿qué? A sí mismo, a fin de hacerse emphron y sophron (esto es: reflexivo y sabio, moderado). Hay que hacer que esté igualmente en una relación de acuerdo, de sinfonía, que sea symphonos consigo mismo, así como las ciudades que él tiene que gobernar deben mantener esa relación de sinfonía con Siracusa, al igual que unas con otras. Como ven, con el tema del symphonos, de la symphonia, volvemos a dar con la idea que reaparecerá en la carta V, a saber, que cada constitución tiene su phoné, su voz. Y el problema del buen gobierno no es, digámoslo una vez más, cambiar autoritariamente, de conformidad con una fórmula dada de antemano, una constitución por otra que se considere como la mejor. Para un buen gobierno, la cuestión pasa por comprender qué es laphoné, qué es la voz de cada politeia, y gobernar a partir de ello de acuerdo con dicha phoné. Ahora bien, podrán ver que aquí, la idea de symphonía se desarrolla en conjunción con una phoné concebida ahora como una voz que cada una de las ciudades debe tener. En la gran federación que [Dionisio] organiza alrededor de Siracusa, cada ciudad debe tener su propia voz, pero todas esas voces deben funcionar juntas para constituir una armonía y una sinfonía. También es preciso, empero, como garante de esa sinfonía de las distintas ciudades, que el propio jefe sea symphonos consigo mismo, es decir que esté en armonía consigo mismo. Y esa armonía consigo mismo es lo que se formula desde el inicio de los consejos, cuando Platón recuerda que, ante todo, ha comprometido a Dionisio a vivir cada día de manera tal que pueda ser cada vez más maestro de sí mismo (enkratés autos hautóu). La expresión (enkratés autos hautóu) es interesante porque enkratés, en su sentido más general, es exactamente ser maestro, ser maestro de sí mismo. De manera corriente, enkratés designa el autodominio de los propios deseos, los propios apetitos, y muy en particular la moderación en lo tocante a los alimentos, el vino y los placeres sexuales. Ahora bien, el refuerzo de la expresión -enkratés autos hautóu- indica aquí con claridad que hay que darle un sentido más general, aun cuando el sentido particular esté presente. El jefe, el que manda, el soberano, debe ser en efecto maestro de sí mismo, lo cual significa ser mesurado, capaz de mantener sus deseos en el límite de lo conveniente, de moderarlos y por consiguiente de evitar todas las discordancias que impiden la sinfonía. Pero esa moderación se explica como la existencia de cierta relación de poder del individuo sobre sí mismo. Enkratés autos hautóu: maestro de sí en relación con sí mismo, si les parece. Ese redoblamiento con respecto al sentido familiar de enkratés indica a las claras que lo que se designa con ello no es la cualidad, la virtud de la moderación tal como se la define en general, sino determinada relación de poder de sí consigo mismo. Y en cierto modo esto va a sellar el buen gobierno que Dionisio debería ser capaz de hacer imperar en Siracusa y sobre los aliados de la ciudad. Eso es lo que podemos encontrar en la primera serie, la primera tanda de consejos que Platón da en la catta VII.

La segunda serie está constituida, si se quiere, por consejos actuales; los que acabo de mencionar, Piaron no hace sino recordarlos, recuerda que fueron los que dio a Dionisio cuando éste, jovencísimo tirano de Siracusa, mostraba signos -falaces, por otra parte— de que quería practicar la filosofía. Ahora, un poco más adelante en la carta, Platón dice: luego de todas las desventuras acaecidas (el exilio de Dión, la guerra civil, el enfrentamiento entre los partidarios de Dión y los de Dionisio, el exilio de este último, el retorno y la muerte de Dión), en la situación en que hoy nos encontramos, ¿cuáles son los consejos que puedo dar a los amigos de Dión, ahora que él está muerto? El pasaje comienza con una indicación que hay que señalar y que es la siguiente: los consejos que voy a darles ahora, dice, en esta nueva situación, pues bien, no se hagan ilusiones, son exactamente los mismos consejos (he autésymboulé) que voy a dar, y a darles de una manera aun más solemne, como si se tratara de una tercera libación. De hecho, Platón alude aquí a dos cosas. Primero, al hecho de que considera que en Siracusa ha dado consejos a la persona de Dión, [a continuación] a Dionisio (aquellos de los que acabamos de hablar), y ahora va a dar una tercera serie a los amigos de Dión. [...] Y, segundo, hace alusión al ritual según el cual la tercera libación que se hace en un banquete es la más solemne. Lo es porque se dirige a Zeus o, para ser más exactos, a Zeus salvador, a Zeus en cuanto salva. Y bien, esos consejos, así repetidos como si fuera una tercera libación, están destinados a salvar a Siracusa. Son los mismos consejos, no obstante lo cual puede observarse que, entre esta serie de consejos dados a los amigos de Dión y los que Platón recuerda haber dado a Dionisio, hay algo así como una diferencia de acenro. Una diferencia de acento, en primer lugar, porque se señalan pocas cosas sobre, digamos, el sistema imperial, el problema de la relación entre Siracusa y las otras ciudades. Platón se contenta con decir simplemente que cada ciudad debe tener sus leyes. En cambio, y esto es muy lógico porque actualmente, en el momento de hablar, nos encontramos en una situación de estallido inminente de la guerra civil en Siracusa, de enfrentamiento de los dos partidos (Dionisio, exiliado, pero que traca de volver, y los amigos de Dión, privados de éste, pero en la ciudad). En esa situación, entonces, de inminencia de la guerra civil, el elemento más importante, el objetivo más importante en los consejos a dar es sin duda el problema de la politeia de la ciudad misma, la politeiaáe. Siracusa.

Y en este punto Platón esboza algunas medidas por tomar que conciernen en efecto a las instituciones y a la organización de la ciudad. Dice que habría que dirigirse a algunos sabios, personas cuya sabiduría ha de reconocerse en unos cuantos signos bien claros y evidentes. Para reconocer a los sabios que se necesitan en una ciudad, es preciso desde luego que éstos tengan "mujer e hijos". Segundo, es menester que sean "descendientes de un buen linaje", una buena familia. Y por último, deben tener una fortuna "suficiente". En términos generales, sigue diciendo Platón, debemos encontrar más o menos cincuenta personas de ese tipo por cada mil. Y ésos son los sabios a quienes se pedirá que propongan las leyes. Como ven, Platón mismo no se presenta en absoluto como un nomoteta. Los consejos que da no consisten en decir: éstas son las leyes que la ciudad debería observar. Se conforma con decir a sus habitantes: deberían poner la tarea del nomoteta en manos de estas personas, estos sabios que tienen mujer e hijos, descienden de un buen linaje y poseen una fortuna suficiente. Segundo, dice, cuando sus conflictos hayan amainado y los dos grupos que se enfrentan (los partidarios del exiliado Dionisio y los del asesinado Dión) se hayan reconciliado, será necesario que no se hagan diferencias entre los vencedores y los vencidos. Los vencedores no deberán imponer la ley a los vencidos; hay que establecer koinós nomos (una ley común). Mejor aun, recalca, es preciso ir más lejos. No sólo es menester que la ley sea común, sino que quienes son vencedores, quienes han de ejercer por lo tanto la influencia más grande en la ciudad, muestren que se someten aun más que los propios vencidos a las leyes. Y esto nos lleva a lo que constituye la exposición más importante de ese pasaje, el problema de la formación moral de los individuos. ¿Cómo podrán los vencedores mostrarse, ser más sumisos a las leyes que aquellos a quienes han vencido?

Bien, para ello hacen falta dos cosas: una formación teórica y una formación moral. Primero, la formación teórica. El texto es intetesante porque, como recordarán -lo señalé la vez pasada-, Platón estaba irritado con las pretensiones teóricas y especulativas de Dionisio, que había querido mostrar cuánto sabía de filosofía escribiendo textos que dejaban ver a la vez que, dado que escribía, no entendía cuál era el sentido mismo de esa disciplina, y que el saber filosófico exhibido no era sino una copia de lo que el propio Platón había dicho. Por lo tanto, [éste] había mostrado una extrema desconfianza con respecto a lo que podríamos llamar saber teórico del hombre que debía ejercer el poder político. Ahora bien, ¿cuál es el tipo de formación teórica que él exige poner en juego a los partidarios de Dión, para que éstos, si son los vencedores, puedan mostrarse más sumisos a las leyes que los vencidos mismos? Pues bien, la enseñanza teórica dada por Platón es muy simple. No es otra cosa que una especie de variación sobre un tema, un tema que encontrábamos en el Gorgiasy otros textos platónicos, a saber: de una u otra manera, siempre es mejor ser justo, aunque se sea desafortunado, que ser injusto, aunque se sea afortunado. Y Platón toma como ejemplo precisamente a Dión y a Dionisio. No es, por supuesto, que Dionisio sea muy afortunado, ya que marchó al exilio a causa de la revuelta organizada contra él, pero después de todo está vivo. Dión, en cambio, puede ser considerado como desafortunado porque, si bien expulsó a Dionisio, finalmente cayó asesinado en Siracusa. Sin embargo, entre Dión muerto, pero que ha sido justo, y Dionisio vivo, que ha sido injusto, hay que preferir el destino del primero, su modo de vida. Siempre habrá que huir de la injusticia, aunque sea dichosa. Y siempre habrá que preferir la justicia, aunque sea desdichada. ¿Sobre qué se apoya en la carta VII este tema banal, un tema que, reiterémoslo, recorre tantos diálogos de Platón? Sobre unas cuantas consideraciones teóricas, efectivamente. ¿Cuáles son esas consideraciones teóricas? Ante todo, dice Platón, el hecho de que, como es sabido, el alma no es lo mismo que el cuerpo, son dos cosas distintas, el cuerpo es mortal mientras que el alma, en cambio, es inmortal; y luego de [la] muerte [del cuerpo], esa alma inmortal será juzgada en función de lo que ha hecho durante la vida y, si ha cometido injusticias a lo largo de su existencia, quedará expuesta a castigos terribles y largos peregrinajes en la Tierra. Platón propone a los amigos de Dión esta enseñanza teórica, cuando menos simple, con la idea de que debe servir de telón de fondo a su actitud política y a su aplicación extrema en lo concerniente a la obediencia a las leyes. Es preciso señalar que, en el texto mismo, Platón no la presenta de ningún modo como una doctrina filosófica, una doctrina filosófica que le sea propia y que constituya, de alguna manera, el corazón mismo de su enseñanza. Dice, en el texto en cuestión, que los políticos, para conducirse como corresponde, los vencedores, para estar más sometidos a las leyes que los propios vencidos, deben conocer esa doctrina: "Hay que creer verdaderamente en estas viejas y santas tradiciones que nos revelan la inmortalidad". El texto llama a esas viejas y santas tradiciones "toispalaióis te kai hieróis logáis" (discursos que son a la vez antiguos y sagrados), es decir que lo que aquí se representa no es en absoluto el pensamiento filosófico del propio Platón. El fundamento de su autoridad, y el motivo por el cual quienes tienen que mandar a los otros deben someterse a ellas, es el hecho de que son discursos antiguos, discursos ya conocidos. Deben su autoridad a su antigüedad y al mismo tiempo a los componentes sagrados, los componentes religiosos que los destacan. Esos discursos no filosóficos, esos discursos de creencias religiosas y tradiciones sagradas, deben constituir el fondo teórico al que se refiere el político. En cuanto a su formación práctica, Platón apenas la esboza en el texto. Se limita a decir que los políticos deben vivir a la manera de los ancestros, a la manera dórica. En consecuencia, y al igual que el pasaje precedente, este pasaje no abunda ni en elaboración política ni en elaboración propiamente filosófica. Pero, a mi entender, lo que constituye el tema más general y sin duda más interesante de esos consejos es la manera como Platón muestra, por su intermedio, que la formación moral de quienes gobiernan es indispensable para el buen gobierno de la ciudad.

Hay un pasaje que merece recordarse, donde Platón dice que, justamente cuando se hayan respetado y se sepan respetar esas tradiciones antiguas y sagradas, y se haya aplicado, llevado a la práctica concreta ese modo de vida dórico, ese modo de vida a la manera de los ancestros que es indispensable, pues bien, entonces se podrá gobernar como es debido. Y gobernar como es debido querrá decir que se podrá gobernar utilizando dos recursos. En primer lugar, el phobos (el temor). Es preciso, en efecto, que quienes gobiernan hagan reinar sobre quienes son gobernados el temor, y para ello deberán hacer ostentación de su fuerza {bía, dice el texto). Es menester que esa fuerza material esté efectivamente presente y visible, y et temor asegurará el buen gobierno. Pero al mismo tiempo, y aquí aparece el segundo medio de gobernar, es necesario que los gobernantes muestren aidós (es decir pudor y respeto). En este caso, el aidós no es, sin más, el respeto que los gobernados deben a los gobernantes; en cambio, debe ser en cierto modo una relación interna de los gobernantes consigo mismos, un respeto de los gobernantes por sus obligaciones, por la ciudad y por las leyes de la ciudad. Y el aidós los hará capaces de someterse a las leyes como un esclavo (Platón emplea el término douleueiri). Ser esclavo de la ley, querer constituirse en esclavo de la ley: esto va a caracterizar el aidós (el respeto) de quienes gobiernan, ese respeto por sí mismos, por la ciudad y por las leyes. Y dicho respeto va a motivar como consecuencia el respeto que los otros —los gobernados- podrán tener por ellos. Hay que comprender, por tanto, que aidós es una virtud que caracteriza la relación de los gobernados con los gobernantes, pero también y sobre todo la actitud de estos últimos para consigo mismos.

El tercero y último texto del que querría hablarles es el que encontramos en la carta VIII, escrita un poco después de la séptima y en momentos en que la guerra civil que ya amenazaba a Síracusa había estallado. Ese texto es interesante por dos motivos. El primero, desde luego, es que, de alguna manera, Platón se adentra en él en una región, un ámbito respecto del cual se había mostrado hasta entonces muy reservado y discreto, es decir la organización misma de la ciudad. Y segundo, porque esos consejos tienen como introducción y base una reflexión general sobre la parrhesia, razón por la cual volvemos a dar con nuestro problema. Muy rápidamente, ¿cuáles son los consejos que Platón va a dar ahora a los siracusanos que se desgarran en la guerra civil? Primero, la referencia a un tema también conocido en él. Se trata de un tema que vemos expuesto en Gorgias, 477b y siguientes, donde Platón, como saben, dice que es preciso distinguir lo que compete al alma, lo que compete al cuerpo y lo que compete a las riquezas. Lo que compete al alma es, claro está, lo que corresponde a los gobernantes mismos; lo que compete al cuerpo, lo que toca a los guerreros, y lo que compete a las riquezas, sin duda lo que concierne a la actividad de los comerciantes y los artesanos. Y es necesario, prosigue Platón, que la politeia, la organización de una ciudad, respete esa jerarquía y no atribuya más importancia a las riquezas que al cuerpo y al alma. Sobre ese tema general, va a proponer entonces una organización, una politeia en sentido estricto, y no olvidemos una vez más que, si Platón propone en su intervención una politeia (una [constitución]), es [a causa de] la guerra civil. Es decir que la ciudad, la organización misma de la ciudad, se ha hundido; en consecuencia, Platón va a proponer un sistema organizacional para ella. Es un sistema que, en forma esquemática, puede representarse así. Primero, una monarquía, pero a la manera de Esparta, en la que los monarcas no tengan en realidad ningún poder concreto. Sus poderes corresponderán sobre todo a la órbita de lo religioso, y el número de esos monarcas será—así se propone en el texto— no dos, como en Esparta, sino tres, por unas cuantas razones. En efecto, Platón quiere —y lo dice— integtar a los descendientes de Dionisio el Joven, a otro descendiente de Dionisio el Viejo y al hijo de Dión. A causa de ello, habrá tres reyes, pero estos tres reyes tendrán en esencia una función religiosa. Al margen de ellos, será imperioso organizar un sistema que asegure a la vez la existencia de las leyes y su mantenimiento. Por eso, propone Platón, la organización, el establecimiento de un cuerpo de lo que ya llama guardianes de la ley. Y sugiere que estos guardianes de la ley sean 35, fórmula que reencontraremos en las Leyes, con la salvedad de que en ese texto no son 35 sino 37 -pequeño detalle que permite a la vez, según los comentaristas, demostrar la autenticidad de la carta y datarla; su autenticidad, porque si hubiera sido apócrifa, escrita después de la muerte de Platón y valida de los datos que hay en las Leyes, es muy evidente que el autor apócrifo habría copiado la cifra real de 37 y no habría puesto 35, por lo cual es lícito pensar que Platón esbozó en esa carta lo que iba a desarrollar en las Leyes, con unas cuantas modificaciones y en particular el cambio de 35 a 37 guardianes de la ley—, y además una serie de tribunales, donde volvemos a encontrar en algunas líneas lo que se expondrá extensamente en las Leyes. En esa serie de consejos tenemos pues por primera vez consejos que podríamos calificar de nomotéticos, pero acerca de los cuales hay que recordar nuevamente que no los exige tanto la función general del filósofo con respecto a la ciudad como la situación misma de ésta. Como la guerra civil se ha desencadenado y causa estragos, es lógico que el papel del filósofo no consista en ese momento, por supuesto, en dar consejos al príncipe reinante o ayudarlo a construir un imperio, sino en colaborar con la reconstrucción misma de la ciudad.

Ahora bien, y en esto querría insistir ahora, los consejos dados en la carta VIII se introducen por medio de un pasaje que, si se quiere, es de pura y simple transición, pero que indica con claridad que Platón los atribuye a su función de parresiasta. Se consagra sin duda a un ejercicio de parrhesía. El pasaje está en 354a de esa carta VIII, donde Platón dice lo siguiente: "Ahora trataré de daros mi opinión con toda franqueza [egó peirdsomai pase parrhesía], utilizando un razonamiento justo e imparcial. Hablo, por así decirlo, como arbitro que se dirige a los dos partidos [...], y a cada uno de ellos como si fuera el único, aporto [en particular; Michel Foucault] mi consejo [symboulén] que no es nuevo". Estamos pues en el orden de la symboulé política, que es al mismo tiempo una manifestación y un ejercicio de la parrhesía. Ahora bien, creo que si se toma ese pasaje y se siguen unos cuantos elementos que están justamente en los consejos cuyo contenido les he resumido hace un momento, se ve que, en efecto, se trata de la parrhesía, y que Platón se dedica en verdad a una actividad parresiástica. ¿Cómo se caracteriza ese discurso de consejo, y en qué aspecto es una parrhesía?

En primer lugar, desde las líneas iniciales que acabo de leerles, pero también a lo largo de todo el texto, Platón insiste en el hecho de que lo que dice, lo dice en su propio nombre. Es su opinión, lo que él piensa, lo que él cree, lo que él mismo dice. Y tenemos toda una serie de expresiones que remiten a esa índole absolutamente personal de la enunciación. No es la voz de la ciudad o la voz de las leyes, por ejemplo la que hablaba a Sócrates y lo convencía de que debía aceptar su proceso y su condena. No, es Platón mismo que emite su opinión: "ho de moipháinetai" (lo que a mí me parece); trataré por mi parte de convencerlos, les digo cuál es eme symboulé (mi consejo)... En 354c encontramos: "Esto es pues lo que mi discurso presente recomienda a todos". Es sin duda su discurso. Ahora bien, en un momento dado esa índole personal del discurso parece romperse, desviarse por el hecho de que, después de haber hablado de tal modo en su propio nombre, Platón dice: en el fondo, lo más sencillo no es que yo mismo hable, sino que haga hablar a Dión o, más bien, que les diga lo que Dión, ya muerto por haber sido asesinado hace algún tiempo, les habría dicho. Y les cito lo que Dión les habría dicho, reconstituyo lo que les diría en las actuales circunstancias, porque, en el fondo, somos de la misma opinión. Creo que en este punto podemos ver que esa intervención de Dión, personaje muerto, según un procedimiento retórico muy habitual en ia elocuencia griega (hacer intervenir aun muerto para refrendar lo que se está diciendo), no es para Platón una manera de liberarse de su función de parresiasta, porque destaca que lo que dice Dión es lo que él mismo piensa, y que uno y otro tienen una opinión común {koinós: es un koinós logos de Platón y Dión; recuerda además que él ha formado a Dión y, por lo tanto, la opinión de éste es su opinión). Simplemente, si hace intervenir a Dión, por añadidura, si se quiere, a la convención retórica que permite la intervención de un muerto para apoyar aun más la autoridad de lo que se dice, no hay que olvidar que aquél también es alguien que ha pagado con su vida el decir veraz que ha opuesto a Dionisio y ha procurado hacer valer en Siracusa. Es indudable que Platón lo hace intervenir a su lado como parresiasta que arriesgó su vida y pagó con la muerte su decir veraz.

Segundo, hay que señalar en ese texto que la parrhesía exhibida por Platón se caracteriza por una suerte de tensión. Por un lado, el consejo que él da tiene un carácter muy particular, coyuntural, y a lo largo del texto Platón no deja de recordar que pronuncia su opinión en función de la situación actual: es lo que le parece ahora (utiliza la expresión ta nyn, por el momento), son también consejos que relaciona con la lucha, la guerra civil que está librándose, el hecho de que se acuerde de una serie de coyunturas correspondientes a la historia misma de Sicilia. Pero esta parrhesía, que es de tal modo un discurso de circunstancias, de coyuntura, se refiere al mismo tiempo a principios, principios generales y constantes. Platón recuerda que ésa ha sido siempre su opinión. Su symboulé ha seguido siendo la misma, y él utiliza una serie de principios o reglas generales. Recuerda, por ejemplo, que la servidumbre y la libertad, cuando tanto una como otra son exageradas, representan grandes males. Y se vale de fórmulas de este tipo: la esclavitud {la douieid), el sometimiento con respecto a Dios, es algo que corresponde a la justa medida, pero la douleia con respecto al hombre siempre es desmesurada. Por lo tanto, tenemos si se quiere un discurso de parrhesía que se tensa entre la referencia a principios generales y la referencia a circunstancias particulares.

Tercero, esa parrhesía es un discurso que se dirige a todo el mundo, a uno y a otro partido en el en (remamiento siracusano. Es, dice Platón, un logos koinás. "Esto es lo que mi discurso recomienda a todos", dice en 354c. En 355a señala: ruego a los amigos de Dión que comuniquen a todos los siracusanos los consejos que doy. Y en el final mismo del texto, en 357b, dice: eso es lo que aconsejo a todos (pasin symbouleuo) decidir y emprender en común (koiné); convoco a todo el mundo (pamkaló pantas) a llevar a cabo estas acciones. Pero a la vez que convoca a todo el mundo, a la vez que se dirige a todo el mundo, el discurso de parrhesía se dirige también a cada uno, y a cada uno de los dos partidos. Eso es lo que Platón dice al comienzo mismo del texto, en el pasaje que les citaba: hablo a todos y al mismo tiempo hablo a cada uno de ellos como si fuera el único. Es decir que no se trata simplemente de ese discurso general que se dirige a la ciudad para imponerle prescripciones y leyes; en efecto, es un discurso de persuasión destinado a cada uno para conseguir de él cierto comportamiento, cierta conducta, cierta manera de obrar.

Finalmente, la cuarta característica de la parrhesía: Platón dice que si habla así y se dirige a los dos partidos enfrentados en Sicilia, lo hace a título de diaitetés. Esta palabra, diaitetés, es un término jurídico que designa y que designaba en el derecho ateniense al arbitro, el arbitro a quien, en vez de presentarse en los tribunales, se recurría para resolver un litigio. El diaitetés es entonces el arbitro al que puede consultarse al margen mismo del proceso. Sobre este diaitetés y sus funciones encontramos en Aristóteles (Política, libro II, capítulo 8, 1268 y siguientes) unas cuantas indicaciones. [Ser] diaitetés, en consecuencia, es cumplir una función extrajudicial, pero definida por las instituciones mismas de Atenas. No hay que olvidar, como lo muestra con claridad la etimología, que diattetes es quien indica la dieta, quien indica el régimen. Y los dos sentidos de la palabra están atestiguados en el griego clásico. La diaita es el arbitraje y también el régimen médico. El diaitetéses el arbitro, pero asimismo guien da el régimen a quienes lo necesitan. Y la comunicación entre los dos sentidos (arbitraje y dicta) -por lo demás, la etimología de la palabra se asocia a la misma raíz que zem vivir— es evidente, toda vez que la dieta es precisamente 1 el con/unto de reglas por las cuales se puede arbitrar la oposición entre las diferentes cualidades, entre lo caliente y lo frío, entre lo seco y lo húmedo, entre los diferentes humores que constituyen el cuerpo. Ese arbitraje constituye la dieta, el régimen médico. Y por consiguiente, cuando Platón, como parresiasta, dice que es diaitetés, es a la vez el arbitro entre los distintos partidos y quien indica el régimen (el régimen médico de la ciudad) y va a permitir entonces el arbitraje entre esos diferentes poderes.

Para terminar, la última característica de esta parrhesia es que debe afrontar la realidad. Y en varias ocasiones, Platón no sólo acepta, sino que reivindica, recoge el guante de ese desafío de afrontamiento de la realidad. Acepta y hasta exige que la realidad muestre sí el discurso que pronuncia, los consejos que propone, son verdaderos o falsos. Si llevan a la práctica mis afirmaciones presentes, comprobarán realmente el efecto de la verdad que les aconsejo. Ergo gnósesthe. lo sabrán en la realidad. Puesto que ésa es, dice, la mejor piedra de toque (básanos) con referencia a todas las cosas. Lo real, la prueba de realidad, debe constituir la piedra de toque de su discurso.

Por consiguiente, en su empresa de parrhesía, el filósofo, al decir lo que decía, ha venido más o menos a la manera de un sueño divino que visitara a los hombres, pero a hombres despiertos. Lo que el sueño divino, al decir a los hombres lo que va a suceder y aleccionarlos sobre lo que deben hacer, es para las personas dormidas, el discurso del filósofo lo será para los hombres despiertos. El filósofo es en verdad un dios que viene a visitar a los hombres, pero les habla cuando están despiertos. Sin embargo, ese sueño divino sólo poseerá su verdad, sólo pasará su prueba de realidad con una condición: cuando ustedes hayan trabajado en la realidad (el texto dice exergásesthe), cuando se hayan esforzado hasta que esas cosas se cumplan efectivamente y conozcan en ese momento de manera clara su buena fortuna (sean eutykhé). La buena fortuna, lo que producirá la dicha real de los siracusanos, será precisamente la elaboración que ellos hayan hecho en la realidad de ese sueño divino que el filósofo acaba de transmitirles durante su vigilia.

La parrhesía es por tanto la actividad que Platón reconoce y reivindica en el fondo, en la raíz de su labor de consejero. Y es consejero; es decir que utiliza la parrhesía, esa parrhesía con todas las características que hemos reconocido: él se compromete, es su propio discurso, su propia opinión; ésta tiene en cuenta a la vez principios generales y una coyuntura particular, se dirige como un principio general a los hombres, pero los persuade individualmente. El resultado de todo ello es un discurso cuya verdad debe radicar, debe probarse en el hecho de convetrirse en realidad. El discurso filosófico extraerá sin duda de lo real político la garantía de que no es sólo lagos, no es sólo una palabra transmitida en el sueño, sino que toca efectivamente el ergon, el elemento mismo constituyente lo real. Tenemos aquí un conjunto de elementos que coinciden con lo que había tratado de decirles con referencia a la función misma de parresiasta. Ahora, ronces, en la segunda parte de la clase, procuraré si les parece retomar esos lementos. Perdónenme, esos consejos platónicos tienen, lo reitero, una apariencia bastante banal que hace un poco fastidioso su análisis, pero creo que si se los relee en determinado nivel, es posible ver aparecer una serie de problemas o ternas que son muy importantes para el destino de las relaciones entre filosofía y política en el pensamiento occidental. Dentro de un rato trataré de explicarles esta cuestión.



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